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    Crítica | Synchronic

    El pasado nunca muere

    Crítica ★★★★☆ de «Synchronic», de Justin Benson, Aaron Moorhead.

    Estados Unidos, 2019. Título original: «Synchronic». Director: Justin Benson, Aaron Moorhead. Guion: Justin Benson. Productores: Justin Benson, David Lawson Jr., Michael Mendelsohn, Aaron Moorhead. Productoras: Pfaff & Pfaff Productions, LDP, Patriot Pictures, Rustic Films (Distribuidora: VVS Films). Fotografía: Aaron Moorhead. Música: Jimmy Lavalle. Montaje: Justin Benson, Michael Felker, Aaron Moorhead. Reparto: Jamie Dornan, Anthony Mackie, Ally Ionnides, Bill Oberst Jr., Betsy Holt, Martin Bats Bradford, Kate Adair, Shane Brady.

    Solo tres películas –obviando su colaboración en la fallida antología de terror V/H/S Viral (2014), donde entregaron el segmento de corte folk horror titulado Bonestorm– han sido suficientes para posicionar a Justin Benson y Aaron Moorhead como una pareja de cineastas a tener muy en cuenta dentro del reciente panorama fantástico más independiente, ganándose el favor de buena parte de la crítica y haciéndose con una aún minoritaria (pero fiel) legión de seguidores. Su humilde debut, Resolución (2012), a través de su realización formal un tanto tosca, no podía ocultar su evidente falta de medios, pero esta era suplida con buenas dosis de creatividad e ingenio. Además, sentaba las bases de las que serían muchas de las constantes de su cine posterior, como esa visión de la camaradería masculina entre personajes a los que les costaba asimilar las obligaciones que trae consigo la madurez, una amistad que se tambaleaba ante la influencia de cuestiones externas (adicciones a las drogas, sucesos sobrenaturales), su sentido del humor algo marciano y, sobre todo, la presencia de paradojas espacio-temporales dentro de una trama costumbrista. Pero sería con sus siguientes trabajos, Spring (2014) y El infinito (2017), con los que los cineastas se convertirían en una presencia habitual (y codiciada) en el Festival de Sitges, por la mirada personalísima y original que han sabido aportar al género. La primera fue una historia de amor, de tintes mitológicos, entre un turista estadounidense de vacaciones en Italia y una hermosa joven que escondía un monstruoso secreto, con más reminiscencias de aquella joya de serie B que fue Marea nocturna (Curtis Harringon, 1961) que de la obra maestra de Jacques Tourneur La mujer pantera (1942), con la que rápidamente se apresuraron a comparar. El infinito, su tercer largometraje, podría considerarse, hasta el momento, su obra más redonda. Una suerte de fascinante secuela parcial de su ópera prima, en la que dos hermanos se veían envueltos en una paranoica pesadilla de tintes lovecraftianos con sectas, viajes astrales y bucles temporales, y que denotaba una mayor ambición de sus realizadores para ofrecer un relato más complejo y críptico.

