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    Crítica | La vida de los demás

    La pena más oscura

    Crítica ★★★★☆ de «La vida de los demás», de Mohammad Rasoulof.

    Irán, Alemania y República Checa, 2020. Título original: شیطان وجود ندارد (There is no evil). Presentación: Festival Internacional de Cine de Berlín 2020. Dirección: Mohammad Rasoulof. Guion: Mohammad Rasoulof. Producción: Cosmopol Film / Europe Medida Nest / Filminiran. Fotografía: Ashkan Ashkani. Montaje: Mohammadreza Moueini y Meysam Muini. Música: Amir Molookpour. Diseño de producción: Saeid Asadi. Vestuario: Afsaneh Sarfehju. Reparto: Baran Rasoulof, Zhila Shahi, Mohammad Seddighimehr, Ehsan Mirhosseini, Mahtab Servati, Kaveh Ahangar, Mohammad Valizadegan, Pouya Mehri, Darya Moghbeli, Shaghayegh Shoorian, Reza Bahrami, Parvin Maleki, Alireza Zareparast, Gholamhosein Taseiri, Kaveh Ebrahim, Salar Khamseh. Duración: 151 minutos.

    En una época en la que cada vez es más frecuente hacer cine al margen de toda regla e imposición, sigue habiendo ejemplos de cineastas que tienen que buscarse la vida para sacar adelante sus películas frente al ordenamiento al que están sujetos. Son conocidos los casos de Jafar Panahi, Kirill Serebrennikov o Lou Ye, que tienen o han tenido prohibido rodar en sus países de origen, que se han enfrentado a su censura, y de hecho los dos primeros han sufrido condenas de arresto domiciliario. Irán, Rusia o China son así algunos de los Estados donde no se puede hacer cine libremente, al menos siguiendo los controles burocráticos y las ayudas y subvenciones tan necesarias para el cine de autor. Una vez rodada la película sus responsables también pueden encontrarse con dificultades para proyectarla, dentro o fuera de sus fronteras, si bien hay que reconocer que los festivales europeos han sido clave en su apoyo. Centrándonos en Irán, es un supuesto a priori curioso, porque el cine iraní es precisamente uno de los que demuestran mayor efervescencia en las últimas décadas, pese al conservadurismo de su régimen y las mencionadas trabas para realizar un filme, si este es susceptible de incluir algún elemento contrario a dicho régimen. Pero esta curiosidad quizá no es tanta si recordamos que, a lo largo de la Historia, en muchas ocasiones las manifestaciones artísticas han tendido a aflorar con más fuerza cuanto mayores han sido los obstáculos políticos, económicos o sociales que han tenido que superar.

    Este contexto se aplica a la nueva película del director y guionista iraní Mohammad Rasoulof, especialmente porque trata un tema muy peliagudo, como es el de la pena de muerte. Esta existe en Irán, como en muchos otros países de la zona, y denunciarla en su seno puede a su vez acarrear una pena grave para su autor. De ahí que Rasoulof la haya realizado en secreto, antes de enviarla al Festival de Berlín donde ganó el Oso de Oro el año pasado. Es por tanto un premio muy meritorio, pero lo cierto es que La vida de los demás (Sheytan vojud nadarad) sería digna de recibirlo con independencia del contexto en que se hubiera producido. Al verla el espectador puede tenerlo en cuenta, pero no lo advierte por limitaciones visibles, que pudieran afectar a su narración o acabado técnico. De hecho, la narración es ambiciosa, al dividir la historia en cuatro relatos, para un total de dos horas y media de metraje. El primero es quizá el más sorprendente y conseguido, porque la película en su conjunto no sigue la perspectiva a la que podríamos estar más acostumbrados cuando se denuncia la pena de muerte: en otras palabras, sus personajes principales no son sus víctimas directas, aunque también son víctimas claras de todo este sistema. Entonces al iniciarse el metraje uno no sabe realmente lo que hay detrás de la cotidianeidad del protagonista (más allá de las pistas derivadas de la primera escena), un hombre bueno y entregado a su familia, y al mismo tiempo se percibe cierto calado más dramático tras su mirada perdida y su gesto consumido. Una vez visto el desenlace y asumida la estructura más general, los tres siguientes capítulos pierden algo de capacidad de sorpresa. Esto lo contrarresta Rasoulof haciéndolos más rebuscados, acentuando sus notas de thriller o suspense, lo cual da lugar a algunos detalles algo más inverosímiles o forzados, como la revelación del tercer relato, aunque también a momentos de gran impacto, como la segunda parte de acción del segundo relato, o el plano final del cuarto relato, muy memorable.

    ▼ شیطان وجود ندارد, Mohammad Rasoulof.
    Oso de la Berlinale 2020.

    «Si se observa cada plano, así como las transiciones entre uno y otro, se constata que la cámara siempre está lo mejor ubicada posible, y por ello los planos fijos son más prolongados de lo habitual […], porque uno solo logra captar el drama de una forma que en otras películas requeriría dos o tres planos».


    De hecho, el único hilo entre los cuatro episodios es esa relación crítica con la pena capital, aparte de su localización en Irán: no comparten mayor escenario ni repiten sus personajes. Pero hay conexiones entre ellos más allá de la propia historia, que no desvelamos aquí para evitar mayor spoiler. Asimismo, una vez concluido el visionado, se percibe una conexión interesante entre el principio y el final, por cómo están diseñados el primer y el último plano. Con esto entramos en el apartado técnico, que como adelantábamos goza igualmente de un refinamiento inesperado. Sin embargo, lo más inesperado de todo es algo que no debería serlo, pues obedece a la planificación más ortodoxa: hablamos del acierto máximo de cada una de las posiciones estáticas de cámara. Muchas películas adolecen de posiciones de cámara desafortunadas, que no permiten encuadrar la acción de la forma más provechosa, sin mencionar los saltos de eje, los ángulos confusos, los tamaños desiguales o los cortes bruscos. La vida de los demás en cambio resulta admirable en este sentido, por cuestiones que, insistimos, deberían ser reglas básicas de la puesta en escena, pero no lo son. Si se observa cada plano, así como las transiciones entre uno y otro, se constata que la cámara siempre está lo mejor ubicada posible, y por ello los planos fijos son más prolongados de lo habitual (sin buscar la pretensión del plano secuencia), porque uno solo logra captar el drama de una forma que en otras películas requeriría dos o tres planos. Esto tiene dos efectos añadidos. El primero es que, gracias a esa colocación, la cámara no es nada intrusiva y ello permite que la interacción entre los personajes o la mera contemplación del paisaje (esto se aprecia sobre todo en el tercer y el cuarto relatos) sea lo más natural posible. Y el segundo es que el eje de las miradas, cuando tenemos el clásico plano/contraplano de dos personajes dialogando, es perfecto, lo cual propicia asimismo esa naturalidad en su interacción. Véanse en este sentido los diálogos en la casa del cuarto relato, o incluso la conversación, previa a la acción subsiguiente, entre los reclutas del segundo relato, donde tenemos a seis personajes reunidos en una habitación pequeña, y es meridiana la visión de cada uno. Valga esta reflexión que podría parecer evidente, pero que comparativamente no lo es, para poner en valor una obra por tanto muy meritoria en muchos sentidos. No es una película fácil, pero es importante, deja huella, y ojalá pueda disfrutarse en salas por el mayor número de personas posible.


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid


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