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    Crítica | Oxígeno / Netflix

    Con el aire contado

    Crítica ★★★☆☆ de «Oxígeno», de Alexandre Aja.
    ► en NETFLIX.

    Francia, 2021. Título original: Oxygène. Director: Alexandre Aja. Guion: Christie LeBlanc. Productores: Alexandre Aja, Brahim Chioua, Noémie Devide, Grégory Levasseur, Vincent Maraval. Productoras: Coproducción Francia-Estados Unidos; Echo Lake Productions, Wild Bunch, Getaway Films. Distribuidora: Netflix. Fotografía: Maxime Alexandre. Música: Robin Coudert. Montaje: Stéphane Roche. Reparto: Mélanie Laurent, Malik Zidi, Laura Boujenah, Marc Saez.

    A estas alturas, hablar del francés Alexandre Aja es hacerlo de un director que, con solo 42 años, se ha hecho un hueco en el género fantástico como referente de un cine que, en el peor de los casos, siempre ofrece algún destello de su genialidad. Fue con su segunda película, la escalofriante y rompedora Alta tensión (2003), con la que se ganó la atención de unos estudios de Hollywood que no dudaron en reclutarle para el cine norteamericano. Podría hablarse de que el talento de Aja estaba siendo desperdiciado en remakes de clásicos del terror que hablaban por sí solos de la falta de ideas de los guionistas, de no ser porque su versión de Las colinas tienen ojos (2006), donde dio rienda suelta a ese gusto por la violencia sádica y muy gráfica que caracterizaron a su espléndida cinta anterior, podría rivalizar en impacto con la original de Wes Craven, a la que, incluso, logra superar en muchos aspectos. Bastante menos inspirado se mostró en Reflejos (2008), su impersonal reinterpretación de la coreana El otro lado del espejo (Kim Seong-hun, 2003), que, no obstante, aún puede presumir de contener algunas escenas especialmente aterradoras, antes de ponerse al frente del que podría ser uno de los proyectos más divertidos de los últimos años, aquella Piraña 3D (2010) que funcionó como parodia alegremente camp e hipergore de la mítica cinta de peces asesinos dirigida por Joe Dante en 1978. Un trabajo puramente comercial del que salía victorioso, precisamente, gracias a su absoluta falta de ambiciones y a no tomarse en serio a sí mismo en ningún momento, algo similar a lo que ocurrió con Infierno bajo el agua (2019), esa gozosa monster movie de serie B en la que su protagonista femenina quedaba atrapada en el interior de una casa como consecuencia de los estragos de un huracán que, a su vez, hacía que unos voraces cocodrilos campasen a sus anchas por los alrededores. Este éxito sorpresa supuso un alivio para su director, que había visto como sus más personales (y nada desdeñables, a pesar de todo) Cuernos (2013) y La resurrección de Louis Drax (2016) fueron recibidas con tibieza por crítica y público.

    19 años después de Alta tensión, Aja ha vuelto al cine francés para ponerse al frente de una nueva propuesta de ciencia ficción, destinada a engrosar el cada vez más competitivo catálogo de la plataforma de streaming Netflix, Oxígeno (2021). Lo primero que llama la atención es la falta de originalidad del punto de partida del guion de Christie LeBlanc, una idea que recuerda demasiado a Buried (Rodrigo Cortés, 2010) en la que Ryan Reynolds se pasaba los 93 minutos de película encerrado en el interior de un ataúd en el que despertaba sin idea de por qué o de cómo había llegado hasta allí. Aquel fue un ejercicio de suspense minimalista, en el que su director dio una lección magistral de manejar la tensión y dosificar la información sin que el interés de la historia decayera en ningún momento, y ese logro es, posiblemente, el que Aja pretende repetir aquí también. Desde el instante en que su protagonista, Liz (Mélanie Laurent) abre sus ojos y descubre que se encuentra atrapada en una especie de cápsula de criogenización, el espectador se imagina en qué va a consistir la propuesta. La principal novedad radica, en este caso, en que la mujer despierta con evidentes síntomas de amnesia y, en el escaso tiempo del que dispone hasta que las reservas de oxígeno del habitáculo se acaben, causándole la muerte, tiene que tratar de recordar quién es y qué le ha llevado hasta esa situación. La película de Aja se revela, en este sentido, como un angustioso juego a contrarreloj en el que Liz debe usar su inteligencia, astucia y los recursos tecnológicos que el lugar pone a su alcance para obtener respuestas y, sobre todo, tratar de salir viva de la cápsula. Con la única compañía y ayuda de la voz de M.I.L.O. (en la versión original la pone Mathieu Amalric), el ordenador dotado de conocimientos médicos que controla el mecanismo de esa suerte de tumba futurista y que le proporciona herramientas como llamadas de auxilio al exterior, acceso a internet o imágenes y vídeos de archivo con los que poder maniobrar, desde su estado de postración, Liz tiene que intentar mantener la cabeza fría en una situación límite que amenaza con acabar con su existencia en cuestión de minutos.

