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    Crítica | Sin señas particulares

    Road movie al infierno

    Crítica ★★★☆☆ de «Sin señas particulares», de Fernanda Valadez.

    🇲🇽 México, 2020. Título original: «Sin señas particulares». Dirección: Fernanda Valadez. Guión: Fernanda Valadez, Astrid Rondero. Compañías productoras: Avanti Pictures, Enaguas Cine, Nephilim Producciones. Dirección de Fotografía: Claudia Becerril. Edición: Fernanda Valadez, Astrid Rondero, Susan Korda. Diseño sonoro: Omar Juárez. Dirección de Arte: Dalia Reyes. Música: Clarice Jensen. Reparto: Mercedes Hernández, David Illescas, Juan Jesús Varela, Ana Laura Rodríguez, Laura Elena Ibarra, Xicotécatl Ulloa. Duración: 97 minutos.

    Si la noche hace presente el miedo, la luz del día no lo elimina. El debut en la dirección de la mexicana Fernanda Valadez ofrece una solidez, ausente de concesiones para el espectador, que permite fantasear con la llegada de una nueva representante de interés a su cinematografía, a la de verdad, a la que no ha optado por sumergirse de lleno en el negocio de la California norteamericana. Hay en Sin señas particulares el eco preciso de la dignidad de los nadies (parafraseando otro título mítico del cine hispanoamericano) en el comportamiento de sus protagonistas, Magdalena y Miguel, improvisada pareja que se zambulle en los cánones de la road movie para adentrarse, poco a poco, pero de manera consciente, en los territorios incontrolables del mal. Resuenan, por no decir que estallan, en nuestros oídos, las referencias a Heli de Amat Escalante y a Post Tenebras Lux de Carlos Reygadas, sin olvidar la fundacional película migratoria mexicana La jaula de oro de Diego Quemada Díaz. Se podría seguir citando referencias, porque si en algo debe beber una cinematografía que pretende ser del presente es en la realidad del entorno en que se desarrolla. Y el tema migratorio en Centroamérica, con los vecinos ricos del norte y la imposibilidad material de cambiar de continente, no es sólo uno de los dramas más sangrantes que señala a los países ricos frente a los pobres, sino que en esta concreta parte del mundo, además, es motivo permanente para dar rienda suelta a lo peor del género humano.

    Valadez huye del efectismo, elude cualquier sentimentalismo, evita el uso de la música como reflejo pavloviano para que el espectador reaccione y sea conducido al reducto de la interpretación más simple ante lo que ve. A la directora le interesan sus personajes hasta hacerles omnipresentes y que lo que queda fuera de sus rostros termine por diluirse en sombras indefinidas, contornos imprecisos, fondos borrosos. De alguna manera Magdalena y Miguel realizan un recorrido inverso para encontrarse en el peor lugar posible. El Estado de Guanajuato se convierte en sucursal del infierno gracias a la magnífica opción cinematográfica de la directora y su fotógrafa, Claudia Becerril, quienes hacen del paisaje un territorio cuya exploración conduce de manera constante hacia los dominios de la bestia, un camino sin retorno sembrado por pistas y evidencias de lo que puede terminar por encontrarse, y pese a ello se persiste, por necesidad personal, en el empeño de adentrarse allá donde las tinieblas conservan su corazón. El empuje de una madre que nada tiene que perder porque nada le queda ya se sube al objetivo de una cámara que parecería funcionar solamente con la mirada de Magdalena, con su ciega determinación que le exige encontrar un cuerpo o el lugar en que fue enterrado, porque en su fuero interno domina la sensación absoluta de la pérdida irreparable.

    «De vez en cuando alguien, sin nada que perder, se atreve a mirar de frente en mitad de la noche para descubrir que, quizás, hubiera sido mejor dejar de buscar y aceptar que aquella bolsa encontrada era prueba suficiente de lo que no se quería admitir».


    El planteamiento del relato es transparente y persiste durante toda la duración de la película, el hijo de Magdalena y un amigo deciden cruzar la frontera y adentrarse en el mundo de la emigración ilegal en EEUU. Ante la perspectiva de una vida sin futuro, con estrecheces y vinculada para siempre al campo, los jóvenes sólo creen que puede haber mejora pasando al país vecino. Tras una despedida que se acerca al tratamiento de imágenes de Malick, pero que funciona como una antesala de la aparición del fantasma, esa figura cinematográfica por excelencia que no necesita manifestarse, las madres de ambos esperan la llamada que les alivie y confirme la llegada al país vecino. No deja de ser significativo que la noticia que se espera es la de haber podido llegar a EE.UU., donde la ilegalidad es menos traumática y peligrosa que el tránsito por territorio mexicano, donde reside el peligro y donde el miedo es permanente. La llamada nunca llega, y las madres deciden acudir a la policía pidiendo ayuda porque apenas queda una opción buena que imaginar. El muro de incompetencia y de imposibilidad para obtener ayuda de la administración, desbordada por centenares de casos similares, concluye con la exhibición de un álbum donde constan las fotografías de los cadáveres recuperados en las últimas semanas en la zona por la que los jóvenes iban a desplazarse en un autobús hacia la frontera. La constancia de que el amigo murió y sus restos ya han sido incinerados, y la aparición de la bolsa que portaba el hijo no desaniman a Magdalena, quien piensa que, sin cuerpo, queda una mínima esperanza o, por lo menos, una última deuda con un cuerpo.

    En el mismo tono seco, despersonalizado, donde el miedo se manifiesta en todas aquellas personas a las que la mujer acude pidiendo ayuda, siguiendo las endebles pistas que le permiten ir reconstruyendo el itinerario de su hijo, termina por cruzarse con Miguel. Superviviente de un intento de entrar en los EE.UU. su periplo es inverso, deportado por las autoridades americanas y devuelto a México por El Paso, intenta volver a casa aun sabiendo que su comarca es pasto de la mafia que trafica con personas, y no solamente como mano de obra. La unión de ambos abre las puertas a un mínimo de solidaridad humana teñida de desesperación. Entrar en las poblaciones conocidas por Miguel es acercarse, paso a paso, al territorio donde reina el caos en forma de grupos armados ante la invisibilidad de las autoridades, o mejor dicho, donde las autoridades han sido depuestas por las armas (como ocurría en la distópica pero muy creíble <i>Cómprame un revólver</i>. de Julio Hernández Cordón. La sospecha de que la vida no vale nada en determinadas zonas del planeta se termina confirmando en el tramo final de la película donde la noche asume todo el protagonismo. La recreación de lo que pasó la noche en que desaparecieron los dos jóvenes acerca el relato al horror más inexplicable sin necesidad de redundar en lo macabro. Al fuego necesario para calentar la fría noche del desierto le seguirá el fuego que funciona como puerta de entrada en el infierno, y que sirve también para mostrar los irrompibles lazos existentes entre una madre y un hijo. Serena pero despiadadamente, la película de Valadez se interna por los peligrosos territorios del crimen y la absoluta falta de respuesta oficial mientras los humildes sólo pueden bajar la cabeza para sobrevivir. De vez en cuando alguien, sin nada que perder, se atreve a mirar de frente en mitad de la noche para descubrir que, quizás, hubiera sido mejor dejar de buscar y aceptar que aquella bolsa encontrada era prueba suficiente de lo que no se quería admitir | ★★★☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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