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    Crítica | El último duelo

    Aquello que no recordamos

    Crítica ★★★★☆ de «El último duelo», de Ridley Scott.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «The Last Duel». Dirección: Ridley Scott. Guion: Ben Affleck, Matt Damon, Nicole Holofcener. Libro: Eric Jager. Productores: Jennifer Fox, Ridley Scott, Nicole Holofcener, Kevin J. Walsh. Productoras: 20th Century Studios, Scott Free Productions, Pearl Street Films, TSG Entertainment. Distribuidora: Walt Disney Pictures. Fotografía: Dariusz Wolski. Montaje: Claire Simpson. Música: Harry Gregson-Williams. Reparto: Matt Damon, Adam Driver, Ben Affleck, Jodie Comer, Harriet Walter, Nathaniel Parker, Marton Csokas, Sam Hazeldine, Michael McElhatton. Duración: 152 minutos.

    Se nos narra en El último duelo: una historia real de crimen, escándalo y juicio por combate en la Francia medieval (Eric Jager, Ático de los libros), fuente de inspiración para la última película de Ridley Scott, cómo un juicio por combate podría considerarse uno de los puntos álgidos de la complejísima ritualística medieval. Antes de cualquier enfrentamiento, incluso, había en la preparación física y mental del duelista un intricado protocolo a seguir. El caballero debía, por ejemplo, haber mantenido el ayuno durante un día, antes de romperlo la víspera del encuentro. Las placas de la armadura, cada cual más pesada que la anterior, debían ser lo suficientemente imponentes para espantar a un oponente, pero su funcionalidad seguía una serie de patrones del todo autónoma. El caballo, las armas, incluso las misas que en nombre de los combatientes se pronunciaban: todo estaba pautado, demarcado por siglos de tradición. Los pequeños detalles de una coreografía forjada a fuego lento, sumados a la brutalidad sanguinaria en que solía resultar el choque entre las armas, garantizaban para la lucha el carácter de evento indispensable, de hito gozoso y, sobre todo, memorable.

    Experto en combates que forjan leyendas, Ridley Scott era el Hombre Adecuado para traer el que fue uno de los últimos juicios por combate de la Francia medieval, por el siglo XIV. La secuencia que abre la película consiste en una prueba fehaciente del músculo del director para construir una épica clásica, con personajes hercúleos y hechos grabados en versalita: Scott sigue los preparativos del campo con rigor, atendiendo al armamento de los caballos de combate, la espera ansiosa del público que va llegando, la progresiva subida del sol tras unos nubarrones que auguran tormenta. Los intercala con vistas al interior del castillo, donde por separado los dos caballeros se visten, ceremoniosamente, antes de salir a la palestra: primero, los escarpes, luego grebas, rodilleras y musleras, sucesivas cotas de mallas, peto, guardabrazos y, finalmente, el bacinet, casco con visor. Cuando finalmente monten al caballo, la música de Harry Gregson-Williams (Mulán) va a retumbar con la fuerza impepinable de un Hans Zimmer. Volveríamos a los tiempos de Gladiator con una puesta en escena que es plenamente consciente de su propio poderío y no duda en esgrimirlo con franqueza. La historia de los duelistas es digna de ser contada, sus nombres perdurarán por los tiempos a venir.

    Enhebran su relato dos grandes nombres del cine de aventuras contemporáneo, Matt Damon y Ben Affleck, que ya firmaron juntos el guion de El indomable Will Hunting. Cuentan cómo Jean de Carrouges (Matt Damon) y Jacques Le Gris (Adam Driver), mejores amigos, se batieron en duelo como respuesta a la denuncia que Marguerite (Jodie Comer), la esposa de De Carrouges puso sobre Le Gris, acusándolo de haberla violado. Incorporan en esta ocasión una tercera parte, garante de perspectiva femenina: Nicole Holofcener (La tierra de las buenas costumbres). Sin embargo, a sabiendas de que la mirada de cada cual altera la realidad que retrata, van a dividir los mismos hechos en tres capítulos, tres versiones à la Rashomon de una misma cadena de sucesos. Sobre el papel, Damon explica a De Carrouges, Affleck comprende a Le Gris y Holofcener finalmente desnuda a Marguerite, cuya versión esclarecerá –cómo no– qué sucedió de verdad alrededor del abuso.

    The Last Duel, Ridley Scott.
    Fuera de Competición | Venezia 78.

    «La verdad, vemos, no resulta fácil de explicarse y genera tensiones imposibles de resolver, por lo menos, dentro de los estilemas del romanero de caballerías. He aquí la importancia de la dirección de Scott, que desde un clasicismo absoluto –por lo tanto, clarísimo– traslada los ecos de aquella gran narrativa medieval a detalles que conoceremos en un tiempo rigurosamente cercano».


    En efecto, la realidad va a contraponerse frontalmente con las dos versiones que los caballeros dan del suceso, convertida la épica que ellos percibían en una mera carcasa, en una armadura aparatosa y trasnochada como el protocolo que viste su enfrentamiento. Jean de Carrouges se siente como un auténtico icono de mármol, héroe de espíritu noble y porte luminoso. El rostro de Damon, claro, nos traslada a esa América profunda de tipos desmañados pero espíritu bueno, auténticos mamotretos de hombre que nunca fallarían a sus principios, por muy idiotas que ellos resulten. Aun así, su De Carrouges balbucea, estalla en berrinches, camina recto y trastabilla… ¿Recuerdan alguna épica medieval donde los caballeros trastabillen? ¿No? La imagen construida alrededor del nombre de Jacques LeGris también se tensará para con su versión encarnada, ese Adam Driver con máscara que nos mira desde el otro lado de la pantalla. Sabemos que LeGris efectivamente violó a Marguerite y, sin embargo, cuando el caballero repite una y otra vez que es inocente, hasta llegar incluso a las lágrimas, estaríamos tentades de creerle: detrás del bacinet, el trabajo sobre la emoción en el rostro de Driver, genuina, sentida, nos convencería como si no hubiera otra que creerle. La verdad, vemos, no resulta fácil de explicarse y genera tensiones imposibles de resolver, por lo menos, dentro de los estilemas del romanero de caballerías. He aquí la importancia de la dirección de Scott, que desde un clasicismo absoluto –por lo tanto, clarísimo– traslada los ecos de aquella gran narrativa medieval a detalles que conoceremos en un tiempo rigurosamente cercano. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿es acaso digno recordar que el día antes de su portentoso duelo final el noble Jean de Carrouges trastabilló? En una misma parábola, ¿por qué sacar a la luz que el caballero gritó a su mujer la noche antes de luchar a muerte por el honor de ella? Nunca los detalles merecerán la pena: los maltratos hondos no se escriben en libros de Historia.


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / 78ª edición de la Mostra de Venecia


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