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    Crítica | Technoboss


    Abajo la tecnología

    Crítica ★★★☆☆ de «Technoboss», de João Nicolau.

    Portugal, Francia. 2019. Título original: Technoboss Director: João Nicolau. Guionistas: Mariana Ricardo y João Nicolau. Actores: Miguel Lobo Antunes, Sandra Faleiro, Duarte Guimarães, Tiago Garrinhas, Luísa Cruz, Matias Neves, Américo Silva.Música: Luis José Martins, Norberto Lobo y Pedro da Silva Martins. Fotografía: Mário Castanheira. Productores: Sandro Aguilar, Luis Urbano, Thomas Ordonneau. Montaje: Alessandro Comodin, João Nicolau. Productoras: O som e a furia, Shellac Sud. Distribuidora: Flamingo Films. Duración: 113 min.


    Es Technoboss de João Nicolau una invitación a no dejarse desanimar por el peso de los años, la soledad creciente, el cuerpo que no responde. En el personaje de Luis Rovisco se acumulan décadas de pesadumbre propias y nacionales, una saudade contagiosa que transforma todo lo que le rodea en un futuro inminente de decadencia, de retiro, de abandono. El transcurso de los años parece haber anquilosado sus facultades; cuando acude a las instalaciones de los clientes de la empresa para la que trabaja, Segur-Vale, los anticuados aparatos de alarma y control electrónico de las instalaciones parecen reflejarse en la cara de Rovisco, son el recuerdo de lo que fue, cuando todo le era comprensible y manejable. Su trabajo ya apenas es de venta, sino de sustitución de aquellos dispositivos que colocó cuando era joven, animoso y optimista. Cada centralita de alarma que cambia es un recuerdo punzante de lo poco que falta para que él mismo sea reemplazado, como el Hal 9000 de Kubrick, cada centralita sustituida es como si un órgano de Rovisco fuera extirpado con la máquina. Como aquellos que se consideran insustituibles, pretende aparentar un control de la situación que es mera entelequia, no acepta un no por respuesta ni deja paso a los más jóvenes habituados a las nuevas tecnologías, los errores no son consecuencia de su falta de reciclaje, sino de los elementos. Su imperfecto trabajo obliga a los demás a revisar lo que él ha hecho para que funcionen sin problemas. Próximo a la jubilación, nadie quiere hacer daño a una persona entrañable pero superada por el avance tecnológico; Technoboss es el último grito en soluciones pensadas para la seguridad de una empresa, Technoboss es un mantra que Rovisco repite musicalizado al volante de su automóvil para reafirmarse en su pertenencia al grupo, aunque la realidad es que ese mundo ya no es para él, y la tecnología se lo recuerda dejándole encerrado por olvidar las claves de acceso.

    Esa torpeza para adaptarse a los nuevos tiempos no impide que Rovisco, un perfecto heterónimo pessoaiano que cambia la poesía por las canciones, elabore planes de futuro cuando atiende la que puede ser su última misión comercial antes de la jubilación en un hotel de la costa portuguesa. Ahí, en el hotel Almadrava, termina enganchado en una red en la que probablemente no imaginaba volver a caer. Sumido en la soledad de un divorcio, con un hijo en plena crisis matrimonial, ocupándose más de lo que quisiera de un nieto más maduro que el padre, con permanentes dolores de rodilla que le limitan físicamente; la red de la almadraba aparece en forma de mujer en la recepcionista del hotel, otro recuerdo de cuando instaló la alarma que viene a sustituir. A partir de ese momento la mezcla de casualidad y propósito opera a favor del personaje. Hacer bien el trabajo significa no volver al hotel y no poder seguir intentando seducir a esa recepcionista conocida veinte años atrás, hacer el trabajo bien sería lo exigible a un profesional, pero Rovisco está fuera de esa rueda que tritura trabajadores y solamente la lealtad para con el operario veterano le mantiene en la empresa de director omnipresente pero invisible. El hotel se convierte en refugio y proyecto, un búnker personal que sustituye el ambiente hostil de su domicilio, ese hogar oscuro, triste, lleno de olvidos y ausencias, optando por un espacio provisional bañado por la luz del Atlántico y en el que cualquier excusa es válida para regresar y procurar esa cita, impersonal y al mismo tiempo romántica, con la que desear un futuro. Permanecer en el hotel es rejuvenecer, si no físicamente, al menos en el espíritu.

    Technoboss, João Nicolau.
    La estrena en España Flamingo Films.



    Este musical atípico, que fluctúa del folclore alentejano al «metal» pasando por una distópica versión del «Aserejé», va recogiendo esos cambios constantes en la personalidad y psicología de un personaje que, al mal tiempo, siempre pone buena cara, y que, ante la inminencia del desastre total, y cuando todo está dispuesto para ser retirado y ocultado de la sociedad, es capaz de orientar su rumbo hacia un nuevo puerto mucho más placentero y que no exige reciclajes


    El dispositivo visual ideado por Nicolau para su Technoboss es heredero del de su magnífica John From, aunque aquí pierde frescura y aparenta una predeterminación exenta de espontaneidad. La imaginación que hacía desbordar el relato de su anterior largometraje, fruto de ese entusiasmo juvenil de las protagonistas, en el rostro de Rovisco y sus compañeros de aventuras se atranca, no termina de despegar, como esas sonrisas a medio despertar que desearías que concluyeran con una carcajada y terminan congeladas en la garganta. Los decorados infantiles que sustituyen a las verdaderas carreteras por las que Rovisco desarrolla su trabajo como comercial pretenden influir en nuestro ánimo para que aceptemos la fábula, el ánimo cambiante del protagonista y su progresiva sonrisa de optimismo, aunque su torpeza laboral continúe presente. Rovisco sería un nuevo Tati verborreico y cantante, esas personas que en su torpeza terminan haciéndose entrañables y en el que el rictus torcido de su boca, más que recordar una enfermedad nos acerca a esa media sonrisa que no termina de desarrollarse. Este musical atípico, que fluctúa del folclore alentejano al «metal» pasando por una distópica versión del «Aserejé», va recogiendo esos cambios constantes en la personalidad y psicología de un personaje que, al mal tiempo, siempre pone buena cara, y que, ante la inminencia del desastre total, y cuando todo está dispuesto para ser retirado y ocultado de la sociedad, es capaz de orientar su rumbo hacia un nuevo puerto mucho más placentero y que no exige reciclajes. Volver a ser persona y olvidarse de las máquinas, que, como demuestra el último plano, siempre se van a rebelar | ★★★☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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