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    Crítica | Domino

    Malos tiempos para el esteta

    Crítica ★★☆☆☆ de «Domino», de Brian De Palma.

    Dinamarca. 2019. Título original: Domino. Director: Brian De Palma. Guion: Petter Skavlan. Productores: Michel Schønnemann, Els Vandevorst. Productoras: Coproducción Dinamarca-Francia-Bélgica-Italia-Países Bajos (Holanda)-Estados Unidos-Reino Unido; Backup Media / Saban Films / Schønne Film / Zilvermeer Productions / N279 Entertainment / Action Brand / Recalcati Multimedia / Light Industry Motion Pictures / Beluga Tree / Proximus / Canal+ / Ciné+ / Global Road Entertainment / Mollywood / Suroeste Films. Fotografía: José Luis Alcaine. Música: Pino Donaggio. Montaje: Bill Pankow. Reparto: Nikolaj Coster-Waldau, Carice van Houten, Guy Pearce, Søren Malling, Paprika Steen, Eriq Ebouaney.

    Que un creador de la talla de Brian De Palma vuelva a asomarse en la gran pantalla siempre debería ser sinónimo de alegría para cualquier aficionado al cine, sobre todo si se tiene en cuenta que han pasado trece años desde que Redacted (2007), aquella noqueante muestra de cine políticamente comprometido, cuyo estilo documental se alejó completamente de la estilización que caracterizaba a su obra, suponiendo una rara avis dentro de su filmografía, fuese la última ocasión de ver una de sus películas estrenadas en los cines de España, donde Passion (2012), su penúltimo trabajo hasta la fecha, continúa inédito. Algo inaudito, ya que no dejaba de tener cierto anzuelo comercial en la presencia de su atractiva pareja protagonista, formada por Rachel McAdams y Noomi Rapace. No corren buenos tiempos para los cineastas clásicos y parece que el casi octogenario De Palma ha pasado de ser uno de los directores más influyentes y personales de los 70 y 80 a convertirse en una presencia casi incómoda dentro de la industria. Cierta aura de marginalidad le persigue desde el desastre (artístico y financiero) de su epopeya espacial Misión a Marte (2000) y cada nuevo estreno suyo se ha topado con un rechazo bastante generalizado. Pero, al César lo que es del César: en Femme Fatale (2002), vilipendiadísima en Cannes, y en Passion aún podían detectarse fogonazos del genio de De Palma y algunas virtuosas secuencias a la altura de pocos realizadores actuales. Y es que, a fin de cuentas, estamos ante un director que fue saludado en sus inicios como el sucesor original del maestro Hitchcock, gracias a magníficas películas de suspense como Fascinación (1976), Vestida para matar (1980), Impacto (1981) o Doble cuerpo (1984), y que ha dejado para la posteridad algunos thrillers tan apasionantes como El precio del poder (1983), Los intocables de Eliot Ness (1987) o Atrapado por su pasado (1993). Si bien es cierto que semejante legado deja poco espacio a la duda sobre la profesionalidad del director, tampoco se puede negar la evidencia de que, en su última obra, Domino (2019), poco se puede salvar de una quema tristemente merecida.

