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    Crítica | Funny Face

    Desajustes tonales

    Crítica ★★☆☆☆ de «Funny Face», de Tim Sutton.

    Estados Unidos, 2020. Título original: Funny Face. Director: Tim Sutton. Guion: Tim Sutton. Productores: Madeleine Askwith, Alexandra Byer, Andres Figueredo, Juan Carlos Figueredo, Mark Lampert, Andrew Morrison, Alex Peace, Oscar S. Schafer, Tim Sutton. Productoras: Yellow Bear Films, Rathaus Films. Fotografía: Lucas Gath. Música: Phil Mossman. Montaje: Kate Abernathy. Reparto: Cosmo Jarvis, Dela Meskienyar, Barzin Akhavan, Jeremy Bobb, Esther Chen, Lawrence Oliver Cherry, Victor Garber, Danny Garcia, Susanna Guzman, Dan Hedaya, Jonny Lee Miller, Rhea Perlman.

    La propuesta narrativa que consiste en una pareja o un grupo reducido de personas que transita la ciudad, apartados de la sociedad porque se sienten incomprendidos, es tan habitual en el cine independiente estadounidense, que la cinta que se analizará a continuación no es la única de las seleccionadas de este año por el festival Americana que parte de la misma premisa. Como ya sucedía en Freshman Year (Shithouse), donde los dos protagonistas recorrían los suburbios de Los Ángeles en una noche infinita de conversaciones y situaciones peculiares, en Funny Face, lo nuevo de Tim Sutton, sucede algo muy similar. En ella un chico y una chica se conocen por casualidad en una tienda y, sin proponérselo, acaban robando un coche y recorriendo la ciudad de Nueva York, esta vez durante días, como una manera de escapar de sus respectivas situaciones vitales. Saul (Cosmo Jarvis) es un joven que vive con sus abuelos y trabaja en una tienda de ultramarinos, sin ningún objetivo en la vida y dando la impresión de que algún suceso no resuelto de su pasado lo mantiene en un estado de aparente normalidad que esconde graves carencias emocionales. Zama (Dela Meskienyar) es una joven, hija de inmigrantes musulmanes, que vive con sus tíos, con quienes tiene constantes peleas verbales. Ambos personajes arrastran el trauma no resuelto de la muerte o ausencia —no se aclara completamente en el filme— de sus progenitores, por lo que, en cierta manera, sintonizan emocionalmente, se sienten mutuamente comprendidos —sin necesidad de que conozcan que comparten un pasado similar—, y empiezan a pasar tiempo juntos.

    Sutton, quien también escribe el guion, acierta a la hora de poner la mayor parte del peso narrativo en la relación que se establece entre ambos protagonistas, cuyas rarezas, extrañamente complementarias, dan lugar a los momentos más logrados del filme. En pleno auge de los activismos que han resurgido al calor de la cuarta ola feminista, la corrección política y el miedo a decir algo fuera de lugar, resulta especialmente estimulante observar cómo el autor desarrolla una relación entre un personaje oprimido por su condición de mujer musulmana y potencialmente víctima de exotización y racismo por su origen cultural, y un hombre blanco heterosexual que no parece tener demasiada idea de en qué sociedad vive. Lejos de ser voluntariamente ofensivo, el joven se comporta como un niño, expresando lo primero que se le pasa por la cabeza, sin plantearse los sesgos ideológicos y culturales de sus afirmaciones. Con inocente naturalidad se sorprende de que el tío de su nueva amiga no lleve la misma indumentaria que ella —evidentemente, desconoce el término «hiyab»—, le resulta gracioso lo difícil que es para ella comer al llevar dicha prenda, y muestra sin tapujos que su mayor preocupación en la vida es algo tan trivial como el baloncesto, lo que manifiesta de manera indirecta todas las dificultades que este no ha tenido que sufrir, en comparación con su compañera de viaje. Tratándose de un caso tan extremo, y donde es tan evidente que no existe maldad por parte del joven, a Zama no le resulta complicado no ofenderse ante su actitud. Esto se refuerza por el hecho de que la escucha, la ayuda y cuida de ella sin pensárselo. En conjunto, podría extraerse la conclusión de que el director y guionista se plantea cómo de mal estamos interpretando hoy en día qué significa ser una buena persona, un ciudadano comprometido con el bienestar del Otro, hasta qué punto ofenderse en muchos casos tiene más que ver con el deseo de la persona ofendida por mostrar su enfado que con la verdadera pertinencia de hacerlo, y que, en última instancia, suele ser más lo que nos une que lo que nos separa de los demás. En resumidas cuentas, parece señalarse que la situación es mucho más compleja que limitarse a utilizar lenguaje inclusivo y gritar a los cuatro vientos que uno se opone al patriarcado.

    Funny Face, Tim Sutton.
    Protagonizada por un estupendo Cosmo Jarvis | Americana 2021.

    «A pesar de la potente presentación de The Developer, que se realiza de manera indirecta, retratando al personaje a partir de lo que los demás dicen de él, este apartado del relato no trasciende el cliché sobre personajes que manejan los hilos que mueven el mundo. Tampoco ayuda que la cinta esté filmada buscando un preciosismo visual que recuerda a los thrillers de Nicolas Winding Refn, cuya manera de filmar los ambientes urbanos ha sido explotada hasta la saciedad y normalmente de manera superficial, como es el caso de Funny Face».


    Teniendo en cuenta lo descrito en el texto hasta ahora, probablemente resulte sorprendente descubrir que la cinta se ha filmado con tono de thriller. Al mismo tiempo que Sutton desarrolla esta improbable amistad juvenil, expone la situación de un magnate de la construcción, cuya vida está destinada a confluir con la de los protagonistas. De hecho, la conexión ya aparece desde el inicio: en un movimiento especulativo, dicho personaje, al que se conoce como The Developer y a quien interpreta Jonny Lee Miller, está forzando a Saul y a sus abuelos a abandonar su casa familiar, algo que provocará una ira creciente en el protagonista, quien decidirá atentar contra el empresario, en un gesto desesperado e irracional, propio de su carácter. Esta trama es el aspecto más flojo de la obra, y en última instancia el más problemático, pues condiciona el resultado final, amenazando con echarlo a perder. A pesar de la potente presentación de The Developer, que se realiza de manera indirecta, retratando al personaje a partir de lo que los demás dicen de él, este apartado del relato no trasciende el cliché sobre personajes que manejan los hilos que mueven el mundo. Tampoco ayuda que la cinta esté filmada buscando un preciosismo visual que recuerda a los thrillers de Nicolas Winding Refn, cuya manera de filmar los ambientes urbanos ha sido explotada hasta la saciedad y normalmente de manera superficial, como es el caso de Funny Face. Parece evidente que la película cuenta con buenos mimbres para convertirse en una cinta indie de valor, pero finalmente los desajustes tonales echan por tierra las mejores ideas de Tim Sutton.


    Yago Paris |
    © Revista EAM / Madrid


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