    Oxygène, Alexandre Aja.
    El universo de Aja se traslada a Netflix.

    «Los giros de guion y las “sorpresas” que depara la historia tampoco son lo suficientemente contundentes como para convencer al espectador de estar ante algo nunca visto antes. Lo que ha logrado es una aventura de supervivencia más reflexiva que tensa, muy cercana a la vivida por Sandra Bullock en Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), aunque considerablemente más modesta y desprovista del calado dramático de aquella».


    Un acierto de la cinta está en la manera en que enfrenta a Mélanie Laurent, espléndida actriz que demuestra que es capaz de sostener por sí misma toda la función, sin necesidad de más actores (al menos físicamente) que apoyen su trabajo sobre un papel bastante desdibujado por exigencias de guion, con M.I.L.O., personaje virtual que recuerda, por su omnipresencia en la trama y esa capacidad de interactuar con los humanos, a otras inteligencias artificiales míticas del cine de ciencia ficción, tales como aquella Mother de la nave Nostromo en Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) o el inquietante HAL 9000 de 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Las características futuristas de la propuesta propician que el filme de Aja sea más complejo, a nivel visual, que Buried. La austeridad de un ataúd de madera es sustituida por un escenario muy tecnificado y que resulta especialmente atractivo a nivel visual, gracias al impecable trabajo de diseño de producción y a unos cumplidores efectos especiales que hacen realidad alguna que otra imagen de gran fuerza expresiva. En el lado contrario de la balanza, abundan los flashbacks que muestran destellos de la vida de Liz fuera de la cápsula, como pequeños amagos de recuerdos que tratan de ordenarse en su memoria, mostrando una relación romántica que en ningún momento adquiere mayor entidad en la trama. Son momentos que se antojan de relleno y que aportan poco a una historia que avanza de manera un tanto artificiosa, con la protagonista salvando todo tipo de obstáculos a medida que el porcentaje de oxígeno se va acercando peligrosamente al mínimo. Habría que aplaudir la apuesta de director y guionista por la sobriedad y una notable elegancia formal, pero también es cierto que en ninguno de sus 100 minutos de metraje, la película se acerca siquiera a esa sensación claustrofóbica y desesperante que hicieron del éxito de Rodrigo Cortés una de las experiencias más desasosegantes del cine de suspense de los últimos tiempos. Los giros de guion y las “sorpresas” que depara la historia tampoco son lo suficientemente contundentes como para convencer al espectador de estar ante algo nunca visto antes. Lo que ha logrado es una aventura de supervivencia más reflexiva que tensa, muy cercana a la vivida por Sandra Bullock en Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), aunque considerablemente más modesta y desprovista del calado dramático de aquella. Por lo tanto, seguimos sin recuperar a Alexandre Aja en su mejor versión, la de sus impactantes comienzos, pero, tal vez, hemos ganado un aplicado artesano capaz de asegurar siempre un producto interesante y perfectamente acabado.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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