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    La llamada de Cthulhu (Andrew Leman, 2005)


    La llamada del abismo

    Ensayo de José Luis Forte sobre La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu, Andrew Leman, 2005)

    Estados Unidos, 2005. Título original: The Call of Cthulhu. Director: Andrew Leman. Guion: Sean Branney, basado en el relato de H. P. Lovecraft. Productora: The H. P. Lovecraft Historical Society (HPLHS). Productores: Sean Branney y Andrew Leman. Estreno: 7 de octubre de 2005. Fotografía: Davey Robertson. Música: Chad Fifer, Ben Holbrook, Troy Sterling Nies y Nicholas Pavkovic. Montaje: Davey Robertson. Dirección artística: Chris Lackey, Andrew Leman, Harold Arthur McNeill, Brian Moore y Darrell Tutchton. Efectos especiales: Terry Sandin y Dan Novy. Vestuario: A. Laura Brody. Maquillaje: Andra Carlson. Intérpretes: Matt Foyer, John Bolen, Ralph Lucas, Chad Fifer, Susan Zucker, Kalafatic Poole, John Klemantaski, David Mersault, Jason Owens, D. Grigsby Poland, Barry Lynch, Dan Novy, Erika Zucker, Aidan Branney, Richard Lucas, Jennifer Knighton, Ramón Allen Jr., Steven Patrick O’Connor, Carlos Linares, Clarence Henry Hunt, Patrick O’Day, Noah Wagner, Sean Branney, Andrew Leman, Vivica Prentice, Leslie Baldwin, Andra Carlson.

    Especial 13º aniversario de EAM: el cine del siglo XXI

    Realizar una lista de las mejores películas de lo que llevamos del siglo XXI era algo que consideraba fuera de mis posibilidades. Ante este hecho irrefutable, opté por un camino sencillo para poder cumplir con el encargo: no elegir las mejores, claro está, sino mis favoritas sin tener en cuenta ni su calidad real ni mucho menos su relevancia histórica ni su importancia en la evolución del medio. Sin duda mis preferidas son las más aptas no para ser recordadas según pasen los años, sino con suerte para ser queridas o tal vez veneradas por un puñado de inconscientes. Guió mi mano el hecho de que para dar luz a esta lista solo podía usar un fanal: aquellas que más veces he visto o revisitado. Y creedme, por muy evanescente que se os antoje mi elección, son las películas que sin duda en más ocasiones he vuelto a ellas. Estas, sumadas a un cariño especial al tratarse de un proyecto motivado por el puro amor a un autor de relatos de terror nacido más de un siglo antes de la llegada de este siglo XXI, H. P. Lovecraft, son las únicas explicaciones que puedo dar de por qué mi predilecta absoluta es La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu, Andrew Leman, 2005). Tan subjetiva resulta esta elección que me temo que no hacía falta ni explicarla.

    Las 21 mejores películas del siglo XXI para José Luis Forte


    1. El escritor de Providence

    En su morada de R’lyeh, Cthulhu muerto aguarda soñando.

    El escritor Howard Phillips Lovecraft nació en 1890 en la ciudad estadounidense de Providence, la misma que le vería morir en 1937. Aunque en algún momento de su vida se presupone que tuvo alguna ocupación laboral, lo único que sabemos es que sus ingresos económicos se limitaron a la venta de sus relatos a las revistas pulp de la época, sobre todo a Weird Tales, a las que detestaba, y a su trabajo como escritor fantasma de otros autores y alguna autora o incluso de personalidades reconocidas: así el relato Bajo las pirámides (Under the Pyramids, 1924) que escribió para que fuera firmado por Harry Houdini. El famoso escapista también le encargó un texto que permanecería inédito, El cáncer de la superstición (Cancer of Superstition, 1926), en el que se reflejaba el rechazo que ambos sentían por las supercherías espiritistas. Algo que Lovecraft también extendería al mundo de la literatura: despreciaba los relatos que recurrían a las sesiones de espiritismo como temática o ambientación terrorífica. Mantuvo correspondencia con Houdini, pero también con multitud de otros autores a los que recomendaba soluciones compositivas para sus cuentos, repartía consejos o intercambiaba opiniones de todo tipo, conformando lo que se ha dado en llamar el Círculo de Lovecraft gracias a la evidente influencia que ejerció en todos ellos y a la admiración que le profesaban. El volumen de sus cartas es en verdad descomunal. Esto ha llevado a que hoy en día haya quien considere que Lovecraft hubiera sido un gran adepto de las redes sociales. Nada más errado, pues Lovecraft no hubiera tolerado el nivel de compadreo, la violencia verbal y la universalidad de las mismas: aristócrata tanto en lo ideológico como en lo social, jamás hubiera soportado la falsa cercanía de internet.

