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    Crítica | Hasta siempre, hijo mío

    Reencuadres

    Crítica ★★★★☆ de «Hasta siempre, hijo mío», de Wang Xiaoshuai.

    China, 2019. Título original: 地久天长 [Di jiu tian chang]. Dirección: Wang Xiaoshuai. Guion: Wang Xiaoshuai, Ah Mei. Producción: Liu Xuan. Productora: Dongchun Films. Música: Dong Yingda. Fotografía: Kim Hyunseok. Montaje: Lee Chatametikool. Reparto: Ai Liya, Du Jiang, Guo-Zhang Zhao-Yan, Li Jingjing, Qi Xi, Wang Jingchun, Roy Wang, Cheng Xu, Mei Yong. Duración: 185 minutos.

    Comenzamos hablando de un simple movimiento de cámara. Nos situamos a mitad de película, cuando las estrecheces de la famosa ley china del hijo único ya han dejado su huella en el matrimonio protagonista, Yaojun (él) y Liyun (ella), así como en nuestra forma de comprender sus circunstancias. La mejor amiga de la pareja está hablando con Liyun. El plano se mantiene sobre las dos mujeres, hasta que una mención sin aparente importancia a las cosas que hay que hacer «por el bien de la patria» provoca una disrupción leve en la imagen. La cámara baja apenas unos centímetros, sin apenas reenfoque, para registrar la mueca de Yaojun al oír esas palabras. Un simple movimiento de cámara, decíamos. Pero cuántas cosas acarrea consigo. Hasta siempre, hijo mío, como ocurre a menudo en el cine de la generación de Wang Xiaoshuai (Jia Zhangke es su coetáneo más celebrado), aúna un profundo intimismo con la ambición de reflejar la historia china desde su conversión a la economía de mercado. En este caso, tenemos una estructura temporal compleja que va añadiendo flashbacks activados por asociaciones memorísticas. Volvamos a ese movimiento de cámara. A esas alturas, Wang ya ha tenido tiempo para contar la amistad que une a esos personajes, pero también cómo el cargo público de la amiga del matrimonio, como planificadora familiar, la ha forzado a perjudicar de manera irreversible a Yaojun y Liyun. De modo que en el acto en principio intrascendente de filmar un diálogo y una mueca, ese movimiento de cámara hacia Yaojun es una condensación extraordinaria de la manera en que el discurso político se infiltra en la conversación íntima y la quiebra de forma casi imperceptible. Y ese «casi» lo podemos añadir gracias al movimiento de cámara tan suave, un movimiento que no se justifica por acciones internas del plano: no hay dinámicas de mirada o desplazamientos internos que seguir. La película ha afirmado ahí su mirada propia.

    Hasta siempre, hijo mío brilla en recursos visuales semejantes. Desde un principio, la cámara de Wang tiende a la quietud pero no a la fijación. Ya desde la primera escena define su manera de explorar los espacios por los que transitan los personajes, emancipada de los movimientos diegéticos. Wang transita entre pasillos, puertas y ventanas, a menudo iniciando los encuadres en puntos del plano ajenos a la acción principal. Con deslizamientos muy suaves, este dispositivo formal no parece conformarse nunca con registrar lo que ocurre, sino que se esmera en descubrir su mirada propia secuencia tras secuencia. Sin caer, eso sí, en dirigismos. Aunque Wang pudiera tener claro lo que quería contar, concede a su espectador el placer de descubrir por sí mismo sus escenarios, de respirar el aire que rodea a las secuencias antes de significarlas. Junto a este empleo tan efectivo del movimiento, la película también destaca en su manera de reencuadrar los planos sin cortes, sirviéndose de las arquitecturas internas. Las perspectivas buscan las capas de profundidad, bien disponiendo ante los personajes marcos de los escenarios, o bien situándolos detrás de ellos. En muchas escenas vemos transcurrir la acción sobre ventanas domésticas que, gracias a la profundidad de campo, dejan ver el transcurso de la vida que sigue al fondo. Por ejemplo, tenemos una descripción muy precisa de las rutinas laborales en la ciudad portuaria donde Yaojun y Liyun viven unos años pese a que la cámara apenas sale al exterior. En otras ocasiones, la manera en la que la cámara reacciona al movimiento de los personajes entre estos elementos separadores recoge la misma idea que señalábamos antes: que no hay imagen en el filme de Wang que no se vea afectada por las dinámicas exteriores ajenas al corazón emocional del filme. O dicho de otro modo, que no hay intimidad que se libre de la infiltración política.

    Hasta siempre, hijo mío, 地久天长, Wang Xiaoshuai
    Sección oficial de la Berlinale | Estrenada en España por Avalon.

    «Hasta siempre, hijo mío es una película que consigue involucrarnos desde el principio pese a su confusión de niveles temporales, y que además sabe recoger sus frutos en una última hora donde descubrimos que nuestra percepción del presente fílmico estaba equivocada. Un último salto a la actualidad, hasta entonces un tiempo inédito en el metraje, hace confluir no solo todas las tramas pendientes sino todas nuestras memorias acumuladas, y las incorpora a la alegría melancólica del reencuentro».


    Por último, Wang también hace un uso muy expresivo de las repeticiones. Su estructura narrativa abre numerosos frentes, conducidos sobre todo por los tres niños que marcan el devenir dramático (el hijo del matrimonio, el «hermano» espiritual de este y su «sustituto»). El guion no ata todos estos cabos casi hasta el final, pero las imágenes, pese al desorden temporal, se encargan desde muy pronto de ir creando memorias visuales en su espectador. Al ser una película muy ceñida a unos pocos espacios, su repetición en distintos segmentos temporales insufla muchos más sentidos a las escenas. Se ve muy claro en la forma en que Wang emplea dos veces un mismo lugar en sendos picos dramáticos: el doble pasillo de un hospital, con el mismo cartel de guardar silencio y el mismo movimiento de cámara, aparece en la muerte que se cuenta al principio y el aborto forzado que vemos más adelante. Esta reiteración no solo apela a nuestra memoria propia, construida a lo largo de la experiencia fílmica, sino que traza un comentario político muy atinado sobre la relación entre el control y el accidente: sobre cómo se desmoronan las directrices de armonía del gobierno chino en cuanto algo inesperado trastoca su perfecta planificación. Los efectos de esa fractura, por supuesto, no afectan al sistema sino a sus sometidos. Así pues, Hasta siempre, hijo mío es una película que consigue involucrarnos desde el principio pese a su confusión de niveles temporales, y que además sabe recoger sus frutos en una última hora donde descubrimos que nuestra percepción del presente fílmico estaba equivocada. Un último salto a la actualidad, hasta entonces un tiempo inédito en el metraje, hace confluir no solo todas las tramas pendientes sino todas nuestras memorias acumuladas, y las incorpora a la alegría melancólica del reencuentro, a unos personajes que ajustan cuentas con el pasado desde la serenidad de la madurez. Es entonces cuando descubrimos la enorme carga emocional de una película que no juega a arrojárnosla a la cara, sino a dejar que vaya brotando desde su interior. Y, aunque a nivel narrativo podamos percibir el cálculo en algunas confluencias del relato, esa libertad que nos da para descubrirla por nosotros mismos, mediante lo que sabemos y mediante lo que vemos, es su mejor virtud | ★★★★☆


    Miguel Muñoz Garnica |
    © Revista EAM / Festival de San Sebastián


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