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    Crítica | Pleasure

    Eres una chica fuerte

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «Pleasure», de Ninja Thyberg.

    Suecia, 2021. Título original: «Pleasure». Directora: Ninja Thyberg. Guion: Ninja Thyberg y Peter Modestij. Productores: Pape Boye, Violaine Pichon, Anna Croneman, Frédéric Fiore, Erik Glijnis. Productoras: Plattform Produktion, Film i Väst, Sveriges Television, Lemming Film, Logical Pictures. Fotografía: Sophie Winqvist. Música: Karl Frid. Montaje: Olivia Neergaard-Holm y Amalie Westerlin Tjellesen. Reparto: Sofia Kappel, Revika Anne Reustle, Evelyn Claire, Chris Cock, Dana DeArmond, Kendra Spade, Jason Toler, Mark Spiegler.

    Poco después del estreno de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learn to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964, Stanley Kubrick), Terry Southern, uno de sus guionistas, le propuso a Kubrick la posibilidad de rodar una película porno de alto presupuesto. El escritor había empezado a esbozar una novela titulada Blue Movie, que se publicó finalmente en 1970, con dedicatoria a Kubrick incluida, y estaba convencido de que éste era la figura adecuada para reinventar o reformular dicho género. La historia sigue los pasos de Boris Adrian, un cineasta de culto, artie, que se propone rodar un filme pornográfico en medio de una crisis vital y de creatividad. Kubrick acabó rodando en su lugar 2001 (2001: A Space Odissey, 1968), convencido de que su sensibilidad no era la adecuada para “elevar” el material porno, según el testimonio recogido por John Baxter en su biografía dedicada a Kubrick. Hablando en plata, el director de Eyes Wide Shut (1999) no veía el modo de aportar una visión profunda, intelectual, al negocio del placer; en definitiva, la marca que imprimía a todas sus películas independientemente del registro.

    Es evidente que la directora sueca Ninja Thyberg no se ha parado a preguntarse lo mismo para dar forma a su ópera prima, Pleasure, en la que expone de un modo crudo y directo, explícito, para entendernos, los agujeros negros que rodean la industria del porno en Los Ángeles. Y no lo ha hecho probablemente porque se trata de un negocio que no precisa de una mirada artística, si por tal se entiende la ambición de justificarlo, explicarlo, darle un contexto o conectarlo con determinados impulsos primarios. Es un negocio que trafica abiertamente con el sexo, y ahí hay que entender primero la maliciosa esencia de su juego: la coacción. En el cuerpo y la mirada de Bella Cherry (Sofia Kappel, también en su debut), la protagonista de Pleasure, se concentran los esfuerzos de Thyberg por mostrar la distancia abismal que separa los hechos de las palabras en un rodaje porno; el gemido del dolor, el goce del sufrimiento, la caricia de la bofetada, el cuidado de la humillación.

    Nadie golpea a Bella ni la obliga por la fuerza a hacer lo que hace. Todos los implicados, hombres, le hablan con dulzura y alaban su belleza, parecen estar pendientes de ella y sus necesidades, pero esa es exactamente la estrategia vil del escorpión. «Notarás un pinchazo, y luego todo será mucho más fácil», le dice Bear (Chris Cock) en la escena del doble anal, acaso la más representativa de las intenciones de la película. En esa falsa dulzura que deviene en una violación tras otra, en una mentira tras otra radica la potencia discursiva de Pleasure, obra de incómodo visionado, sin duda, y precisamente por ello obligado para quienes entienden el consentimiento en términos de beneplácito formal: una firma y una sonrisa. Ese «eres una chica fuerte» que le repiten con insistencia a Bella cuantos directores porno pasan por sus manos verbaliza la violencia implícita en cada imagen. Particularmente difíciles de soportar en este sentido para el público desavisado son las escenas que recrean situaciones de sexo hardcore –el trío interracial, el bondage y el trío de sumisión–, mas son necesarias en la lógica de una narración que apuesta por explicar cómo, por qué y para qué se ruedan, y ante todo para quién se producen. Hay demanda, sí, porque existe una oferta.

    Pleasure, Ninja Thyberg.
    World Cinema Dramatic Competition del Festival de Sundance.

    «Con sus matices, con sus excepciones, con su lado desprejuiciado e incluso erotizado, con todos los peros que se le quieran poner al porno para no caer en la generalización, Pleasure tiene el valor de llamar a las cosas por su nombre para devolverle a su protagonista el don que le habían arrebatado: la ilusión del libre albedrío».


    A estas alturas podría pensarse que Pleasure se articula como una película moralista que tira por el camino fácil de la demonización de un tema tabú, a diferencia de ejercicios tan desinhibidos como Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1970), en la cual, ojo, se abordaba otro tipo de porno y otra época. Es lo contrario: Bella y sus amigas son conscientes de sus acciones, o al menos hasta donde se lo permite su inocencia, muy bien representada en los momentos de intimidad que viven en el piso compartido. La cuestión es otra, y tiene que ver con señalar las miserias de un tiempo, nuestro presente, en que la palabra se ha convertido en una máscara y la manipulación en una falsa forma de verdad. Disfraces, en fin, para maquillar gestos violentos. La obsesión de Bella por el éxito en redes sociales es un síntoma significativo de este discurso, pero lo es aún más el tratamiento de la figura de Spiegler (Mark Spiegler, real y conocido representante de actrices porno), cuya verborrea tiñe de profesionalidad el trasfondo de un negocio esclavista. No, el porno no es una elección libre porque entraña un engaño. Bella lo comprende cuando toma por primera vez el mando –se convierte simbólicamente en el hombre, el falo y la cámara– en una escena de sexo, la que protagoniza junto con Ava (Evelyn Claire) en el clímax de la película. Cuando tiene que ordenar, cuando es ella quien golpea, fuerza y somete, entonces entiende la auténtica naturaleza de la industria del sexo; se trata de dominar, reducir y conquistar al otro por todos los medios imaginables. Con sus matices, con sus excepciones, con su lado desprejuiciado e incluso erotizado, con todos los peros que se le quieran poner al porno para no caer en la generalización, Pleasure tiene el valor de llamar a las cosas por su nombre para devolverle a su protagonista el don que le habían arrebatado: la ilusión del libre albedrío.


    Raúl Álvarez |
    © Revista EAM / Madrid


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