    Autor de multitud de artículos y ensayos, en el mundo de la literatura nunca abandonó el género del terror, con alguna puntual desviación hacia la ciencia ficción, un género que no respetaba, escribiendo gran cantidad de relatos. Abandonó tal actividad hacia el final de su vida ante la falta de éxito. El de Providence concebía la creación literaria como un arte, y como tal odiaba el mercantilismo y el adaptarse a las exigencias de las revistas que le publicaban. Los recortes que Weird Tales impuso a su extenso relato En las montañas de la locura (At the Mountains of Madness, 1936) supusieron tal vez el momento más doloroso para Lovecraft como escritor y lo que le llevó a abandonar casi por completo su pasión como autor. Controvertido ideológicamente, de estilo literario arcaizante de manera deliberada, amante de los tiempos pasados pero a la vez gran seguidor de los avances científicos de su época, Lovecraft ha devenido una figura casi mítica. La recuperación de sus relatos en la editorial Arkham House por parte de August Derleth, el éxito —para estos sí— literario de algunos de sus seguidores y, sobre todo, la influencia en todos los ámbitos de la cultura popular de su obra gracias al cine, a la música, al juego de rol La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu, 1981) de Sandy Petersen, a los videojuegos y a los juegos de mesa le han traído una popularidad que Lovecraft no solo jamás hubiera soñado en vida, sino que con toda seguridad habría odiado. Al menos en parte.

    Lo que sin duda nos queda es su absoluta revolución temática del cuento de terror, mediante elementos que casi nos resultan ya cotidianos pero que hasta que él no los escribió no se convirtieron en realidad: horrores ancestrales agazapados en la oscuridad y el sueño esperando una alineación de planetas propicia que los devuelva a la vida, sectas infames que declaman en los más profundo de los bosques y las ciénagas por el retorno de dioses primigenios, antihéroes abocados al fracaso vencidos por el conocimiento de verdades que deberían permanecer ocultas para salvaguardar nuestra salud mental y descripciones intensas y arrebatadas de criaturas imposibles y planos de la realidad inimaginables descritos, paradójicamente, con todo lujo de detalles. Y su colección de deidades y criaturas monstruosas, con el gran Cthulhu a la cabeza, que han conformado lo que de manera posterior se ha denominado el corpus de los Mitos de Cthulhu, panteón informal y desorganizado que sus seguidores se encargarían de formalizar, pasto incluso de memes y bromas que no dejan de ser también ejemplo de cómo Lovecraft es querido y respetado. Sus mejores relatos siguen estremeciendo como pocos pueden hacerlo, y todavía se puede sentir el vértigo de nuestra pequeñez como humanidad ante los horrores que nos asedian, o esperan para hacerlo, al leerlos. Solo hay oscuridad ahí afuera y lo mejor para nosotros es permanecer ciegos e ignorantes ante esa verdad.

    ▼ Portada y página interior del número de Weird Tales de febrero de 1928, donde fue publicado originalmente La llamada de Cthulhu.

