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    Crítica | Nuevo orden

    No todo lo nuevo es mejor

    Crítica ★★★☆☆ de «Nuevo orden» de Michel Franco.

    México, Francia, 2020. Título original: «Nuevo orden». Dirección y Guion: Michel Franco. Compañías productoras y productores: Teorema (Michel Franco, Cristina Velasco L, Eréndira Núñez Larios), Les Films D’Ici (Charlotte Uzu). Presentación: Mostra de Venecia, ganadora del León de plata como gran premio del jurado Fotografía: Yves Cape. Montaje: Oscar Figueroa, Jara Michel Franco. Escenografía: Claudio Ramírez Castelli. Sonido: Alejandro de Icaza. Intérpretes: Naian González Norvind, Diego Boneta, Mónica del Carmen, Fernando Cuautle, Darío Yazbek. Duración: 86 minutos.

    Nadie que asista a la proyección de Nuevo orden quedará indiferente. Subjetivamente creo que el malestar durante el visionado será creciente, el desasosiego palpable, la repugnancia por lo que se evidencia en imágenes indudable. Ahora bien, es posible, porque así está ocurriendo, que ese malestar se tiña de ideología antes de pararse a pensar en lo que la película ofrece, que no es lo mismo a que esté pidiendo o se muestre a favor con la solución que aparece en la conclusión. Asistimos a una ficción distópica no exenta de un sustrato real en lo contemporáneo. Extraer que, de las imágenes finales, y todas las precedentes, Franco promueve la instauración de una dictadura militar como solución a los males de México, y por extensión de todo el planeta, me parece un reduccionismo injustificable. Este prólogo de lo que he venido en llamar «contracrítica» obedece a una serie de comentarios surgidos alrededor de la película y que han transformado en tesis ideológica del director lo que ésta cuenta. Probablemente serán los mismos que pueden creer que Demme es un apologeta del canibalismo por presentar a un personaje tan seductor como Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Imagino que es el mismo tipo de espectadores que consideran espíritus intachables a cualquier persona que vive en la pobreza (no habrán leído entonces a Víctor Hugo, Dostoievski ni a Dickens) y de inexistente moralidad a aquellos que la vida les ha sido favorable económicamente (tampoco deberán aceptar las novelas de los mencionados anteriormente).

    A Franco, tras esta película, se le achaca hacer un cine burgués, clasista, se le rechaza por su cercanía a las élites del país, por haber rodado una película en la que la lucha de clases se inclina por favorecer al poder económico, se le recrimina el dibujo violento y vengativo de la clase humilde. Pero creo que se pasan por alto cantidad de detalles que hacen de la película un aviso, un pronóstico, un análisis certero o no, de una realidad socioeconómica de la que no se libra ni la primera economía mundial. Es una suerte, por así decirlo, que tras las primeras proyecciones de esta película la realidad venga a confirmar, tímidamente, y en estado embrionario, parte de las tesis de la obra. La primera revuelta social de resonancia mundial ha tenido lugar en la «civilizada» Norteamérica. El vecino del norte ha dado un ejemplo de cómo una sola persona rodeada de una buena dosis megalómana, demagógica y dictatorial, carente de escrúpulos, puede negar unos resultados electorales y sublevar a la masa para sus fines más abyectos asaltando la sede de la soberanía popular. Eso ha ocurrido en la primera potencia, la de los padres fundadores, la de la declaración de derechos de Virginia, la nación del paradigma de la evolución de los derechos civiles. Se ha hecho por personas no necesariamente pobres, ni necesariamente pisoteadas por el sistema, ni de izquierdas, sino de ultraderecha. ¿Cuál es el error de Michel Franco, por qué su película se analiza desde una tesis apologética y no desde una tesis crítica por sus detractores? Quizás porque el prejuicio circula delante del análisis, el reverso sería el elogio generalizado al «compromiso» de Ken Loach, presentando al desafortunado y pisoteado obrero como un mundo lleno de virtudes y ninguna tacha sin valorar la calidad de las películas, admitiendo como bueno aquello que se acerca a nuestras ideas. Con Nuevo orden se desprecia la no militancia de una obra que se limita a plantear y dejar el juicio al espectador y no a la propia película, sobre todo si el protagonista negativo inicial puede ser “de los tuyos”.