    De Palma, sobrado de talento y personalidad como para merecer todo tipo de facilidades a su alcance para sacar adelante sus películas, no ha encontrado más que constantes obstáculos en esta producción noruega “de encargo”, empezando por un presupuesto ajustado, más propio de un telefilme europeo de sobremesa, y terminando en un guion, obra de Peter Skavlan, que acabó siendo deslavazado por la imposibilidad de rodar gran parte del material y por una posproducción de la que el propio director reniega, no sin razones. Nunca sabremos cómo de compleja o interesante podría haber llegado a ser la historia concebida por el guionista de Kon-Tiki (Joachim Rønning, Espen Sandberg, 2012), pero lo que Domino ha terminado ofreciendo es poco menos que un confuso thriller terrorista que gira en torno al mascado tema de la venganza. El punto de partida, al menos sobre el papel, no podría parecer más sencillo: un policía danés pierde a un compañero (e íntimo amigo) en acto de servicio, asesinado por un supuesto terrorista islámico al que perseguirá sin tregua, ayudado por una oficial que también mantenía estrechos vínculos afectivos con la víctima. La acción (y el entendimiento de la trama) se complica con la entrada en escena de la CIA y una operación secreta que busca desestructurar una célula terrorista del ISIS que busca sembrar el terror en Europa con sendos atentados. Demasiados ingredientes y personajes para una película de acción y suspense de menos de 90 minutos de metraje, por lo que se termina quedando la sensación de que muchas ideas quedaron descartadas, ya fuese en la mesa de montaje o, directamente, sin realizar como consecuencia de esa falta de presupuesto que obligó a De Palma a aparcar su obsesión por medir al milímetro cada toma, para echar mano de oficio e improvisación si quería rodar la película dentro del tiempo estipulado. Y el resultado final es un continuo quiero y no puedo en el que, en todo momento, se puede apreciar la sombra de lo que pudo llegar a ser si el proyecto se hubiese abordado con algo más de ambición y, sobre todo, libertad creativa.

    Domino, Brian De Palma.
    Demasiadas piedras en el camino | A contracorriente films.

    «La fotografía de José Luis Alcaine y la envolvente música de Pino Donaggio, evocadora de los mejores tiempos del director, tratan de dar algo de empaque a un espectáculo rutinario y deslucido en el que, al menos, tres momentos consiguen ganarse la simpatía cómplice de los seguidores más acérrimos de De Palma».


    Así, se adivina la preocupación por dotar a sus personajes de un mínimo de profundidad dramática en detalles como la condición de ex-alcohólico del policía protagonista (un desganado Nikolaj Coster-Waldau) o las revelaciones sobre la oculta vida amorosa del difunto, que salpican a la compañera de pesquisas a la que pone rostro la siempre eficaz Carice van Houten. También está presente esa mirada crítica del De Palma más político –el de Corazones de hierro (1989) o Redacted – hacia el no siempre intachable papel de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo internacional, mostrando a un agente de la CIA (Guy Pearce) que no duda en utilizar las estrategias más sucias con tal de lograr sus objetivos. También, dentro de las limitaciones presupuestarias, para quienes buscan aquel poderío visual propio del De Palma más esteta, sus magistrales planos secuencia, sus abigarrados movimientos de cámara, la manera con la que dilata el tiempo en los instantes más climáticos de suspense, algo queda en Domino del maestro que nos regalara con Carrie (1976) una de las mejores adaptaciones de Stephen King. La fotografía de José Luis Alcaine y la envolvente música de Pino Donaggio, evocadora de los mejores tiempos del director, tratan de dar algo de empaque a un espectáculo rutinario y deslucido en el que, al menos, tres momentos consiguen ganarse la simpatía cómplice de los seguidores más acérrimos de De Palma: la persecución del protagonista al asesino de su compañero, colgando de unos tejados –no podía faltar el consabido guiño a su admirado Hitchcock y aquí tocó Vértigo (1958)–; el sanguinario ataque terrorista al festival de cine, utilizando ese vouyerístico recurso de la imagen partida para mostrar diferentes puntos de vista y el clímax final en una plaza de toros de Almería, tan torpe y disparatado que debería ser tomado como una autoparodia involuntaria de otros finales mucho más célebres del universo de su cineasta, como el de Impacto . ¿Justifican estas set pieces la existencia de un filme tan fallido como Domino? En parte sí, ya que, aun con todos sus lastres (interpretaciones apáticas, escenas de peleas infames, ritmo desfallecido), posee cierto aroma demodé, a thriller de espionaje setentero, que se agradece. Puede que sean los últimos vestigios de un tipo de cine que ya no volverá, pero esperemos que Brian De Palma sí lo haga. Y que sea con energías renovadas y un proyecto que, verdaderamente, sí esté a la altura de sus inmensas posibilidades | ★★☆☆☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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