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    Crítica | Madre oscura

    El alimento de las brujas

    Crítica ★★★☆☆ de «Madre oscura», de Brett Pierce, Drew T. Pierce.

    Estados Unidos. 2020. Título original: The Wretched. Director: Brett Pierce, Drew T. Pierce. Guion: Brett Pierce, Drew T, Pierce. Productores: Ed Polgardy, Chang Tseng. Productoras: Distribuida por IFC Films. Cailleach Productions. Fotografía: Conor Murphy. Música: Devin Burrows. Montaje: Terry Yates. Reparto: John-Paul Howard, Jamison Jones, Piper Curda, Azie Tesfai, Zarah Mahler, Kevin Bigley, Gabriela Quezada Bloomgarden, Richard Ellis, Blane Crockarell, Judah Abner Paul, Ja'layah Washington, Amy Waller.

    The Wretched, traducida con el título Madre oscura en España, llega avalada por la discutible publicidad de haberse convertido en el éxito sorpresa de las taquillas norteamericanas (básicamente, de autocines) durante el confinamiento por la pandemia de coronavirus. Seis semanas en el número uno, con poca competencia, todo hay que decirlo, lo que se ha traducido en poco más de un millón de dólares de recaudación, han hecho que se hable de ella más por razones extracinematográficas que por su propia valía como película de terror, un género casi siempre rentable, ya que goza de gran aceptación popular y, en la mayoría de los casos, no suponen una abultada inversión para unos creadores que, en este caso, supieron aprovechar la situación de alarma para obtener beneficios. No se esperaba demasiado del segundo trabajo de los realizadores de una comedia zombie tan poco distinguida como DeadHeads (2011), que pasó con más pena que gloria por salas comerciales, y, sin embargo, este segundo trabajo tiene suficientes atractivos como para merecer el triunfo obtenido. Lo primero que se agradece es la modestia de la propuesta y su declaración de intenciones en favor de un tipo de cine de terror tan directo y honesto como aquel que hacía las delicias de los fanáticos del género durante la añorada década de los 80. En unos tiempos en los que cineastas como Robert Eggers, Ari Aster o Jordan Peele luchan por abrir nuevos caminos en el horror más artístico, es un gusto ver que aún quedan voces que apuestan por la sencillez y la falta de ambiciones para construir propuestas que, sin innovar o utilizar grandes planteamientos, obtienen resultados divertidos. Los hermanos Brett y Drew T. Pierce carecen de la personalidad marcada de los directores antes mencionados pero sí demuestran poseer un amor por el género y la suficiente cinefilia, bien asimilada, para rendir tributo a algunos clásicos de andar por casa del terror moderno y, al mismo tiempo, tener la suficiente identidad como para que su cinta pueda suponer el primer peldaño de una nueva saga cinematográfica, dado lo atractivo de la mitología que desarrolla.

    Madre oscura comienza con una espeluznante escena, ambientada ¿casualmente? En 1985. Una chica llega a la casa para la que espera trabajar ese día como niñera de la pequeña de una familia y, tras oír unos extraños ruidos que provienen del sótano, se aventura a bajar las escaleras para encontrarse con una aterradora visión: una monstruosa mujer está devorando a la niña, suerte que ella misma correrá tras quedar encerrada en el lugar. Este inicio de viaje, macabro, sangriento y más perturbador por la condición infantil de la víctima, eleva muy alto las expectativas de que vamos a encontrarnos ante una película verdaderamente aterradora. La historia realiza un salto temporal de 35 años y nos sitúa en la actualidad, presentando al que será el joven protagonista de la pesadilla. Ben, un adolescente al que el divorcio de sus padres ha convertido en un tipo conflictivo y que, después de haber tenido problemas con la ley, viaja a casa de su padre para pasar las vacaciones y tratar de encauzar su vida mientras le ayuda en el resort turístico que posee en un puerto deportivo. La llegada del muchacho a la pequeña población coincide con el ataque silencioso de un hambriento ser mitológico, una bruja milenaria surgida de las entrañas de la tierra, que se alimenta de niños indefensos mientras borra de las mentes de sus familiares todo rastro de la existencia de estos. Los problemas comienzan para Ben desde el momento en que comienza a notar extraños comportamientos en la vecina de la casa contigua, presumiblemente poseída por la bruja, algo que le empujará a emprender una cruzada personal para proteger a los niños de esa familia. Esta es básicamente la trama de un filme que se adhiere a una tradición del género protagonizado por adolescentes acechados por el Mal e indefensos porque los adultos no creen en sus descabelladas sospechas. Pese a que Madre oscura no se desarrolla en los 80, sobrevuela en cada fotograma el espíritu de aquellas entrañables aventuras terroríficas tipo Miedo azul (Daniel Attias, 1985), Noche de miedo (Tom Holland, 1985) o Jóvenes ocultos (Joel Schumacher, 1987), y cuenta con el valor añadido de no tratarse de un remake o una secuela en estos tiempos en los que amenaza la escasez de nuevas ideas.