    2. El relato de Lovecraft

    La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu)1 de H. P. Lovecraft fue publicado por primera vez en la revista Weird Tales en 1928. Se abre con toda una declaración de principios, quintaesencia de lo que era el verdadero horror para Lovecraft, aquello que domina y guía sus mejores relatos:

    Lo más piadoso del mundo, creo, es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinitud, y no estamos hechos para emprender largos viajes. Las ciencias, esforzándose cada una en su propia dirección, nos han causado hasta ahora poco daño; pero algún día el ensamblaje de todos los conocimientos disociados abrirá tan terribles perspectivas de la realidad y de nuestra espantosa situación en ella, que o bien enloqueceremos ante tal revelación, o bien huiremos de esa luz mortal y buscaremos la paz y la seguridad en una nueva era de tinieblas.

    Una visión pesimista de la humanidad y un concepto de lo fantástico ligado al conocimiento científico componen lo que se ha definido como horror materialista en Lovecraft. Para él, el horror no deviene de sucesos paranormales ni apariciones fantasmales: es el puro conocimiento científico el que nos abrirá las puertas del terror más absoluto, pues el saber nos desvelará una realidad tan terrible que nos volverá locos. Solo podremos huir si desistimos de querer conocerla. Una realidad que en Lovecraft está conformada por criaturas ancestrales que una vez dominaron la Tierra y esperan pacientes volver a ella para sembrar el caos y destruir la civilización. Dioses y criaturas primigenias de poder inconcebible y formas pesadillescas que tornarán en un infierno, un infierno que ya fue en el pasado, nuestro planeta.

    Esta idea planeará sobre todo el relato, pues el narrador, Francis Wayland Thurston, natural de la ciudad de Boston, insistirá en que todo lo que ha llegado a saber, todo lo que ha descubierto y nos detallará en su historia, es mejor que permanezca en el olvido, que jamás salga a la luz. La ignorancia como tabla de salvación pues si conociéramos toda la verdad, si al unir hechos dispersos descubriéramos el todo, enloqueceríamos. La insignificancia del hombre frente al vasto horror que nos circunda: el horror cósmico. En su composición narrativa, La llamada de Cthulhu parece de continuo descender en espiral, una historia lleva a otra anterior componiendo una totalidad de pesadilla, teselas de un mosaico infernal. Y cuando ha descendido hasta más allá del nacimiento de la humanidad, vuelve a ascender hasta nuestros días perviviendo en un culto demoniaco y en los sueños y delirios desatados en una semana posterior a un terremoto en 1925, el momento que da origen a la historia. Wayland irá uniendo los fragmentos dispersos que componen el todo y sabrá que solo le espera ya la muerte a manos de los sectarios que alaban al gran Cthulhu y lanzan plegarias por su retorno.


    Lovecraft estructura su narración en tres partes, tres capítulos diferenciados que ya desde su forma incide en el carácter fragmentado del conocimiento, cómo hechos separados en el tiempo, al lograr unirse y darles explicación, darán a luz un conjunto terrorífico. En el primer capítulo, El horror en arcilla, Wayland, tras su desoladora introducción que al tiempo es una conclusión final, nos cuenta que ha recibido la herencia de su tío abuelo George Gammell Angell, un profesor de lenguas semíticas y experto en epigrafía. Ya desde aquí Lovecraft nos sumerge en un pasado oscuro y desconocido que trata de ser desvelado por el carácter científico de su tío abuelo: la lejana Mesopotamia, los escritos grabados en piedra que se descifrarán mostrando sus secretos, unos tiempos anteriores en milenios a la llegada de Cristo, a la llegada de la moderna civilización. Wayland recibe cajas y archivos propiedad de su familiar, pero entre todo este material destaca una pequeña caja que contiene «notas, apuntes y recortes de periódico», mostrando nada más comenzar lo fragmentario de todo conocimiento real, y un «extraño bajorrelieve de arcilla». Este reproduce la imagen de una criatura inhumana de imposible descripción, cosa que no arredra a Lovecraft pues nos la describe al detalle a continuación. Este quizá sea uno de los rasgos de estilo más reconocibles y discordantes en su literatura, pero a la vez es en el que desarrolla de manera más potente toda su poética descriptiva. En la mentada caja Weyland encontrará también el documento más importante redactado por su tío abuelo, El culto de Cthulhu, dividido en dos secciones: la investigación sobre los sueños sufridos por el artista Henry Anthony Wilcox, autor del bajorrelieve que no es sino un fruto de sus pesadillas, y el Informe del Inspector John R. Legrasse, un policía de Nueva Orleans, Louisiana. Los diversos recortes lo llevan a conocer el terremoto desatado el 28 de febrero de 1925. También que a partir de este hecho se produjo un «desencadenamiento de una extraña enfermedad mental y accesos de locura o manía colectiva en la primavera de 1925». Wilcox, una de estas víctimas, visitará el 1 de marzo al profesor Angell para que le ayude a descifrar la extraña escritura que presa del delirio grabó en el bajorrelieve, en el que también dibujó aquella horrible monstruosidad, todo originado en su sueño. Se sucederán varias visitas del prometedor artista al profesor en las que le irá contando sus sucesivas ensoñaciones, pesadillas vívidas que lo llevarán al borde de la locura, hasta que el 2 de abril los sueños no solo desaparecerán, sino que Wilcox apenas guardará recuerdos de ellos y de la enfermedad en la que lo han postrado. Wayland llegará a sospechar que quizá su tío abuelo, fascinado por la investigación, hubiera sido objeto de un vulgar engaño.