    Nuevo orden comienza con una larga secuencia que anticipa la llegada de un suceso violento cuando, durante la celebración de una boda en un lujoso chalet urbano, la imagen se traslada al interior de un hospital en el que los pacientes son sacados rápidamente de sus camas para dar paso a un número creciente de heridos manchados con una sustancia verde. Poco dado el cine de Franco al alarde escenográfico, al juego de multitudes o al reto técnico, el rodaje de la boda es toda una novedad en su cine cuando se decide por el uso de una sucesión de planos secuencia siguiendo a varios de los presentes. Le sirve este detalle al director para presentarnos un mundo exclusivo; de lujo, de derroche, de ostentación en el que la clase que celebra no se mezcla con la clase que trabaja. El «arriba y abajo» del Distrito Federal va a asistir, sin solución de continuidad, al paroxismo de la violencia, a la rebelión del trabajador contra el patrón. Saqueo, pillaje, venganza, asesinatos, transforman la celebración en una catarsis violenta que desarbola el orden viejo. Todo esto ocurre tras una serie de detalles significativos que sirven para desacreditar la etiqueta de «cine ultraderechista» que se le ha colgado a la película. Hemos visto a la novia rodeada de una imagen difuminada en su primera aparición, como si ese mundo en el que vive no fuera exactamente su idea de un mundo ideal, hemos asistido a la vergonzante escena en la que un viejo trabajador de la casa acude a pedir ayuda para poder operar a su esposa sin conseguir más atención que la de la novia, hemos asistido a la pasividad de las fuerzas armadas ante el asalto de la colonia rica por las masas enfurecidas. Por lo tanto, el director sí ha introducido matices en sus personajes, ni todos son iguales, ni hay una lucha solamente de ricos y pobres (el concepto de pobre también merecería ser analizado porque las imágenes tampoco son concluyentes en eso) sino un escenario en el que la fiera está esperando el momento para imponerse tras el destrozo mutuo; esa fiera son el ejército y la policía, sin olvidar la crítica a la indiferencia del rico hacia el desfavorecido.

    Nuevo orden, Michel Franco.
    Sección oficial de la Mostra de Venecia | 📷 A contracorriente.

    «Nuevo orden flaquea en lo cinematográfico de la misma manera que aumenta la incomodidad política de su planteamiento, no es la obra, sino al espectador a quien le incumbe pensar políticamente la deriva de unas democracias meramente formales cuya estructura no resiste ningún análisis favorable».


    Para llegar a la «pax romana» se precisa un largo periodo de estabilidad y tranquilidad. Obviamente ni en México, ni en la mayoría de países de Centroamérica puede predicarse la consolidación de los derechos humanos como garantía de supervivencia. En Nuevo orden tras la furia llega la calma. El asalto y las revueltas dejan las propiedades y las calles llenas de cadáveres. Nuevamente los críticos imaginan que todos esos muertos pertenecen a las clases pudientes y que el director toma partido por la burguesía dominante como víctima del populacho, pero olvidan los disparos indiscriminados del ejército y que las víctimas pertenecen a los dos mundos. Tampoco parece valorarse el hecho de que quienes pasan a los centros de detención militar sean los hijos de la burguesía (obviamente los demás, o han sido asesinados o están confinados en sus barrios de los que no pueden salir bajo la amenaza de ser disparados) que fueron encontrados fuera del lugar que el nuevo orden les ha asignado. Para el nuevo orden militar post-revuelta no caben confraternizaciones, mezclas ni solidaridades interclasistas. El nuevo orden reflejado por Franco va a persistir bajo el mando único de las armas del poder militar y la estricta separación entre quienes, a su juicio, no deben mezclarse. La salvaje revuelta ciudadana da paso a la represión más salvaje y cualquier espectador, no sólo mexicano, donde las matanzas son algo frecuente, y las matanzas de las fuerzas del orden también, debería reflexionar sobre si una historia así podría llegar a suceder.

    Si la película hubiera sido analizada como tal probablemente su repercusión hubiera sido muy limitada. Salvo ese planteamiento inicial del mundo «fresa», de las élites viviendo en sus castillos particulares, la forma de rodarlo con una cámara que sigue y escucha comentarios y conversaciones intrascendentes y excluyentes, la película se centra en la violencia y su representación como leitmotiv. En ese paso de la fiesta abortada al progresivo mundo de horrores policiales la obra se desinfla en lo formal lo que gana en su fondo, en su propuesta de reflexión. La película se vuelve monotemática y monótona en una sucesión de vejaciones sin fin que, en el fondo, deberían servir a los detractores para replantearse su rechazo desde el primer minuto. Obvio resulta que si las opiniones se tornan tan dispares como para generar un debate irreconciliable será porque en algún momento su discurso no es claro, su puesta en escena equívoca, su imagen dual. Pero ¿quién dijo que la obra artística tuviera que ser unidireccional? Nuevo orden flaquea en lo cinematográfico de la misma manera que aumenta la incomodidad política de su planteamiento, no es la obra, sino al espectador a quien le incumbe pensar políticamente la deriva de unas democracias meramente formales cuya estructura no resiste ningún análisis favorable. El paso de una democracia a una dictadura a veces es tan sutil como simple equiparar las primeras con la existencia de unas elecciones. Repasemos el mundo, asalto al Capitolio, revueltas y enfrentamientos a raíz del «black lives matter», Chile, Hong Kong, Rusia, chalecos amarillos en Francia. Un vistazo al mundo no augura un plácido futuro cuanto mayor sea la desigualdad y al oponente político se le considere un enemigo. Nuevo orden plantea una exageración pero no un imposible. Las estrategias políticas y económicas de hoy no se inventaron anteayer, proceden, como poco, de la escuela de Chicago, y de esa escuela saben mucho en toda América, incluida México. Cuando la gente nos damos cuenta de los problemas otros, décadas antes, imaginaron las soluciones, y las están aplicando.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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