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    Crítica | Ema

    Quemar para sembrar

    Crítica ★★★★☆ de «Ema», de Pablo Larraín.

    Chile, 2019. Título original: Ema. Director: Pablo Larraín. Guion: Guillermo Calderón, Pablo Larraín, Alejandro Moreno. Productores: Fabula (Juan de Dios Larraín). Fotografía: Sergio Armstrong. Música: Max Richter. Montaje: Sebastián Sepúlveda. Reparto: Mariana Di Girolamo, Gael García Bernal, Santiago Cabrera, Gabriela Giannini. 102 min.

    De noche, en medio de una calle desierta, un semáforo arde. Ante él, una mujer sostiene el lanzallamas que momentos antes lo ha prendido. El semáforo –símbolo de civismo y de convivencia pactada (o impuesta), una caja que literalmente «ordena» lo social– quema, porque no hay espacio para él en la vida de nuestra protagonista, Ema (Mariana Di Girolamo). O existe él –normativo, convencional–, o ella. Ema, como la viuda de Kennedy en la homónima película del chileno Pablo Larraín, ha decidido que nunca más va a dejarse encasillar en el estándar de feminidad que sobre ella se ha impuesto. Para ello, tendrá que quemar, para después sembrar. Tras una serie de incidentes violentos, Ema decide devolver a su hijo Polo, recién adoptado por ella y por su marido Gastón (Gael García Bernal), a los Servicios Sociales. Aunque el niño era aparentemente un psicópata pirómano, la pareja vive en un constante reproche, entre ellos y por parte de su entorno, por haber abandonado a su hijo sin poner empeño en su re-educación. Ante la degradación progresiva de su matrimonio, Ema decidirá cortar lazos con Gastón, director de su grupo de danza contemporánea y, a su vez, salir a la calle a comerse el mundo. Será el reguetón, por el cual comparten pasión todas las integrantes de su fiel grupo de amigas, el agente liberador de esta mujer: de la culpabilidad por su «mal» papel de madre hasta la independencia total, el de Ema será un viaje que pondrá patas arriba todos los conceptos relacionados con la feminidad, la familia y la cultura como arma expresiva.

    Estando relativamente alejada del resto de la filmografía de Larraín –quizás como continuación del paréntesis que Jackie (2016) supuso en su carrera–, en sí misma Ema representa un canto a lo disfuncional, a lo desituado respecto a las expectativas sobre lo que en pantalla se representa. Narrativamente, hay la cuestión ineludible de que, aunque se hable de Polo de forma constante, el niño apenas aparece y solo queda retratado como una figura macguffiniana, un ente que ha dejado tras de sí un reguero de destrucción y una pareja con secuelas de por vida; Polo, para los espectadores, no es más que el rostro quemado de la hermana de Ema o un gato cruelmente encerrado en el congelador. Así, el quid que normalmente asociaríamos con el centro de la trama, al estilo de historias como Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), pronto desaparece para dejar, en su lugar, un puñado de preguntas sin posibilidad alguna de respuesta: ¿Por qué la trabajadora de Servicios Sociales trata de forma tan despiadada a la pareja? ¿Es culpa suya que el niño «saliera mal»? Quizás, pero poco importa ya. Una madre que devuelve a su hijo es una tara que debe quedar fuera de una comunidad socialmente respetable; o, por lo menos, así lo expresan sus compañeros de trabajo en la reunión en la que la expulsan por sus antecedentes con el niño. Ema es un error, una mujer defectuosa porque arranca de raíz el espíritu maternal y compasivo que se supone universal en el género femenino. Y no solo Ema es un elemento descoyuntado dentro del tejido social que conforma el imaginario convencional de la maternidad, sino que toda su familia lo es. Gastón lo tiene todo para ser un macho alfa, excepto por el pequeño (gran) detalle de que es sexualmente estéril y que su esposa no necesita paterfamilias alguno para desenvolverse en su vida. Polo, en lugar de amor, repartía llamas y muerte por donde pasaba. En este sentido, el realizador chileno propone a la pareja y a su hijo como alternativa al canon nuclear tradicional, releyendo simbólicamente la primera familia disfuncional de la historia –aquella formada por la virgen María, José y Jesús–. Claro está que ni Ema es virgen (aunque sí se la retrata como un ídolo espiritual), ni Gastón es santo, ni el pirómano Polo se acerca mínimamente a la figura de Jesús. Salimos de ver la película con el firme convencimiento de que hoy día el canon familiar debe ser deconstruido y re-elaborado desde cero. ¿Cómo, si no, podremos ajustar a figuras como la Ema en una sociedad que se considere sana?