    En el segundo capítulo, El relato del inspector Legrasse, el profesor Angell nos detalla el porqué de su interés en las visiones de Wilcox. Y es que para él ni aquella diabólica criatura ni aquellos caracteres extraños eran nuevos. En un congreso celebrado en la ciudad de Sant Louis por la Sociedad Americana de Arqueología en 1908, Angell había conocido al inspector Legrasse. Este había acudido allí en busca de que los expertos le ayudaran a identificar una estatuilla confiscada en un delirante ritual en los pantanos de Nueva Orleans. Esta mostraba una monstruosidad que coincidía con la representada por Wilcox en su bajorrelieve, acompañada también por inscripciones indescifrables. Todos confiesan desconocer por completo qué tipo de escritura es esa, así como el material en el que está grabada y la criatura que corona el conjunto. Todos excepto un profesor de antropología, William Channing Webb, que afirma que le resulta vagamente familiar. Y cuenta cómo, en un viaje científico a Groenlandia, había dado con una rama degenerada de esquimales que practicaban cultos atroces y adoraban a una criatura semejante a la de la estatuilla. De nuevo fragmentos tras fragmentos construyendo una línea de acontecimientos que confluyen en el desvelamiento de algo horrible. Legrasse y Webb coincidirán en que los cultistas, separados en el tiempo y por medio mundo de distancia, repetían la misma frase ritual declamada en un idioma desconocido, cuyo significado el inspector revela: «En su morada de R’lyeh, Cthulhu muerto aguarda soñando». A continuación, Legrasse contará cómo en noviembre de 1907, al mando de un grupo de policías, se internó en los oscuros y boscosos pantanos de Louisiana para poner fin al culto que allí se desarrollaba, qué hechos espantosos enfrentaron allí y cómo consiguió información gracias sobre todo a uno de los detenidos que desveló información sobre la secta. Fue en esta redada donde confiscaron la estatuilla que representa a Cthulhu y que ha llevado a la reunión de la Sociedad en busca de más respuestas. Este culto, relata Legrasse, está dedicado a los Grandes Antiguos, seres llegados del cielo que ya estaban en la Tierra cuando el hombre aún no había nacido. Ahora duermen, Cthulhu en la sumergida ciudad de R’lyeh, y se comunican a través de sueños. Esperan despertar algún día, cuando los astros sean favorables, y entonces los antiguos caminarán de nuevo sobre el suelo que les perteneció. Y los cultistas estarán esperándolos ávidos de sus favores ganados por su devoción, desconocedores de que cuando estos seres monstruosos retornen nadie estará a salvo de sus ansias de destrucción y locura. Los aquelarres orgiásticos de los diversos cultos esparcidos por el mundo tienen este objetivo, y Legrasse consiguió desbaratar uno de los grupúsculos solo para empezar a tener conciencia de que son muchos y no tienen conexión entre ellos.


