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    Crítica | Casa ajena


    Las voces del naufragio

    Crítica ★★★★☆ de «Casa ajena», de Remi Weekes.

    Reino Unido, 2020. Título original: «His House». Director: Remi Weekes. Guion: Remi Weekes. Productores: Aidan Elliott, Martin Gentles, Roy Lee, Ed King, Arnon Milchan. Productoras: Starchild Pictures, Vertigo Entertainment, BBC Films, Regency Television (Distribuidora: Netflix). Fotografía: Jo Willems. Música: Roque Baños. Montaje: Julia Bloch. Reparto: Sope Dirisu, Wunmi Mosaku, Matt Smith, Malaika Wakoli-Abigaba, Javier Botet, Yvonne Campbell, Vivienne Soan.

    Que el cine de terror vive un dulce idilio con la crítica en los últimos años es una realidad que merece ser aplaudida. Atrás quedan décadas en las que fue considerado un género menor, más preocupado en arrastrar al público a las salas de cine para sufrir que en ofrecer planteamientos lo suficientemente interesantes como para hacerlo digno de competir en las más importantes citas de premios. Realizadores como Ari Aster, Robert Eggers y Jordan Peele han sabido revitalizar el horror con sugestivas propuestas que han sido unánimemente aclamadas y, lo que es mejor, han tenido continuidad en recientes títulos como Madre oscura (Brett Pierce, Drew T. Pierce, 2019), 1BR (David Marmor, 2019), Relic (Natalie Erika James, 2020) o The Dark and the Wicked (Bryan Bertino, 2020). Sin ir más lejos, el reciente anuncio de la lista de nominaciones a los premios del cine independiente británico (BIFA), ha traído consigo una agradable sorpresa: la presencia de dos terroríficas apuestas entre las más nominadas, Saint Maud (Rose Glass, 2019), aspirando a 17 trofeos, y Casa ajena (Remi Weekes, 2020), con 16 menciones, todo un hito que afianza el buen momento por el que atraviesa el género. La segunda de ellas, tras su agradable paso por el pasado festival de Sundance, no ha parado de aportar satisfacciones a Netflix desde que la estrenara en época de Halloween, convirtiéndose en una de las producciones más vistas de su catálogo y obteniendo una notable recepción crítica y popular. Sin duda, el gran mérito de este debut del cortometrajista Remi Weekes es la de acercarse, desde el terror, a una problemática tan espinosa (y, dolorosamente, siempre de actualidad) como la de la inmigración ilegal de miles de personas que huyen desesperadas de sus países, ya sea huyendo de la pobreza extrema o de guerras, jugándose la vida en el mar para llegar a una tierra que les ofrezca la esperanza de un futuro mejor.

    Las primeras imágenes con las que Casa ajena bombardea son impactantes. Dos breves pero intensos minutos en los que, a modo de flashbacks, se nos presenta a un hombre negro, con el rostro desencajado por el asfixiante calor y el horror que deja atrás, cargando en sus brazos con una pequeña niña (que, a su vez, agarra una ajada muñeca), mientras camina a través de una zona desértica. A continuación les vemos subir en una camioneta repleta de gente, donde se reúnen con esa madre que promete a la hija que la cuidará, antes de mostrar a la familia embarcada en una lancha-patera en la que decenas de personas atraviesan el mar en medio de un temporal de lluvia y viento que hace que, muchas de ellas, acaben perdiendo la vida en las aguas. Tras este prólogo, el protagonista masculino, Bol (Sope Dirisu), es despertado de esa pesadilla por su esposa, Rial (Wunmi Mosaku). Ambos se encuentran sanos y salvos, en un centro de detención de Inglaterra. Han dejado atrás un país azotado por la guerra, Sudán, al que rezan para no volver, y el gobierno británico, después de un año de cautiverio, les concede la libertad vigilada como solicitantes de asilo (no como ciudadanos). Si no quieren ser expulsados del país, deberán conformarse con una ayuda económica de 74 libras semanales que no podrán incrementar con trabajo o ingreso extra alguno, así como con su obligada residencia en una casa de un suburbio de Londres. Remi Weekes comienza a construir su filme como si se tratara de un contundente drama social en el que sus protagonistas, los Majur, deben aprender a moverse en una cultura diferente a la suya, adaptándose a una nueva vida en su recién estrenada (y enorme) casa y en un entorno que, por lo general, les recibe con hostilidad. Sirviéndose de un estilo realista, la historia, en estos primeros compases, sigue los pasos de un Bol que, seducido por el modo de vida europeo, lucha por ser aceptado como un ciudadano más, mientras que la más hermética Rial apenas se atreve a salir a la calle y, en el momento en que lo hace, sufre las burlas de un grupo de adolescentes (también negros; la discriminación, en este caso, es por su condición de inmigrante) y acaba perdida en un laberinto de callejones sin salida, escena que consigue generar gran angustia sin necesidad de recurrir a elementos terroríficos.