    «Para Ema la única opción de salir de esta concepción tóxica de lo femenino será quemar, y ya después sembrar. Quemar, derribando estereotipos de una normatividad débil y convencional: adoptando a un niño con bigote, abandonando una exitosa carrera artística para bailar reguetón y traspasando cualquier frontera moral para devorar, con cuerpo y alma, todo aquel que se pose delante de su mirada».


    Pero Ema no solo va a subvertir el canon de la buena familia nuclear, de quien pone por portavoces a los personajes del bombero Aníbal (Santiago Cabrera) y la abogada Raquel (Paola Giannini). Otra clave (o ariete ideológico) de la cinta va ligado a incendiar desde dentro el concepto de la feminidad relacionada con aquella belleza platónica que, aunque hayan pasado siglos desde su invención, sigue estando presente en gran parte de la producción cultural. Ema reniega explícitamente de la belleza porque el propio concepto va asociado a una moral (el Bien) que ella –una mujer que quiere escapar de una relación tóxica– ya no está dispuesta a aceptar. El feminismo recorre cada fibra de su cuerpo, ya cansado de explicar, de dialogar. Gastón, quien fuera su amante y, quizás, el único que sabe de los horrores que con Polo han vivido, solo conoce la palabra vacía, el encuentro que no llega a nada. Gastón retorna una y otra vez al dolor, a la culpa, a una suerte de deber que toda mujer debe aceptar por el hecho de serlo: «Es tu culpa que a mí me duela todo el cuerpo», le achaca él. Por ello, para Ema la única opción de salir de esta concepción tóxica de lo femenino será quemar, y ya después sembrar. Quemar, derribando estereotipos de una normatividad débil y convencional: adoptando a un niño con bigote, abandonando una exitosa carrera artística para bailar reguetón y traspasando cualquier frontera moral para devorar, con cuerpo y alma, todo aquel que se pose delante de su mirada. Ema no va a hacer feminismo verbal. Ella es un personaje de acción, no de palabrería, que encontrará en sus amigas (una maravillosa banda de leonas), y en otras mujeres (como una directora del instituto libre y empática), auténticos puntos de apoyo para seguir con su empresa. Pero el mismo Larraín tiene muy claro que queda mucho por hacer.

    Porque no hay feminismo donde no haya lucha de clase y, en una historia como esta –por otra parte, presentada en un festival de la más haute culture como el de Venecia–, la lucha de clase reclama el abatimiento del clasismo cultural. Un clasismo que encuentra su punto de fricción entre la «alta música» (la electrónica, el lo-fi de la performance) y la música de calle, el reguetón. Ema abandonará su grupo de danza, porque además de ser un pseudo-macho alfa rabioso, Gastón actúa como portavoz de una élite cultural cuyo poder recae en la humillación de aquellos por debajo de su posición. El denostado reguetón, en cambio, ofrecerá un espacio vital y sexual para que las chicas del grupo (si bien capitaneadas por Ema, nunca oprimidas) se liberen, desmarcándose de la presión que el aburguesado Gastón, ese «turista musical», ejercía sobre ellas. También a nivel de imagen lucha la película contra su implícita concepción de «alta cultura»: no pasará desapercibido que hay auténticas digresiones hacia el terreno del videoclip de medio presupuesto, desligadas de cualquier intención narrativa, en el momento en que Ema se da a la calle. Si para el cine de autor ser asociado con un videoclip de reguetón podría parecer un insulto, Larraín decide apostar justamente por eso, por una puesta en escena totalmente formalista que deje más claro que nunca que su camino a la consagración cultural no va a dejar a nadie fuera. Para portar la bandera de su particular revolución, nadie mejor que la choni, figura que encarna la vivacidad que a la izquierda actual, entre adormecida y comatosa, tanto le falta | ★★★★☆


    Mariona Borrull |
    © Revista EAM / Mostra de Venecia


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