    Wayland, impresionado por la lectura de la documentación legada por su tío abuelo, emprenderá a su vez su propia investigación entrevistándose con Legrasse y los cultistas supervivientes de su redada, ahora en manicomios, para corroborar sus historias. Pero aún no da crédito a estos relatos, no cree que el culto atienda a algo real, si bien es cierto que existe. Espera sacar su investigación a la luz, sigue adelante por su gusto por la antropología y porque confía en que este descubrimiento le dé renombre. El afán científico no está guiado por la credulidad o la superstición, sino por el puro deseo de saber. Y el prestigio. Pero sus investigaciones llegan a punto muerto y las abandona.

    Lovecraft sigue con el relato fragmentado de los hechos, el corazón de su cuento, y en el capítulo tres, La locura del mar, nos contará cómo, tiempo después, el descubrimiento casual de un recorte de periódico devolverá a Wayland el interés por su investigación acerca del culto al gran Cthulhu. Se trata de un artículo publicado en un periódico australiano. En él se detalla cómo la tripulación de la goleta Emma pierde el rumbo en una tormenta y en su deriva es interceptada por otro barco, el Alert, tripulado por unos mestizos malencarados que les conminan a que den la vuelta. Los marineros del Emma no aceptan la orden y son atacados, siendo su embarcación alcanzada por un proyectil en su línea de flotación y comienza a hundirse. A su vez responden al ataque y acaban con sus inopinados enemigos, abordando el Alert y apoderándose de él. Al día siguiente llegan a un islote y desembarcan. El Alert es rescatado tiempo después, pero solo encuentran a bordo a un marinero muerto y al segundo piloto, el noruego Gustaf Johansen, que explica cómo en la isla murieron el resto de los marineros. Nada más se explica y el almirantazgo inicia una investigación de los hechos. En el Alert también se ha encontrado un extraño objeto, una estatuilla, cuya imagen es reproducida y descrita en el diario: «un horrible ídolo de piedra de origen desconocido, de unos treinta centímetros de alto». Y esto es lo que ha llamado la atención de Wayland, pues la figura representada no es otra que la de Cthulhu.

    Wayland retoma su investigación y viaja a Australia, donde llega a tener en sus manos la diabólica efigie, pero nada más consigue averiguar. Johansen ha retornado a su país natal y Wayland emprende viaje a Oslo en busca de respuestas. Al llegar, la esposa de Johansen le cuenta que este ha muerto, que tras su retorno de Australia ya no era el mismo. Johansen ha fallecido debido a un accidente que a Wayland le recuerda al de su tío abuelo. Quizá no sean fallecimientos tan accidentales después de todo. La viuda de Johansen le cede a Wayland un documento escrito por su difunto marido en inglés. Wayland sabe que es la única manera de contar lo acontecido en el infernal viaje y la llegada a la isla sin que su esposa llegue a saber la verdad. Y en estos papeles Wayland llegará al fin a desvelarla. Los marineros desembarcaron en una isla compuesta por colosales y ciclópeos bloques de piedra de diseño antinatural, no de este mundo, geometría no euclidiana concebida en una dimensión ajena, de proporciones incomprensibles decorados con inscripciones e imágenes horrendas: es la sumergida R’lyeh aparecida de entre las aguas debido al terremoto. Y dominándolo todo se alza un gran monolito, aquel bajo el cual yace Cthulhu. Los marineros encontrarán la muerte al enfrentarse al horror revivido del gran primigenio y solo dos lograrán ponerse a salvo en el barco. Lovecraft brilla de manera especial en la descripción de esta isla imposible, delirante en su concepción, con una poética que alcanza la más pura abstracción. El relato culminará con el ataque devastador de Cthulhu al barco fugitivo, provocando la muerte de uno de los marineros y el espanto eterno en el otro, Johansen, que ya no podrá recuperar su vida anterior, su espíritu ya destrozado por el infernal encuentro. Wayland admite, cerrando la historia confirmando su párrafo inicial, que la verdad es solo horror y ha sido revelada. Los fragmentos se han unido. Pero hay cosas que es mejor que permanezcan ocultas para siempre. Y en la desesperada narrativa lovecraftiana solo dos finales son ya posibles: la muerte o la locura. Porque el retorno a nuestro innato estado de ignorancia es ahora pasto de los sueños. Lovecraft había creado uno de sus relatos más importantes, origen de todo un universo terrorífico imitado infinidad de veces pero en poquísimas igualado en su intensidad.