    The Wretched, Brett y Drew Pierce.
    Una de las revelaciones del verano estadounidense.

    «Tal vez no esté destinada esta película a ser un ejemplo a seguir por generaciones venideras, ni el tiempo la colocará como un nuevo clásico del género, pero sí hay que reconocer su evidente eficacia como serie B elegantemente ejecutada, no exenta de momentos inspirados y, por encima de todo, muy agradable por su tono costumbrista y cierto aire retro».


    El carácter juvenil de la propuesta, la manera en que la historia incurre en todos los tópicos –la pandilla de chicos lugareños que someten a bullying al protagonista, la nueva vecina enamorada, las dificultades de Ben para aceptar a la nueva pareja de su progenitor– y un tono bastante menos sombrío de lo que su prólogo hacía presagiar, hacen que la cinta de los hermanos Pierce se vea con una sonrisa cómplice en los labios pero sin conseguir el escalofrío que su inquietante premisa prometía. La puesta en escena es bastante buena, a pesar de lo humilde de su presupuesto, y los efectos especiales cumplen sobradamente su función sin saturar, sobre todo en las conseguidas manifestaciones de la temible bruja, sin duda lo mejor de la función. Tal vez por su búsqueda de parecerse a los títulos que hacían las delicias de los fans del terror en décadas pasadas, el filme se acerca más, en su representación de la figura de la bruja, al efectismo de una propuesta tan turbadora (y hoy olvidada) como La tutora (William Friedklin, 1990) que al introspectivo terror-folk de La bruja (Robert Eggers, 2015), sin olvidar ciertos guiños a aquellas diabólicas identidades ocultas bajo falsas apariencias –la sombra de La invasión de los ultracuerpos (Philip Kaufman, 1978) o La cosa (John Carpenter, 1982), que, a su vez, rendían tributo a clásicos de los 50, es, ciertamente, alargada–. No es Madre oscura una obra que pretenda hacer pensar ni esconda dobles lecturas más allá de lo que vemos en pantalla: una simpática partida de ajedrez entre un chico rebelde e impetuoso (John-Paul Howard pone el suficiente carisma en su rol como para soportar sobre sus hombros con el peso dramático de la historia), en el que todos habían dejado de creer, y un ser ávido de sangre infantil, que no se detiene ante nada para seguir perpetuando su reinado de horror en el mundo. Tal vez no esté destinada esta película a ser un ejemplo a seguir por generaciones venideras, ni el tiempo la colocará como un nuevo clásico del género, pero sí hay que reconocer su evidente eficacia como serie B elegantemente ejecutada, no exenta de momentos inspirados (la confrontación en la cocina entre Ben y su madrastra) y, por encima de todo, muy agradable por su tono costumbrista y cierto aire retro. Un título ideal para animar los oscuros días de confinamiento, que posiciona a sus directores como dos nombres provistos del desparpajo suficiente como para acometer empresas más ambiciosas en el futuro. Seguramente, los grandes estudios habrán tomado nota | ★★★☆☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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