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    Millennium Mambo (2001): «El tiempo y la nieve»

    El tiempo y la nieve

    Ensayo sobre «Millennium Mambo», de Hou Hsiao-Hsien.

    Taiwán, 2001. Título original: Qianxi manpo | 千禧曼波. Director: Hou Hsiao-Hsien. Compañía productora: Coproducción Taiwán-Francia; 3H Productions, Orly Films y Paradis Films. Productor: T’ien-wen Chu. Fotografía: Ping Bin Lee. Montaje: Ju-Kuan Hsiao y Ching-Sung Liao. Música: Yoshihiro Hanno, Kai-yu Huang y Giong Lim. Reparto: Qi Shu, Jack Kao, Chun-hao Tuan, Doze Niu. Duración: 101 minutos.

    Cuando Millennium Mambo está en su parte final, dos personajes juegan a enterrar sus rostros en la blandura de la nieve. La máscara que queda es provisoria y sucumbe ante los copos que caen del cielo cubriendo de nueva cuenta las huellas realzadas. El placer que demuestran las risas de quienes se ven fijados en la irregularidad de la materia orgánica resulta único, un placer que, si lo llevamos lejos, comparte el filamento de la icónica hipótesis emprendida por André Bazin sobre la necesidad humana de vencer la inexorabilidad del tiempo, reflejada en formas, apariencias y registros como el cinematográfico. Bazin ponía como ejemplo las momias en Egipto, que encontraban en el embalsamiento de los cuerpos su perennidad. En comparación con estos materiales duraderos, la nieve es huidiza y apenas encierra por unos segundos la fantasía de burlar al tiempo. Esta comparación es legítima si pensamos que Hou Hsiao-Hsien siempre ha sido un director atento a dialogar con la historia, tanto de Taiwán como del propio cine. Y es que esta película con la que cruzó el umbral hacia un nuevo milenio es un perspicaz mapa de su presente, trazado no con línea gruesa sino con un matiz etéreo y fugaz, en el mismo sentido que el rostro de nieve desvaneciéndose, una metáfora que probablemente hubiera utilizado el propio Bazin si viviera para explicar lo que hace ya casi veinte años distinguía al cine contemporáneo, y por añadidura, aquellos años de transformación hacia una concepción del tiempo acelerado y el espacio comprimido que persiste aún hoy.

    La película adopta el flujo de la circularidad, donde la circunferencia se interrumpe para retomarse más adelante o más atrás, que en un círculo es un poco lo mismo. Lo importante es la sensación que queda de este trazo, tal vez más que los personajes mismos: irritados, cansados, tristes (en el caso de Hao-hao violento, posesivo, insoportable), pero al final atados como anillos en este aro que los une tanto como los separa en la homogeneidad. Los pocos personajes que participan en la historia están multiplicados: son ellos mismos en diferentes espacios y en diferentes tiempos, se continúan pero se fragmentan, que es parte del tipo de percepción con la que Hou sintetiza la atmósfera de ese presente continuo, infinito, similar al loop de la música electrónica. Con maestría, Millennium Mambo está hecha a base de continuidades y discontinuidades, o para decirlo de otra manera, la imagen, el beat, la voz, el movimiento siempre están en líneas discordantes provocando un ritmo singular. Como sostiene Adrian Martin, la pregunta en Hou es cómo nacerá el futuro desde el presente, cómo romperá el círculo la naturaleza de su forma. La estupenda voz en off narrando en tercera persona —que puede o no ser la de Vicky— diez años después de aquel mitificado 2001, es decir, desde el futuro (o en todo caso, imágenes del pasado), supone cierta ternura sobre sí misma y sus recuerdos, y al mismo tiempo sugiere que poco ha cambiado. No lo sabemos, porque no importan las motivaciones ni las biografías que llevan a los personajes a actuar, sino lo que no tienen, sus vacíos, sus faltantes inmovilizadores. La impresión es que siempre falta algo, como en el centro de los círculos.

    千禧曼波, Hou Hsiao-Hsien.
    Todo fluye, nada cambia.

    «No podemos decir que Hou se pierda en su época, la cuestiona de manera sutil, preguntándose qué hacer cuando ya no somos capaces de dejar huellas ni significantes, cuando nuestro paso por el mundo es estéril y liviano, cuando la magia requiere certificados y las relaciones vigilancia. Los personajes caminan para volver a los mismos puntos, y apenas queda una brisa detrás». 


    Lo cierto es que en los planos de Millennium Mambo siempre hay una opacidad de lo que se ve y lo que se escucha, algo que nos obstruye físicamente para asir la situación. Puede ser el encuadre, el enfoque, el sonido y la propia voz acusmática… pero el plano no se detiene, no tiene ningún «corte a» y, a pesar de ello, es intrincado e hipnótico por su movimiento y su intimidad con los fragmentos que toca. En contraposición, lo que hay fuera del plano, entre uno y otro, es un puente distante, elipsis desorientadoras tanto temporal como espacialmente, un poco parecidas a la tesitura de la virtualidad que permite esta misma elasticidad para unir lugares, personas y experiencias. Pero Hou nunca pierde la materialidad del plano, sólo lo lleva al límite del extrañamiento para conjeturar el vacío que vino con el rompimiento de los grandes relatos algunas décadas atrás. Vicky, desde el primer plano, transita por una libertad que bien puede ser vaguedad, y que choca con dos hombres que prometen poco. Existen pocas pistas y certezas: lo mismo en la remembranza de Vicky que en la narración de la película, distendida por su circulación, extendida hasta el grado de significar poco. ¿Cómo funcionan la memoria, el futuro y el presente si nada parece cambiar? No podemos decir que Hou se pierda en su época, la cuestiona de manera sutil, preguntándose qué hacer cuando ya no somos capaces de dejar huellas ni significantes, cuando nuestro paso por el mundo es estéril y liviano, cuando la magia requiere certificados y las relaciones vigilancia. Los personajes caminan para volver a los mismos puntos, y apenas queda una brisa detrás. La gran pregunta es cómo hacer que la nieve tarde un poco más de tiempo en derretirse. Hou responde filmándola.


    Rafael Guilhem |
    © Revista EAM / Ciudad de México


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