    3. La película de Leman

    Que no está muerto lo que puede yacer eternamente, y en los eones venideros hasta la muerte puede morir.

    El gran problema con las películas que adaptan relatos de Lovecraft es que no lo parecen. Tenemos, por descontado, algún monstruo tentacular, referencias a lugares, los personajes, el abyecto Necronomicón abierto de par en par por incautos o malvados, todo ello dando fe de que la letra está allí, pero en su corazón el espíritu anda lejos. Poco o nada de la desolación, de su desesperado sentido de la existencia, de nuestra incomprensión de poderes más allá de la razón. Esto no significa que sean malas, ni tan siquiera fallidas: pueden ser cualquier cosa. Pero no películas donde el universo de Lovecraft quede no ya reflejado, sino que al menos sea reconocible. Es curioso que este espíritu lovecraftiano sea más fácil de encontrar en filmes que no se inspiran en él, así por ejemplo dos obras del director John Carpenter: La cosa (The Thing, 1982) y En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1994). En ellas tenemos el caso contrario: no son Lovecraft, pero qué demonios, estas sí lo parecen.

    The H. P. Lovecraft Historical Society2 es una asociación de seguidores o fans del escritor que difunden y disfrutan de su obra por medio de la realización de audiolibros, programas de radio, publicaciones y proyectos musicales y audiovisuales. En el año 2005 lanzaron una película concebida por su deseo de reconstruir en imágenes una historia de Lovecraft. Pero lo hicieron de una manera especial, fruto de una genial idea: imaginando que nuestro autor hubiera gozado de un gran éxito en su época y nada más ver publicado su cuento The Call of Cthulhu se hubiera rodado la película. Así, su versión tendría el aspecto de un filme realizado a finales de los años 20: mudo y en blanco y negro. Algo no del todo históricamente exacto pues el cine mudo era en color: las diversas secuencias se presentaban con un baño de color para reflejar bien emociones o bien si se trataba del día (amarillo) o la noche (azul), por ejemplo. Pero esto es lo de menos. Lo importante es que la imaginación se desataba y la película nos lleva a un mundo alternativo donde es posible soñar que esto es real, que retrocedemos en el tiempo y asistimos fascinados a un evento tan deseado que no hay opción a que no nos resulte arrebatador.


    La película sigue en casi todo su desarrollo el texto del relato tal cual. Y como este, se estructura a base de flashbacks dentro de flashbacks componiendo una espiral de descenso al horror que nada tiene que envidiar a la historia original. Algo nada sencillo pues el relato es coral, el protagonismo pasa de un personaje a otro apenas sin transiciones y podría haber resultado confuso o provocar la caída de la atención si el guion no hubiera apuntalado con firmeza cada punto de interés o los giros a los que la trama somete al espectador, a las vueltas que nos encaminan, casi a ciegas, hasta la gran revelación final. El aspecto fragmentario de la narración se mantiene sin que esto rompa el filme a cada cambio. Actores profusamente maquillados, gesticulantes en su justa medida pues a finales de los 20 las actuaciones ya daban paso también a los pequeños gestos faciales y las miradas, huyendo del exceso visual expresionista que, si bien presente, ya no era una estética preponderante, y un montaje trepidante donde tal vez el filme se delata producto ya del siglo XXI. Brillante en su conjunto, a veces ni tan siquiera es una buena película, así la secuencia que transcurre en Groenlandia, quizá la que revela de una forma más diáfana que estamos ante una película amateur. Pero esto no afea ni desmerece el resultado. Al contrario: engrandece el esfuerzo por dar vida con los mínimos medios al proyecto. Y lo acerca por momentos al aspecto de una modesta pero entrañable cinta de serie b. Es notable comprobar también cómo el equipo técnico casi en su totalidad tomará parte del artístico componiendo papeles secundarios, figurantes o repartiéndose múltiples funciones.