    Tras esta obra de culto, Benson y Moorhead, cineastas todoterreno donde los haya –ellos dirigen, producen, escriben el guion, montan, se encargan de la fotografía e incluso actúan–, firman Synchronic (2019), una cinta considerablemente más “convencional” y accesible para una audiencia no familiarizada con la especial sensibilidad de sus autores. Tal vez se trate de ese título de transición necesario para que este público no familiarizado con propuestas indies pueda conocer el genio de estos dos hombres, mientras que a estos les debería servir de trampolín para acometer empresas más grandes a partir de ahora. El primer elemento que distingue a esta producción de sus pequeñas creaciones anteriores es la presencia, en la cabeza de cartel, de dos protagonistas curtidos en éxitos comerciales de los grandes estudios. Jamie Dornan es un actor al que le está costando desembarazarse de la etiqueta de guaperas que le creó su papel del seductor Christian en la trilogía erótica sobre Cincuenta sombras de Grey, mientras que Anthony Mackie es un rostro muy reconocible para el gran público, gracias a su personaje de Sam Wilson/Falcon en distintos éxitos del universo Marvel. Ambos tienen una oportunidad perfecta para sacudirse la etiqueta de “estrellas comerciales”, metiéndose en la piel de unos personajes muy terrenales, que parecen beber del espíritu de aquellos infortunados amigos de Resolution. Ellos son Steve (Mackie) y Dennis (Dornan), dos paramédicos que mantienen una estrecha relación amistosa desde hace años y que, durante las noches, se dedican a patrullar las calles de Nueva Orleans, atendiendo todo tipo de emergencias, aunque últimamente se suceden con preocupante frecuencia unos misteriosos casos de víctimas de una nueva droga de diseño que causa terroríficas visiones que conducen a la muerte. Estamos, como es ya una constante en el cine de Benson y Moorhead, ante dos personajes enfrentados a notorias encrucijadas vitales, ya que, al mismo tiempo que al solitario Steve –carece de estabilidad familiar y solo encuentra compañía, fuera del ámbito profesional, en amantes ocasionales– se le diagnostica un tumor cerebral en fase avanzada que opta por mantener en secreto, Dennis trata de asimilar la crisis que se cierne sobre su matrimonio tras una imprevista segunda paternidad cuando su primera hija cuenta ya 18 años. Precisamente será la desaparición de la muchacha, después de haber caído en la tentación de experimentar con la droga sintética de moda, la que involucre a los dos amigos en su búsqueda contrarreloj a través de líneas temporales y escenarios insospechados.

    Synchronic, Justin Benson, Aaron Moorhead.
    Festival de Sitges 2019.

    «Synchronic corre el riesgo de ser acusada de la pérdida de parte de la frescura inicial de sus realizadores cuando, en realidad, supone un considerable paso adelante en madurez y estilización, con sus geniales ideas tomando, al fin, una forma más armónica y entregando, de paso, momentos tan genuinamente emotivos como los que tienen como protagonistas a Steve y su perro».


    Se aplaude que los directores no hayan renunciado a sus señas de identidad en esta incursión en un producto más comercial. Funciona, además, en varias facetas. Primero, como thriller, ayudado por una atmósfera lluviosa que recuerda a Seven (David Fincher, 1995) y otras historias de investigación noventeras, si bien es con Al límite (Martin Scorsese, 1999) con la cinta con que más puntos en contacto tiene, gracias a su visión desesperanzadora del trabajo noctámbulo en un servicio de ambulancias. También como fábula de ciencia ficción en su siempre agradecida vertiente de viajes en el tiempo, empleando la particular circunstancia que ofrece la droga protagonista para realizar un recorrido por diferentes (y espinosos) episodios de una historia de Nueva Orleans comprendida entre la mismísima edad del hielo y la actualidad, y en la que tienen cabida desde miembros del Ku Klux Klan a violentos conquistadores españoles, pasando por la Guerra Civil estadounidense y sus ejércitos confederados. Ingredientes, a priori arriesgados que los directores han sabido manejar con inteligencia y mucha originalidad en la manera en que se producen los viajes temporales. Pero, por encima de toda esta parafernalia fantástica, es en su apartado emocional donde Synchronic se muestra particularmente eficiente. Los cineastas se alejan del trazado esquemático de las criaturas de sus obras anteriores para dibujar un par de personajes sólidos y de carne y hueso. Tipos comunes, enfrentados a circunstancias extraordinarias, sí, pero que también lidian con problemas cotidianos, inseguridades y sentimientos de fracaso personal con los que cualquier espectador puede sentirse fácilmente identificado. Es también una historia de amistad cautivadora a la que los sinceros trabajos de Mackie y Dornan saben dar una autenticidad pocas veces alcanzada en este tipo de propuestas, habitualmente más preocupadas en priorizar el espectáculo por encima del arco dramático. Tal vez por esto, los efectos especiales, escasos pero muy eficaces –sorprende, sobre todo, la creatividad con la que se presentan las alucinaciones que sufren los consumidores de la droga– juegan a favor de la historia y no al revés, cosa que se agradece. Synchronic corre el riesgo de ser acusada de la pérdida de parte de la frescura inicial de sus realizadores cuando, en realidad, supone un considerable paso adelante en madurez y estilización, con sus geniales ideas tomando, al fin, una forma más armónica y entregando, de paso, momentos tan genuinamente emotivos como los que tienen como protagonistas a Steve y su perro.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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