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    Ibérico 2021 || Crónica nº1

    La vuelta a casa

    Primera crónica de la 27ª edición del Festival Ibérico.

    El cine, como tantos otros lenguajes artísticos, pone de relieve la necesidad de encontrarnos una y otra vez con nuestro hogar. Las epopeyas homéricas son recurrentes en los moldes fílmicos, aguardan el sempiterno deseo de volver a casa. El relato cinematográfico esboza esa bella idea de transportarnos a lugares inoculados lentamente en nuestra memoria. Es inevitable pensar, que el año de la pandemia no nos cambie, y, por ende, afecte a la mirada del espectador ante las historias que tenemos delante. No es algo directo, y probablemente los directores o autores aborden sus películas sin tener esto presente, pero será real que interna o superficialmente esa experiencia afecte al visionado. De forma indirecta todos los cortometrajes que veremos en esta 27 edición del Festival Ibérico de Cinema Cortometrajes están sujetos a sensibilidades personales. Tras la burbuja temporal del año pasado en los maravillosos jardines del MEIAC, supone un estímulo el reencontrarnos en el escenario habitual de la terraza del López de Ayala en esa sensación de familiaridad, de transitar lugares comunes, de volver a casa.

    Recuerdo la primera vez que subí a la terraza de la mano de mi padre, y las miles de veces que subiría después sus infinitas escaleras. Recuerdo los últimos rayos del sol de la tarde antes del anochecer y lo hermoso que eran los minutos previos a la proyección. Recuerdo la cabina situada en la parte alta, y el ambigú, al fondo al lado derecho de la pantalla. Esos días de verano el cine era muy distinto al resto del año. La imagen de mayor arraigo en mi cabeza es la intro de la productora Izaro Films. Unas cortinillas de instantáneas de la isla de Izaro con una música pegadiza, que anticipaba de forma muy épica la película que íbamos a ver. Aunque Izaro films estuviese relacionada con las primeras cintas de Pajares y Esteso, el cine del destape o de Mariano Ozores, fue también la que nos trajo todas las películas de Bud Spencer y Terence Hill, las de artes marciales con Jackie Chan o incluso el Rambo de Stallone. En mi añoranza, la terraza del López es la música de la Izaro, y toda esa ristra de títulos divertidos que disfrutaba de niño durante las vacaciones de verano.

    La memoria, como los sueños de Alain Resnais en los laberinticos jardines de Marienbad, adopta hechuras ambiguas, paseando de un lugar a otro hasta dar con la salida sin saber muy bien cuáles son los límites entre lo real y lo imaginario. Es el efecto duermevela del cine, la magia de los espacios, de la forma de verlo, es también parte importante de la aventura. Nos hemos cansado de repetir, y Alejandro Pachón, director del festival lo asevera de igual forma, que no hay un leitmotiv o tema común que englobe las propuestas a concurso de este año. Sin embargo, dada mi ofuscación y mi arrebato por encontrar puntos de agarre entre unos títulos y otros, e indagar en conexiones invisibles, me esfuerzo en dar con sincronías temáticas o artísticas. Empiezo el texto hablando de la vuelta a casa, de la llegada del héroe al hogar que significa el útero fértil en el que yacer para la eternidad, y de esa idea inicial nuestra cinefilia nos emplaza directamente al cine de John Ford, a esas historias que suponen epopeyas en las que el protagonista desea recuperar el patrimonio familiar a toda costa. Pensemos en el final de Centauros del desierto (1956), tótem del legado fordiano, en el que Ethan Edwards (John Wayne) porta en brazos a su sobrina para devolverla a la unidad familiar una vez rescatada de las garras de los pieles rojas, metáfora del abandono del hogar que mucho tiempo atrás ejercería el propio protagonista. Ese mítico final desencadena lo que quizás sea el plano más famoso de la historia del cine, y que representa a su vez toda la mitología fordiana: la silueta de Ethan filmada entre los marcos de la puerta con la cámara depositada en el oscuro umbral de la casa familiar. Ethan recompone y aviva el calor de la familia, pero da media vuelta y se marcha con el plano final de la puerta cerrándose.

    Precisamente puertas son las que abren la sesión oficial a concurso con el cortometraje Las puertas del paraíso (Lorenzo Pascasio, 2020), ópera prima del cacereño afincado en Madrid producida como trabajo final de diplomatura y distribuido a través de la ECAM. Primer trabajo de ficción de solvente acabado formal y técnico que domina los efectos emocionales de la nueva masculinidad; el síndrome del nido vacío y del asentamiento en zonas de confort de la juventud. Pascasio arranca con un plano extraordinario, de concomitancia fordiana, en donde fraguar un marco o ventana al vacío con el protagonista mirando un cuadro en enigmático fuera de campo. Este plano, rodado en un museo de bellas artes de Madrid (gran uso del espacio), supone el recurso y tejido para elaborar un profuso estudio del miedo humano y de la supervivencia en los estados del bienestar. Así las cosas, hay una parte explicita, que va cociéndose a fuego lento entre los pasillos del museo y otra implícita por medio de las elipsis y los silencios. Todas estas cuestiones están narradas con sorprendente madurez, así como la idea del amor, plasmado con inusual armonía envuelto en pequeños detalles cotidianos. Un cortometraje muy interesante que nos obliga a seguir de cerca los futuros proyectos del director.

    Las puertas del paraíso, Lorenzo Pascasio; Génesis 22, Edgar Felman.
    Totem Loba, Verónica Echegui; Yalla, Carlo D'ursi.


