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    Crítica | Hogar

    La vida que mereces

    Crítica ★★★☆☆ de «Hogar», de Álex Pastor, David Pastor.

    España, 2020. Título original: Hogar. Directores: Àlex Pastor, David Pastor. Guion: Àlex Pastor, David Pastor. Productores: Adrián Guerra, Marta Sánchez, Núria Valls. Productoras: Nostromo Pictures / Netflix España. Distribuida por Netflix. Fotografía: Pau Castejón. Música: Lucas Vidal. Montaje: Martí Roca. Reparto: Javier Gutiérrez, Mario Casas, Bruna Cusí, Ruth Díaz, David Ramírez, David Verdaguer, Vicky Luengo, Iris Vallés, Cristian Muñoz, David Selva, Raül Ferre, Yaneyns Cabrera, Ernesto Collado.

    Un hombre con pinta de ejecutivo, atractivo y trajeado, atraviesa el umbral de la puerta de su elegante y acogedora casa. Acaba de llegar de una larga jornada de trabajo y su pequeño hijo, que hasta ese instante hacía los deberes plácidamente en la mesa, se lanza contento a sus brazos. A continuación, el padre de familia entra en la cocina donde la atractiva y joven esposa, como buena ama de casa, está preparando la cena. Ambos se abrazan en una estampa idílica, la viva imagen de la felicidad, rodeados por electrodomésticos de primera calidad y con “Dúo de las flores”, de la ópera Lakme de Leo Delibes, sonando de fondo. Efectivamente, se trata de un anuncio televisivo de electrodomésticos, convencional y trasnochado, que, bajo el eslogan “La vida que mereces”, supuso un enorme éxito profesional para su creador, Javier Muñoz, allá por el lejano 1998, pero no cuela a la hora de convencer a los entrevistadores de la agencia de publicidad de que contraten sus servicios. Con la excusa de estar “sobrecualificado”, el maduro publicista recibe su enésimo no por respuesta, eso sí, después de oír todo tipo de halagos sobre su trayectoria pasada y su condición de vieja gloria en el campo. Este es el revelador inicio de Hogar (2020), la nueva película de los hermanos Àlex y David Pastor, visionarios realizadores de dos estimables obras como Infectados (2009) y Los últimos días (2013) que hablaban de terribles pandemias azotando ciudades antes del coronavirus, que llega directamente a Netflix para hacer más llevaderos los confinamientos por la enfermedad que nos rodea. Los primeros minutos de película sirven perfectamente para poner al espectador en el pellejo de Javier, un hombre de mediana edad que, tras haber conocido el reconocimiento profesional en el pasado, se arrastra de entrevista en entrevista mendigando una oportunidad para volver a trabajar en un sector para el que ha quedado obsoleto. Lleva más de un año en paro y su vida de lujo, similar a la que reflejaba su anuncio, peligra ante las deudas que se acumulan en su buzón.

    Los hermanos Pastor aprovechan, de paso, para hacer una sangrante crítica social, mostrando la falta de empatía y compasión de las grandes empresas sobre las personas mayores de 40 años que tratan de acceder a un puesto de trabajo. Las circunstancias que rodean a Javier hacen que, irremediablemente, nos solidaricemos con él, alguien que ha dedicado muchos años de su vida a poner imágenes a los sueños de los demás y que ve cómo unos recién llegados que, por edad, podrían ser sus hijos, juzgan la vigencia de su manera de trabajar. Sin embargo, todo cambia desde el momento en que este perdedor de manual se ve obligado a mudarse a una casa mucho más humilde y su esposa también tiene que contribuir a la frágil economía familiar dedicándose a limpiar. Del interior de Javier emerge un ser mezquino y manipulador, capaz de todo por recuperar su antigua posición social acomodada, tomando como víctimas a la familia que se ha instalado en la vivienda que ha abandonado. Como un verdadero parásito, se va inmiscuyendo en la vida de Tomás, el joven y aparentemente triunfador nuevo inquilino. Javier envidia la imagen que este proyecta al exterior, con su guapa esposa, abogada, y una preciosa hija campeona de gimnasia rítmica. Una mujer que huele a lejía y un hijo con kilos de más y que es objeto de bullying en el colegio componen la familia que a él le espera en su oscura casa cada noche y eso es algo que no puede soportar. Hogar, conforme avanza su metraje, va dejando a un lado su mensaje anticapitalista y la denuncia social para adentrarse en unos territorios que los seguidores de los thrillers psicológicos de los noventa conocen muy bien. Esa modalidad de suspense protagonizado por perturbados que se entrometen en familias movidos por cualquier tipo de venganza, del tipo de La mano que mece la cuna (Curtis Hanson, 1992), es la que sirve de inspiración a los hermanos Pastor para construir una historia que sabe dosificar con cierta habilidad sus ingredientes para, a fuego lento, elaborar una intriga de manual, de esas que, a la hora de la verdad, arriesgan poco y deparan pocos (o ningún) giros que sorprendan al público.

    Hogar, Álex Pastor, David Pastor.
    Estreno exclusivo de Netflix.


    «Los Pastor han sabido manejar con profesionalidad sus fichas y entregar un thriller muy entretenido y retorcido, que tiene la valentía de elevar su apuesta hasta las últimas consecuencias, sin paños calientes. Esto es la muestra palpable de que un guion endeble se puede sobreponer gracias a un impecable trabajo de realización y a la total entrega de los actores».


    La película, cuya premisa no es mucho más compleja que la de cualquier telefilme de sobremesa, cae en muchos de los tópicos del género, desde el punto débil del personaje de Tomás, aquel que Javier sabrá utilizar para tratar de amargarle la existencia, y que no es otra que esa afición pasada por el alcohol que casi le hizo perder (literalmente) a su familia, mermando la confianza de esta en él, o el recurrente personaje secundario que amenaza con desenmascarar al villano, servido para la ocasión como un jardinero moralmente aún más despreciable que el propio Javier. Por suerte, los directores se han rodeado de buenos medios para poner en pie una cinta de factura impecable y, sobre todo, con un reparto en estado de gracia, capitaneado por un Javier Gutiérrez inmenso. El actor parece haberle cogido el pulso a este tipo de roles desalmados, como ya demostrara en El autor (Manuel Martín Cuenca, 2017), y se mete de lleno en la piel del personaje más despreciable que el cine español ha conocido desde el de Luis Tosar en la similar (y mejor) Mientras duermes (Jaume Balagueró, 2011). Un contenido Mario Casas, con pocas armas para no desaparecer de escena ante tan descomunal antagonista, sale airoso del reto, mientras que Bruna Cusí y Ruth Díaz están, en su fragilidad, espléndidas como víctimas colaterales de esta venganza personal de Javier. Es por todos ellos que la película acaba funcionando tan bien como lo hace, salvando evidentes escollos, como algunas situaciones inverosímiles que ponen en serio entredicho la credibilidad del relato. Para compensar, los Pastor han sabido manejar con profesionalidad sus fichas y entregar un thriller muy entretenido y retorcido, que tiene la valentía de elevar su apuesta hasta las últimas consecuencias, sin paños calientes. Esto es la muestra palpable de que un guion endeble (pese a sus interesantes reflexiones sobre la erótica del poder y su capacidad de pervertir al ser humano) se puede sobreponer gracias a un impecable trabajo de realización y a la total entrega de los actores, aun cuando estos tienen que defenderse en personajes arquetípicos | ★★★☆☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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