    Hay alguna referencia a clásicos del cine mudo, la más evidente tal vez la presente en la escenificación de una pesadilla de Wayland, en la que avanza entre libros de proporciones gigantescas y las sombras de unas manos atenazan su pecho, tal y como hiciera el vampiro Nosferatu con Ellen en la mítica obra de F. W. Murnau (Nosferatu, eine symphonie des grauens, 1922). Pero Leman sabe evitar el homenaje fácil y La llamada de Cthulhu resulta potente y atmosférica por sí misma. La secuencia en los pantanos, con Legrasse y sus hombres descubriendo horrorizados a los sectarios practicando el ritual en lo más profundo de los marjales de Louisiana para atacarlos y detenerlos a continuación, resulta vibrante y terrible, los rostros desencajados de los policías enfrentándose a una escena dantesca con esa niebla que parece ascender desde el mismo infierno enroscándose en sus miembros y nublando su visión. Las luces de las linternas entre los árboles, las fogatas lejanas con los enloquecidos danzantes alrededor, la ferocidad de la lucha… Todo compone un cuadro que refleja a la perfección ese sumidero infecto donde pervive el recuerdo del gran Cthulhu y se responde a su llamada.


    El gran momento culminante del relato, que lo será también de la película, es la llegada de los marineros a la isla, a la sumergida R’lyeh ahora alzándose de entre las aguas debido al terremoto. La imposible representación no euclidiana de la guarida de Cthulhu según Lovecraft era sin duda uno de los puntos más difíciles de trasladar de la letra a la imagen. La resolución es, sin embargo, excepcional: actores mostrados en el mismo plano con una disposición inhumana, donde no existe arriba ni abajo en un lugar en el cual la arquitectura es fruto de mentes alienígenas, no comprensible desde perspectivas a las que nuestros ojos, nuestra mirada, nos han acostumbrado. Planos inclinados en delineaciones delirantes que culminan en la gran puerta de la oscuridad, allí donde la criatura gigantesca, el gran Cthulhu, hará su aparición. Y aquí de nuevo otra resolución visual extraordinaria: apenas llegaremos a entrever al monstruo, solo sombras arrastrándose sobre otras sombras hasta que un breve plano nos hará entreverlo como si fuéramos también uno de esos marineros que huyen aterrorizados, incapaces de asimilar lo que se vislumbra ante ellos. Todos morirán en la enloquecedora huida salvo dos: Johansen y uno de sus temblorosos compañeros. Este morirá fruto del espanto mientras Johansen enfila el barco contra el vientre del gran Cthulhu en un desesperado gesto final. Los ojos sangrantes del marinero loco, las manos de Johansen engarfiadas sobre el timón, las olas del mar embravecido que en maravillosa y poética visualización está formado por telas en movimiento, un montaje prístino y al tiempo veloz que culmina con ese monstruo de dimensiones ciclópeas recortándose contra la luna ensartado y reventado por el bauprés, todo el conjunto componiendo uno de los momentos más intensos y dramáticos del relato.

    Pero no solo se queda ahí La llamada de Cthulhu. La película incluso mejora el cuento original en algunos puntos, en especial aquellos en los que, de manera paradójica, no lo sigue al pie de la letra. Así evita ese afán del autor por dejar claro que tanto los asesinos de algunos de los protagonistas como los sectarios son personas de tez oscura, nativos, gentes del Sur siempre de aspecto simiesco y conducta animal. Que nadie se escandalice ni se lleve las manos a la cabeza: no debe resultar sorprendente que a nuestro amado pero estirado y algo racista Lovecraft le aterroricen justo las personas más divertidas, de espíritu abierto y molonas de la tierra. Él era así: un señorón viejuno, más por su gusto tradicionalista y conservador que por edad, pero con una capacidad visionaria más allá del resto del común de los mortales. La secuencia final, con Wayland en el manicomio, un añadido del guion no presente en el cuento, es sensacional. Resume en su brevedad las sensaciones que deja la lectura de Lovecraft: locura, desasosiego, el afán por destruir todo lo que se ha descubierto, el poder de criaturas que esperan agazapadas para dominar el mundo y repartirse nuestros huesos, porque para cuando llegue este momento ya dispondrán de nuestras mentes.