    «Casa ajena es un cine de terror más psicológico que físico, que arranca el escalofrío recurriendo a emociones reales con las que al espectador le resultará imposible no sentirse identificado. Asusta, da que pensar y genera debate».


    El guion de Weekes sabe plasmar, desde lo cotidiano, las penurias de estos dos solitarios personajes, enfrentados a una dura lucha diaria por demostrar que merecen la “oportunidad” que se les ha brindado, al mismo tiempo que son asediados por los fantasmas del traumático pasado que les tocó vivir. Es aquí cuando Casa ajena destapa su condición de perturbadora pieza de género, materializando aquellos fantasmas del pasado en forma de inquietantes apariciones nocturnas y distintas manifestaciones paranormales (sonidos de ultratumba, objetos que se mueven “solos”). Hay que reconocer que, como película de casas encantadas, esta ópera prima no ofrece nada que no hayamos visto antes en otras cintas similares, si bien se agradece que su espíritu se muestre más cercano a la espeluznante estética del horror japonés que a los efectistas sustos con los que James Wan azota desde sus expedientes Warren. En medio de pasajes que no consiguen escapar de tópicos o lugares comunes –el progresivo descenso a la locura de Bol, mientras va destrozando paredes y suelos del inmueble, nos remite, por ejemplo, al Kevin Bacon de El último escalón (David Koepp, 1999)–, cabe rescatar algunas imágenes realmente brillantes, cargadas de un portentoso simbolismo, como aquella que comienza con la pareja sentada a la mesa, cenando, mientras que la cocina va desapareciendo a su alrededor hasta acabar transformándose en el escenario del fatídico naufragio. Un momento de pesadilla absolutamente genial que, unido a las fantasmagóricas apariciones de la presencia encarnada por Javier Botet, todo un maestro en dar vida a criaturas monstruosas, y al inteligente uso del único escenario de la decadente vivienda (algo en lo que ayuda, sobremanera, el excelente trabajo de luces y sombras de Jo Willems en la fotografía), hacen que el filme funcione muy bien en una vertiente terrorífica que, sin embargo, se muestra menos contundente que en la de denuncia social. En este sentido, la fuerza de las raíces, las creencias milenarias (atención a la leyenda de la bruja que Rial cuenta a su marido) y la explosiva combinación de sentimientos como los de orfandad, pérdida y culpa están maravillosamente plasmados en las auténticas actuaciones de Dirisu y Mosaku, que cargan sobre sus hombros con la efectividad dramática de esta espléndida película que, solo en su sorprendente desenlace, termina revelando su desolador mensaje. Casa ajena es un cine de terror más psicológico que físico, que arranca el escalofrío recurriendo a emociones reales con las que al espectador le resultará imposible no sentirse identificado. Asusta, da que pensar y genera debate. Remi Weekes puede sentirse orgulloso de su primera (esperemos que haya muchas más) creación.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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