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    Imitación de la vida (1959): «Douglas Sirk, un rostro en el espejo»

    Douglas Sirk, un rostro en el espejo

    Ensayo sobre «Imitación de la vida», de Douglas Sirk.

    Estados Unidos, 1959. Título original: Imitation of Life. Director: Douglas Sirk. Guión: Eleanore Griffin, Allan Scott. Compañía productora: Universal Pictures. Productor: Ross Hunter. Fotografía: Russell Metty. Montaje: Milton Carruth. Música: Frank Skinner. Reparto: Juanita Moore, Mahalia Jackson, Lana Turner, John Gavin, Susan Kohner, Sandra Dee, Dan O’Herlihy, Robert Alda, Terry Burnham, Karin Dicker, Troy Donahue. Duración: 124 minutos.

    La década de los cincuenta fue un momento muy peculiar para el cine. Un paréntesis entre el cine clásico y el cine moderno, o mejor, su trasposición en un modelo irregular y extraño que tuvo como resultado un puñado de películas soñadas: las que se parecen a todo y a nada. Fue la época de Nicholas Ray y su uso radical del color, de Joseph Losey y su procedencia del teatro, con Meyerhold y Brecht. En resumen, un momento para tensar el arco al interior de Hollywood. Tal vez el más elegante y riguroso fue Douglas Sirk que, como nadie, otorgó un sentido físico a las emociones a través de los decorados, el decoupage y el barroquismo. Exiliado de la Alemania nazi, trabajó con varios géneros destacando en el melodrama, rozando su límite de un modo implacable al grado de trascenderlo. A primera vista, sus películas son del común denominador —sin desestimar su precisión absoluta, algo que extrañamos en las producciones de hoy en día—, pero una segunda mirada revela la vitalidad oculta bajo la imagen de la fachada (un cine de tensión superficial). No es en vano que sus melodramas expidan amargura y dulzura en partes iguales, un mestizaje propio del modo de vida estadounidense que empaquetaba la paranoia, los prejuicios y la insatisfacción con las etiquetas de libertad, seguridad y bienestar. Este cine de personajes frustrados en telones injustos, atrapados en la violencia que supone toda promesa de éxito, fue el mismo que inspiró posteriormente a Fassbinder, Haynes, Almodóvar.

    Su última obra antes de volver a Europa fue Imitación de la vida, aparentemente protagonizada por Lana Turner. Es quizá lo que decían los anuncios publicitarios en el momento de su estreno —con gran recepción por parte del público—, pero como antes ha señalado Serge Daney, el personaje central corresponde a Annie Johnson, interpretada por Juanita Moore, una mujer negra que, sin un hogar y con una hija blanca que reniega la tez de su madre (y toda su carga cultural e histórica, sobre todo en esos tiempos), es acogida azarosamente en la casa de Lora Meredith —también con una hija—, una actriz que persigue la fama en el teatro y el cine sin obtener, por lo menos al inicio, una gran respuesta. Será la secuencia final del funeral de Annie, la más emocionante, dolorosa y esplendorosa de la película, la que nos dará las claves para volver atrás y reinterpretar todas las escenas previas. Con Mahalia Jackson entonando con bravura el góspel Trouble of the World, como si hiciera una radiografía del desenlace de la película, flores por doquier, una carroza, caballos y toda una comunidad entre lágrimas, la muerte se convierte —siguiendo con Daney— en la única forma para Annie de reunirse con sus amigos y tomar el espacio público. Antes había estado primordialmente en casa, trabajando para Lora y ocupando el segundo plano (aunque con Sirk, lo sabemos, los segundos planos tienen una fuerza única). La paradoja es que encerrada en el ataúd brilla como imagen. Este final tan fastuoso sólo se puede explicar entendiendo que Annie es, durante toda la película, una especie de eclipse y que, para Sirk, esconder una película debajo de otra abrió el camino a tocar temas como el racismo en pleno corazón de Hollywood.

