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    Crítica | La Mami

    Demasiado limpio

    Crítica ★★☆☆☆ de «La Mami», de Laura Herrero Garvín.

    México, 2019. Título original: «La Mami». Dirección, Guion y Fotografía: Laura Herrero Garvín. Fotografía: Pamela Albarrán. Montaje: Lorenzo Mora, Ana Pfaff. Sonido: Amanda Villavieja, Juan Sánchez. Sonido: Victor Cuadros. Productores: Laura Imperiale, Patricia Franquesa, Laia Zanon, Laura Herrero Garvin. Compañías productoras: Cacerola Films, Gadea Productions. Duración: 81 minutos.

    En el cabaret de Ciudad de México «Barba Azul», la cámara de Laura Herrero (El remolino) prefiere esconderse en una cámara secreta que nadar entre tiburones. El hábitat de la película son los aseos-camerinos-vestuarios del local a los que solo tienen acceso las mujeres que trabajan al otro lado de la puerta. Señoritas de compañía dedicadas a hacer beber a los clientes masculinos (no parece que los pueda haber de otro sexo en el local salvo que ya acudan acompañadas) para incrementar su comisión diaria al tiempo que intentan mantener a flote su dignidad del manoseo y baboseo ultramachista de su entorno. Todo ello bajo la mirada de la Mami, Doña Olga, paciente, protectora, resabiada por los años y, seguramente, por haber pasado por experiencias similares, o peores, que las de las chicas a las que cobra una pequeña cantidad por el uso de las instalaciones al tiempo que habla con ellas y las escucha mientras raciona con escrupuloso sentido comercial el papel higiénico.

    La Mami se transforma es una parte más del decorado, en una proyección de la cámara de la cineasta asumiendo el control por completo del espacio escénico porque, cada vez con mayor intensidad, siento que estos experimentos de filmación naturalísticos, como si las personas no forzaran su presencia ante la cámara, resultan baldíos. Dónde fijar el límite de la realidad y de la representación de la realidad hasta transformarla en ficción dentro del cine documental es un interrogante recurrente ante la profusión de obras donde se escucha y filma a protagonistas anónimos que, supuestamente, hacen, y dicen, ante la cámara, lo mismo que harían y dirían si ésta no estuviera presente, algo que parece mentalmente imposible de aceptar. Esta dificultad de aceptación de aquello que vemos podría adjetivarla como camuflaje de la realidad, un camuflaje que, en las imágenes, se representa por la constante aparición del maquillaje como acto de enmascaramiento, de transformar el rostro real de las chicas (y hasta de La Mami) bajo un efecto estético que oculte sus verdaderos sentimientos y hasta su verdadera fisonomía, y que queda más en evidencia cuando en el cuadro aparece alguien no esperado; como esas clientas de una clase social diferente que, ocasionalmente, necesitan hacer uso de los aseos, y es entonces cuando la película respira más verdaderamente que cuando las interlocutoras saben que están siendo filmadas.

    Herrero Garvín opta por un lado humano de confesionario, de dejar que las chicas hablen de algunos de sus problemas, todos ellos acuciantes en lo económico o sanitario, mientras el entorno parece quererse representar seguro y confortable. Pero mientras uno puede jugar a esa representación, a que detrás de ese trabajo no existe explotación, abuso, coacción, violencia; la realidad invisible nos habla de otra cosa, de miles de «Barbaazules» llenos de sicarios, mafia, droga, prostitución, sordidez, falta de higiene y explotación. El mayor debe de la película se sitúa, precisamente, en su deliberada omisión de querer saber la verdad de lo que ocurre de la puerta del camerino-aseo para afuera, aunque al final, esa falta de información y la presencia de Doña Olga transmiten que el único lugar seguro para esas chicas se encuentra alrededor de la mami y dentro de ese reducido recinto, porque lo que espera fuera, bajo las luces tenues de la sala de fiestas, se antoja putrefacto. Pocas veces la cámara sale fuera del espacio seguro, y cuando lo hace se muestra con timidez, como pisando un territorio hostil y peligroso, representado por la soledad de las mujeres ante un wiski, o emparejadas de circunstancias con hombres sin conversación. Una soledad y amenaza más real que el entorno fraternal y limpio donde espera Doña Olga y por el que ha optado la película.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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