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    Crítica | Siervos

    Paz en la tierra

    Crítica ★★★☆☆ de «Siervos», de Ivan Ostrochovský.

    Eslovaquia, Rumanía, República Checa, Irlanda, 2020. Título original: «Sluzobnici». Dirección: Ivan Ostrochovský. Guion: Rebecca Lenkiewicz, Marek Lescák, Ivan Ostrochovský. Compañías productoras: Punkchart Films, Point Flims, RTVS, Negativ s.r.o., Film and Music Entertainment, Libra Films Productions, Hai-Hui Entertainment, Sentimentalfilm. Fotografía: Juraj Chlpík. Montaje: Jan Daňhel, Martin Malo, Maroš Šlapeta. Reparto: Vlad Ivanov, Martin Sulík, Milan Mikulcík, Zvonko Lakcevic, Samuel Skyva y Vladimír Strnisko. Duración: 80 minutos.

    Aun a día de hoy, a casi seis décadas de la publicación de la encíclica Pacem in Terris, sigue vigente en ciertas esferas del pensamiento católico la división entre la Iglesia que comenzaba a actualizar el papa Juan XXIII y aquella que recondujo posteriormente Juan Pablo II, atendiendo cada uno de ellos a su manera a las nuevas realidades sociopolíticas que marcaban las agendas, sobre todo, de Europa del Este y Latinoamérica. El sesgo netamente aperturista y conciliador del primero de ellos, cuya herencia intelectual y social ha sido reivindicada por el papa Francisco, quedaba cifrada no solo en las líneas que escribió a lo largo de sus ocho cartas circulares, sino en la voluntad expresadas en el marco del Concilio Vaticano II, que terminaría de dar forma a su impulso reformista y «modernizador»: la aspiración a un diálogo, improbable en el convulso mundo de los 60, con los dos bloques en que se dividían los países de mayoría cristiana.

    En la Checoslovaquia comunista, la situación comenzó a cambiar radicalmente para la institución cuando Karol Wojtyla fue nombrado sumo pontífice: un religioso procedente de la Polonia comunista que no tardó en demostrar su intención de terminar con la influencia soviética en el mundo occidental. Tomando como fuente primordial, de un modo retorcido, las proclamas sobre el bien común y la solidaridad social defendidas por Juan XXIII, el gobierno de Gustáv Husák fomenta el poder de la organización católica Pacem in Terris, que se convertiría con los años en un yugo ominoso para el sacerdocio checoslovaco, forzado a colaborar con la brutal represión que ejercía el régimen sobre una juventud permanentemente bajo sospecha.

    Es precisamente en un seminario sobre el que se proyecta la sombra de Pacem in Terris donde se desarrolla Siervos, filme político que propicia, asimismo, lecturas inequívocamente espirituales. Si en su largometraje previo, Koza (2015), Ostrochovský relataba la tragedia de un boxeador consumido por las fuerzas históricas que rigen el presente y el futuro de la región, en esta ocasión urde una narración con semejanzas temáticas —el relato de dos jóvenes seminaristas, Michal y Juraj, que deben posicionarse ante una turbia trama de vigilancia y violencia—, pero situado en las antípodas estilísticas de su cine previo: el naturalismo de raíz documental se abre paso a un formalismo donde los encuadres milimétricos y los exquisitos contrastes propiciados por el uso del blanco y el negro envuelven, a menudo, la rigidez inflexible, sufrida, de los cuerpos. En la escena que abre Siervos, un coche avanza por la carretera de noche y se detiene ante un arco: uno de los muchos umbrales, físicos y morales, que emergen en las imágenes de la película. Frente al mismo, dos hombres depositan un cadáver. El breve plano secuencia que acompaña el deambular enigmático de un par de zapatos en torno al muerto es la primera evocación del noir dentro de una ficción que no deja de apelar al género hasta sus minutos finales.

    Sluzobnici, Ivan Ostrochovský.
    Premio a la mejor dirección de la Seminci 2020 | Otra de las joyas de Encounters de la Berlinale 2020.

    «Cuando tras el silencio y la calma se agazapa la injusticia, ¿cuál es la política de la resistencia más oportuna? Siervos no pretende responder a esta pregunta, sino articularla sin renunciar a la complejidad que encierra; es decir, manteniéndose fiel a las circunstancias de hombres y mujeres obligados a vivir bajo el yugo del autoritarismo y la amenaza de la persecución».


    Así, el noir se erige, a medida que el metraje avanza, en un modo de expresar la agitación del espíritu, la crispación que atenaza el ánima de personajes forzados a romper con un hieratismo que es tanto visual como ético. Porque en Siervos, la espiritualidad no radica en la quietud falsa, aparente, ni en los geométricos rituales que repiten cada día los aprendices, sino en el movimiento libre: un plano cenital nos muestra a Juraj atravesando la blanca ropa de cama tendida en el patio, quebrando con ello la dinámica de una realidad sepultada bajo un simulacro de paz que es, verdaderamente, la expresión engañosa de un orden despiadado. Cabe oponer a esta imagen otra igualmente reveladora: un grupo de miembros de Pacem in Terris mantienen, circunspectos, el brazo alzado en el contexto de una votación. Nadie se mueve, nadie respira. En su inmovilidad esencial, sentimos el peso terrorífico del statu quo. Una y otra vez, Juraj y sus compañeros se verán obligados a dinamitar el equilibrio interno de un mundo que Ostrochovský atina a enclaustrar dentro de una arquitectura del plano de inquietante perfección. Cuando tras el silencio y la calma se agazapa la injusticia, ¿cuál es la política de la resistencia más oportuna? Siervos no pretende responder a esta pregunta, sino articularla sin renunciar a la complejidad que encierra; es decir, manteniéndose fiel a las circunstancias de hombres y mujeres obligados a vivir bajo el yugo del autoritarismo y la amenaza de la persecución.


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


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