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    Crítica | Se escuchan aullidos

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    Crítica ★★★☆☆ de «Se escuchan aullidos» de Julio Hernández Cordón.

    México, 2020. Título original: «Se escuchan aullidos», Dirección y guion: Julio Hernández Cordón. Reparto: Fabiana Hernández Guinea, Francisco Barreiro, Julio Hernández Cordón, Graciela González, Alejandra Estrada. Productores: Francisco Barreiro, Daniela Leyva Becerra Acosta, Andrea Toca, Julio Hernández Cordón. Dirección de arte: Nuria Diaz Ibáñez. Fotografía: Jaiziel Hernández. Edición: Rodrigo Ríos. Compañía productora: Un Beso. Música: Alberto Torres. Sonido: Manuel López. Duración: 72 minutos.

    Si el sustrato del cine de Hernández Cordón maneja temas que emparentan unas películas con otras, formalmente resulta mucho más complicado seguir una línea evolutiva constante que las una, y en eso reside mucho de lo mejor de su cine; su capacidad de sorpresa, su capacidad de inventiva, su absoluto estado de alerta hacia lo que ocurre a su alrededor. Se escuchan aullidos juega en el mismo territorio de investigación visual que Hasta el sol tiene manchas, una experimentación constante donde el guion es lo menos importante, porque hay una idea clara de lo que se quiere mostrar y hasta dónde se quiere llegar, dejando el camino a seguir como un territorio a explorar, un trayecto en el que la improvisación, y lo que el viaje proporcione, resultará mucho más importante que el condicionar el resultado a un texto escrito con imágenes pensadas en un storyboard que encorsete cualquier cambio sobre la marcha. En la primera escena de su primer largometraje, Gasolina, la cámara enfoca la placa de una matrícula, «Guatemala 2004 P037BPZ Centro América». Casualidad o no, esa primera imagen resulta sintomática para lo que el director ha venido haciendo desde entonces, y que se repetirá a lo largo de su obra. Guatemala, y por extensión Centroamérica, son los ejes sobre los que su cine vive, sobrevive y revive; la razón por las que sus imágenes reflejan con fidelidad, no exenta de experimentación, el día a día de una zona del planeta asolada por el crimen, la corrupción, la desigualdad, la muerte gratuita.

    Indigenismo, crecimiento personal, relato intergeneracional, violencia, ecología, leyendas, folclore, cambio climático, urbanismo sin sentido... Todo ello desde el punto de vista de los ojos de una adolescente (la hija del propio director) y que llega hasta los nuestros con imágenes que nos acercan a un mundo sin sentido, un mundo en el que no es extraño advertir la inminencia de muchos de los males que ahora nos quitan el sueño y que nos hemos negado a mirar de frente, como el avestruz que entierra la cabeza para olvidarse del miedo mientras ofrece su retaguardia sin defensas, olvidando que la libertad propia tiene que respetar la libertad ajena. La búsqueda del lago de Texcoco es la excusa sobre la que Hernández Cordón construye su «no película», o como él dice en su prólogo-presentación, «una película de Instagram» en tiempos de pandemia y donde la relación padre-hija se dificulta por la distancia que les separa desde la ruptura de los progenitores. Se escuchan aullidos funciona como un instrumento para facilitar la relación entre Julio y su hija Fabiana y, al tiempo, como vehículo para que la joven conozca mucho mejor el entorno de lo que fue y alguien decidió que dejaba de ser a costa del grupo.

    «Hernández Cordón se sitúa en su obra más directamente reivindicativa y también más libre, sin atadura alguna a racord, guion o tema, y al mismo tiempo se transforma en la más familiar, una entrega de un testigo a su hija para que sepa lo que fue México, o que México se compone de algo más que la cultura centralizada y dominada por el poder del dinero, que México se compuso de reinos independientes que mantienen sus tradiciones después de siglos pese a las pérdidas inevitables derivadas de las colonizaciones, y no sólo la española. México en un sueño del que Fabiana despierta conforme su padre cuenta sus historias».


    La película se transforma en un cuento que contiene muchos otros durante el que un padre relata su infancia a una hija. Cuanto más avanza el relato más demuestra éste que nadie es igual a otro aunque intente hacer las mismas cosas. En ese episodio de aprendizaje continuo las anécdotas, los espacios, las personas, las leyendas, se asumen de diferente manera en función de los ojos que miran, y nada es repetible por el mero hecho de la genética. Enseñar el mundo para ser aprendido, y aprehendido, con las particularidades del momento y de la edad. En ese deambular por una urbanización fantasma en la que ya no quedan jóvenes, Hernández Cordón lanza su discurso político sin necesidad de enarbolar banderas ni lemas de pretendida trascendencia. El abuso de la urbanización ha acabado con la esencia del lugar y, además, ha terminado por colocar una ciudad fantasma sin habitantes en medio de la nada. La voracidad industrial sólo piensa en el beneficio presente y deja de pensar en los efectos a medio y largo plazo. La ansiosa y contumaz búsqueda de ese lago de 100 kilómetros cuadrados que ahora ha quedado reducido a una charca de 15x15 no es sino la reivindicación de la rebeldía, de no plegarse a las órdenes o mandatos caprichosos, no aceptar el no sin argumentos y levantarse el velo de los ojos para comprobar que, efectivamente, existió ese lago, como existió la mujer lobo pianista, el rey poeta de Texcoco y los reinos perdidos ocultos en una cueva.

    De noche todos los sueños vienen a vernos, incluidas las pesadillas, por eso descubrir la verdad puede ser más frustrante que mantenernos en el mundo de la leyenda, del reino desaparecido y los cantos que enseñan lo que es México. «Se privatizaron el agua», y con ello llegaron las urbanizaciones, los campos de golf y el éxodo del indígena que malvive del recuerdo. Las fotos del lago muestran un pasado muy diferente, pero como dice el vigilante que intenta evitar que la gente entre en las instalaciones de la multinacional, «así está ahora». Como sobrevivimos gracias a imaginar realidades paralelas que nos gustan más, no es de extrañar que la joven prefiriera no haber encontrado el lago y soñar que alguien lo escondió para que no se robara el agua. Con esta película «de Instagram», Hernández Cordón se sitúa en su obra más directamente reivindicativa y también más libre, sin atadura alguna a racord, guion o tema, y al mismo tiempo se transforma en la más familiar, una entrega de un testigo a su hija para que sepa lo que fue México, o que México se compone de algo más que la cultura centralizada y dominada por el poder del dinero, que México se compuso de reinos independientes que mantienen sus tradiciones después de siglos pese a las pérdidas inevitables derivadas de las colonizaciones, y no sólo la española. México en un sueño del que Fabiana despierta conforme su padre cuenta sus historias.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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