    No podemos decir que las intenciones de Sirk fueran profundamente políticas, pero hay un estilo esplendoroso que se critica a sí mismo, un artificio en la imagen que pone en tela de juicio lo natural y lo lleva al extremo de develar su mecanismo. En los años cincuenta el cine se vio disminuido por el auge de la televisión, y si algo podían ofrecer las grandes pantallas en contraposición era colores y grandilocuencia. En Imitación de la vida esta batalla se libró desobedeciendo los ejes, la frontalidad y motivando el desarraigo del decorado. Las tomas picadas y contrapicadas son de las más bellas de las que se tenga memoria. En ellas, los personajes, cual insectos, pasan de ser gigantes a minúsculos. Es el engaño de aspirar a algo que nunca se alcanzará, de vivir vidas paralelas a las televisadas. La cámara puesta a nivel de piso es una réplica de la cámara de Ozu, pero es diferente la colocación de los personajes, que en los planos del japonés acompañan la altura de la cámara, mientras que en Sirk la abandonan, distanciándose de nosotros y llevándonos a revalorar la escala del espacio. Los movimientos de cámara permiten además que el decorado cobre vida, que los objetos abandonen su funcionalidad habitual para transformarse en un marco por donde mirar, en geometría, estilo y significantes de la emoción. Y claro, los encuadres dinámicos actúan como diferenciadores, entre unos y otros, pero muchas veces al interior de una misma persona, es decir, a su expresión más radical en los espejos, que evidencian la distancia entre los rostros y sus reflejos, aunque quizá para Sirk la realidad estaba hecha principalmente de los segundos. Finalmente, el espejo, como forma, es inseparable de su contenido: no podemos mirarlo sin arrastrar con ello todas las cosas que se posan delante.

    Imitation of Life, Douglas Sirk.
    Despertando de un sueño efímero.


    «El cine de Sirk es un río que fluye y no para, una sinfonía (la música acompaña toda la película) donde la refinada puesta en escena da un nuevo impulso y adopta la exaltación sobre la descripción. La iluminación se plasma como antifaz por encima de los rostros y los colores plásticos llevan las emociones a su punto más físico, en un festín excesivo, bello pero inquietante».


    «Deja de tratarnos como si fuéramos tus compañeros de escena», le grita Suzie a su madre Lora, en un claro reclamo por marcar la pauta, aunque mostrando también que en ese grupo de personas (al compás de una compañía teatral) hay una formación social singular por fuera de la familia, vinculada alrededor de cierta solidaridad. Imitación de la vida contiene una sensación de escenario permanente, de ilusión y artificio, mostrando deliberadamente que todo está filmado en un estudio, incluso los exteriores. Es sin duda un lugar donde se juzga a los actores, pero también donde se hace patente el pacto ficcional. Así aparece la idea de raza, como pureza de la sangre, o de clases sociales y género, cuya estructura desigual deriva en el infortunio de sus peones. Es también la intensidad que permite el melodrama: no se está triste o feliz, se es tristeza, enojo, felicidad. Y estos perfiles fácilmente distinguibles cambian los matices por el énfasis. El cine de Sirk es un río que fluye y no para, una sinfonía (la música acompaña toda la película) donde la refinada puesta en escena da un nuevo impulso y adopta la exaltación sobre la descripción. La iluminación se plasma como antifaz por encima de los rostros y los colores plásticos llevan las emociones a su punto más físico, en un festín excesivo, bello pero inquietante. Cuando en los últimos planos la carroza con el ataúd avanza por la calle tirada por los caballos, inesperadamente la toma se posiciona al interior de una habitación viendo la acción desde la ventana. No hay un contracampo que indique quién mira, tan sólo ese desajuste poco común que, si de algo deja constancia, es del aparato que condiciona los procesos de identificación con el relato. Es, además, una de las pistas para reparar en una película que está en el espacio de transición entre el clasicismo y la modernidad, acaso tomando lo mejor de cada uno.


    Rafael Guilhem |
    © Revista EAM / Ciudad de México



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