    La secuencia se abre con Wayland sentándose frente a un hombre. Sobre la mesa que media entre ambos hay un puzle casi terminado que representa un cuadro de Van Gogh, La noche estrellada, quizá una alusión a ese alineamiento de estrellas que anuncia el despertar de Cthuhlhu. Con su mano derecha desbarata el mosaico y narra cómo todos los protagonistas de la historia que ha ido reconstruyendo han encontrado la muerte. El puzle que él ha construido quizá también merezca ser destruido. La próxima víctima será él. Y no han conseguido nada: el culto pervive y Cthulhu acecha esperando su nuevo despertar. Se nos muestra entonces a ambos hombres desde un plano lejano, rota la imagen por una silla de ruedas que aparece en primer plano dando la primera pista de en qué lugar nos encontramos. Una enfermera empuja la silla hasta la altura de Wayland y se dirige a él. No hay intertítulos, ya no son necesarios. La enfermera abre una puerta que se encuentra tras Wayland y vemos a dos hombres con camisas de fuerza en una habitación de paredes blancas. Uno mirando a la pared del fondo, estático, y otro deambulando como un zombi por la sala. Wayland se incorpora y deja su asiento para dejarse caer sobre la silla de ruedas. La enfermera tira de él hacia atrás llevándolo hacia la habitación. «¡Quémelo todo, doctor!», rezará un intertítulo. Ya sabemos dónde está y con quién está hablando. Hay un breve contraplano del doctor que nos muestra su mirada intentando asimilar lo que Wayland le ha contado. Y el plano siguiente, magistral en su resolución, resume por sí solo toda la esencia de la literatura de Lovecraft: Wayland es arrastrado hacia el vano de la puerta ahora sumido en la oscuridad, la enfermera se lo lleva y vemos cómo la negrura lo envuelve, lo devora hasta desaparecer con sus ojos desorbitados por el horror y la locura. «¡Quémelo todo!», es su último grito antes de desaparecer. Y el doctor toma entre sus manos los documentos de la narración de Wayland. Podemos leer un párrafo: aquel con el que Lovecraft abre su relato clamando por la piedad del desconocimiento y del olvido.

    En otra de las producciones de la H. P. Lovecraft Historical Society, The Whisperer in Darkness (Sean Branney, 2011), adaptación del relato de Lovecraft del mismo título escrito en 1930 y publicado en 1931, traducido como El que susurra en la oscuridad, también El susurrador en la oscuridad, el resultado no es tan efectivo. Primero porque en esta ocasión la historia se desvía demasiado del original, y segundo porque tanto por los movimientos de cámara, demasiado fluidos para lo que hubiera sido realista en la época, y los encuadres, que remiten al menos a una década después, difuminan la idea de que se trate de un filme rodado en aquellos años. Esto no impide que se trate de una buena película, inolvidables esos frascos conteniendo los cerebros de las víctimas de los Mi-go, unas de las más populares criaturas monstruosas imaginadas por Lovecraft. Pero nos queda La llamada de Cthulhu como modelo de adaptación lovecraftiana, sin duda la mejor película que refleja su literatura. Porque no solo se trata de monstruos, pesadillas y sectas mefíticas: es la desesperación de sabernos solos en un mundo dominado por criaturas que solo conciben la locura como modo de existencia. Un universo demente donde somos gotas de agua en un mar infinito de desolación.


    José Luis Forte |
    © Revista EAM / Cáceres


    Notas:

    [1] La edición del relato La llamada de Cthulhu que he seguido para las múltiples lecturas, las citas y el análisis del mismo es la incluida en el volumen I de la Narrativa completa de H. P. Lovecraft publicado por la editorial Valdemar en su colección Gótica, número 62, con traducción de Francisco Torres Oliver.
    [2] Para visitar su página web: https://www.hplhs.org/index.php


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