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    Crítica | Las cosas que decimos, las cosas que hacemos

    Mitología romántica

    Crítica ★★★★☆ de «Las cosas que decimos, las cosas que hacemos», de Emmanuel Mouret.

    Francia, 2020. Título original: Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait. Dirección: Emmanuel Mouret. Guion: Emmanuel Mouret. Compañías productoras: Moby Dick Films, Canal+, Ciné+. Fotografía: Laurent Desmet. Montaje: Camélia Jordana, Niels Schneider, Vincent Macaigne, Jenna Thiam, Émilie Dequenne y Guillaume Gouix. Duración: 122 minutos.

    En cadenciosos endecasílabos, el poeta barcelonés José María Fonollosa escribía: «Las mujeres que quiero van con otros./ Cuando pasan prendidas de otros brazos/ miro a la que se apoya en mí y compruebo/ que yo me he equivocado de mujer […] Yo sé que lo que anhelo no anda lejos:/ veo cómo ellas pasan de otros brazos. Y trato de encontrarlo, incluso en ellas./ Mas siempre me equivoco de mujer». Estos versos, que son a un tiempo ácidos y melancólicos, y que deconstruyen la mitología romántica occidental a la par que expresan una profunda verdad acerca de nuestras pulsiones, bien podrían servir para comentar las imágenes de Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, último trabajo por ahora de Emmanuel Mouret y, tal vez, su mejor película hasta la fecha. Precisamente, de los mitos en torno al amor y el deseo ha escrito profusamente el filósofo René Girard, en cuya obra se inspira el cineasta y guionista, y que asoma puntualmente en un par de escenas del filme. El héroe de Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, Maxime, es un traductor que aspira a escribir. Sin embargo, le cuenta a Daphné, la pareja de su primo François, que «nada de lo que escribo me parece suficiente». La voluntad primordial como autor de Maxime sería «plasmar sentimientos». Por su claro fragor literario, con un protagonista que es, a la vez, testigo, narrador y agente de los acontecimientos, el relato que contemplamos se erige en esa gran novela con la que sueña Maxime. Porque la vida que discurre en la obra de Mouret se asemeja inequívocamente a la literatura.

    En Mentira romántica y verdad novelística (1985), segundo ensayo largo de Girard, el pensador exploraba —a través del mito y la religión, y el anclaje posterior de ambos en las literaturas europeas— los mecanismos por los cuales, cuando deseamos, en realidad lo estamos haciendo a través de un mediador: Maxime, así, desea ante todo escribir y amar guiado por un modelo romántico: el de Stendhal, autor entre otras obras maestras del tratado Sobre el amor (1822), quien escribía —en términos que no podían ser sino autobiográficos— que «como prueba de las grandes pasiones, solo admito de sus consecuencias aquellas que resultan ridículas». Esta estructura triangular inherente al acto de desear, volviendo a Girard, la vemos reflejada en escenas como aquella que deja a Sandra con Maxime en un sofá, buscando este reconocer el instante que viven ambos en dos amantes que se besan apasionadamente en la vieja película que están viendo. Los escenarios en que se desenvuelven los encuentros y desencuentros de todos los hombres y mujeres condenados a la desdicha que pasan por Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, sirven en cierto modo de paisaje emocional para estas cuitas y anhelos humanos. Maxime y Daphné pasean entre ruinas mientras dejan fluir las memorias de su pasado amoroso reciente; Sandra y Maxime recorren los estantes de una librería, reflejo del afán del segundo por comenzar a escribir la novela de su existencia. Siempre hay un elemento —una imagen, un ideal, el deseo expreso de otro— que espolea la imaginación amatoria de unos y otros.

    Y si hablamos de vidas que quieren encarnarse en versiones estilizadas de sí mismas, bien podría venirnos a la memoria el cine de Éric Rohmer. De hecho, Las cosas que decimos, las cosas que hacemos sería un buen título alternativo para el ciclo de los «Cuentos morales», aunque no se nos ocurre una película menos rohmeriana, en el fondo, que esta que nos ocupa. En primer lugar, por la dimensión temporal más bien experimental del relato, un tránsito por los recovecos del tiempo perdido que alumbra, inesperadamente, hallazgos inesperados en el presente, y que funciona también en sentido inverso. Pero, asimismo, por el calculado sentido del artificio que maneja Mouret; él, como creador que escribe sus trazos sobre las líneas de la vida, guarda más similitudes con el Frederic de El amor después del mediodía (L'amour l'après-midi, Éric Rohmer, 1972) que cualquier de sus personajes, quizás a excepción del bisoño Maxime. Fundamentalmente, estamos abordando un ejercicio de síntesis, autoexamen y sublimación de la filmografía previa del cineasta. El director de El arte de amar (L'Art d'Aimer, 2011) y Lady J (2018) inscribe esta matrioshka en una tradición que, como hemos visto, conduce del realismo romántico francés a Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud, Éric Rohmer, 1969), condensando dicha tensión en una puesta en escena plenamente cinematográfica, pero susceptible de alumbrar el pasado dramatúrgico del medio. Así, lo más brillante de Las cosas que decimos, las cosas que hacemos aflora en la contraposición sutil del pasado con el presente, es decir, de la literatura con la realidad: la verborreica, agotadora, plasmación del pretérito frente a las miradas, los silencios y los roces casuales en que se gesta un hoy opaco para quienes lo habitan.


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


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