    Tras la burbuja temporal del año pasado en los maravillosos jardines del MEIAC, supone un estímulo el reencontrarnos en el escenario habitual de la terraza del López de Ayala en esa sensación de familiaridad, de transitar lugares comunes, de volver a casa.


    Pocos trabajos de temática social despertaran tantas conciencias como Yalla (Carlo D´ursi, 2020), pieza de orfebrería rodada con gusto exquisito dándole prioridad a la puesta en forma y construcción fílmica. Estamos ante uno de los cortos más intensos, que sabe aprovechar el mínimo espacio de tiempo para orquestar una durísima critica al horror de la guerra. D´ursi se basa en la historia real de cuatro niños asesinados por la marina israelí en la Franja de Gaza mientras jugaban al futbol. Asombra el plano inicial en donde vemos el reflejo de un dron en un charco hasta ser roto por el repentino impacto del balón en el agua. El realizador somete la puesta en escena al blanco y negro, que contrasta con el color de las escenas aéreas desde el punto de vista de los drones. De arriba una posición de superioridad, en las alturas, como dioses dominando a sus criaturas, en el suelo, la miserable y árida supervivencia de los muchachos. Siguiendo las derivas fordianas, me gusta mucho la escena en el que uno de los chicos contempla a una joven bailar entre las ruinas de la ciudad, otra vez marcos de puertas y encuadres pictóricos. La perspectiva ilusionante, embelesada del joven me hace pensar en la mítica Érase una vez en América (1984), cuando el Noodles niño miraba a hurtadillas a Deborah bailar en el desván. Yalla expira dolor ante la denuncia de unos hechos demoledores, pero no olvida titubear con los géneros cinematográficos, del western al bélico, en una obra de auténtico poderío.

    Dos cintas de terror, una más psicológica, la otra una divertida parodia zombie. La primera, Totem Loba (2020), supone el debut tras la cámara de la actriz Verónica Echegui. Las fabulas y raíces populares sirven de tejido para erigir una especie de alegato feminista en el que la mujer sufre un proceso de transformación. La autora maneja con estilo el folklore y las fiestas de los pueblos más inverosímiles y aberrantes, al querer mostrar una radiografía de esa España profunda y de cómo el paisaje puede afectar al universo adolescente. Dejando de lado algún que otro subrayado visual, destaca esa mirada flou en derredor de luces de neón que evoca a las películas iniciáticas de Bigas Luna, por otro lado mentor de la actriz en Yo soy la Juani. El cortometraje termina con uno de esos primeros planos de la protagonista (Isa Montalbán), mirando directamente a la cámara que tan de moda están en el cine de horror contemporáneo. La segunda, LLengua amb táperes (David Mataró, 2020), está basada en la obra teatral del mismo nombre en el que se nos muestra una Mallorca invadida por muertos vivientes. Catalina (Aina Cortés), no quiere permanecer encerrada e intenta convencer a Rafael (Toni de los Ángeles), el dueño de un bar, para integrar muertos con vivos e intentar conciliar una vida corriente. Mataró se mueve a caballo del cine de Álex de la Iglesia y las comedias de Edgar Wright (Zombies Party), con un afilado sentido del humor negro y un curioso dominio del espacio cerrado y del plano contraplano.

    Homeless Home (2020), es un filme dirigido por el ilustrador Alberto Vázquez ganador de tres premios Goya y nominado este mismo año con este trabajo en la categoría de mejor cortometraje de animación. Hace gala del estilo personal de su autor por medio de líneas de expresión con ligeros paralelismos artísticos a los grabados de Goya, cuyo recorrido internacional avala su contrastada capacidad en el género animado. Una suerte de fábula gótica en el que se pretende recrear a la España vaciada. Ahonda de nuevo en el contexto de las raíces, el hogar como microcosmos de muchos pueblos que poco a poco van despoblándose. Muriendo en la orilla de sus frágiles cimientos. Hermosa parábola de atmósferas tenebrosas y una oscura, extraña sensación de desasosiego y podredumbre. Vázquez y su equipo recrean un mundo aparte similar a los universos medievales de Tolkien y El señor de los anillos, un cuento para adultos con muchas capas de complejo trasfondo social.

    La propuesta más indescifrable de la primera sesión del certamen proviene de tierras lusas con Génesis 22 (Edgar Feldman, 2020). Una surrealista parábola religiosa en derredor de los laberintos de la mente en el que un hombre cualquiera es puesto a prueba por una voz misteriosa. Abraham conduce su coche cuando recibe una llamada. La rueda de la fortuna aparece en la pantalla de su móvil. La voz de su jefe/dios pone a prueba su fe obligándole a sacrificar a su único hijo en el holocausto. Feldman filma desde un punto de vista subjetivo para posteriormente inclinarse a mostrar el viaje iniciático de Abraham con su hijo en perfecta comunión, armonía con la naturaleza. Predominan los silencios, y los recursos de elipsis, en un cine muy de carácter mediterráneo con sonoridad a la nueva ficción turca y correspondencias al cine de Eugène Green.

    La noche se acaba, la multitud marcha de camino a sus casas en ese imaginario contante que nos identifica, en la morfología de un cine de vueltas, de puertas que se abren y cierran, de marcos y ventanas a otros lugares del mundo. Es nuestra onírica proyección del hogar, el eterno regreso a casa.


    David Tejero Nogales |
    © Revista EAM / Badajoz


    LLengua amb táperes,
    David Mataró.

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