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    Crítica | Verano del 84

    ¿Conoces a tu vecino?

    Crítica ★★★ de Verano del 84, de Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell.

    Canadá. 2018. Título original: Summer of 84. Directores: Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell. Guion: Matt Leslie, Stephen J. Smith. Productores: Matt Leslie, Jameson Parker, Van Toffler, Shawn Williamson, Cody Zwief. Productoras: Brightlight Pictures / Gunpowder, Sky. Fotografía: Jean-Philippe Bernier. Música: Le Matos. Montaje: Austin Andrews. Reparto: Graham Verchere, Judah Lewis, Caleb Emery, Cory Gruter-Andrew, Tiera Skovbye, Rich Sommer, Jason Gray-Stanford, Shauna Johannesen, William MacDonald.

    Turbo Kid (2015) fue una de esas pequeñas sorpresas que, surgidas de la nada, terminaron por alegrar el día de los aficionados al cine fantástico más friki. Sus directores, Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell, también conocidos como RKSS, derramaron todo su amor y nostalgia por el género, especialmente el facturado en la década de los 80, en aquel encantador pastiche, ambientado en un futuro post-apocalíptico, en el que se detectaban nada camufladas referencias a títulos como Los bicivoladores (Brian Trenchard-Smith, 1983) o la saga Mad Max (y sucedáneos menos distinguidos), apoyándose en su absoluta falta de prejuicios, una estética colorista, y mucho gore. Todo un guilty pleasure que fue muy bien recibido por crítica y público en su paso por distintos festivales especializados (entre ellos Sitges) y que puso en el disparadero de la fama a unos realizadores que, sin duda, aún tendrían mucho que ofrecer. Su segunda aportación en el campo del largometraje llega con Verano del 84 (2018), otra película que echa la mirada atrás para tomar como referentes a algunos éxitos ochenteros, aunque, en esta ocasión, se desmarca del género de la ciencia ficción para navegar entre las aguas de la aventura juvenil y el terror. Podría parecer una apuesta oportunista, si tenemos en cuenta los buenos resultados que está cosechando ese revival ochentero que el género está viviendo gracias a obras de corte similar como Super 8 (J.J. Abrams, 2011), It (Andy Muschietti, 2017) o la incombustible serie de Netflix Stranger Things, pero lo cierto es que este reencuentro con los directores de Turbo Kid atesora suficientes méritos para no detenerse en ser un simple ejercicio de mimetismo cinéfilo que copie modelos pasados con perfecta perfección formal pero sin albergar algo de alma en su interior. En este aspecto, Verano del 84 se revela como un trabajo más maduro y mejor elaborado desde el guion, que no deja de la misma sensación de mezcolanza algo caótica que sí transmitía su bastante menos equilibrada ópera prima, utilizando de nuevo una estupenda banda sonora de sintetizador compuesta por el dúo canadiense Le Matos para transportar al público a los 80.

    La historia nos traslada a un tranquilo verano de 1984 en una de esos pequeños suburbios donde parece que nunca pasa nada. Allí pasan sus días el adolescente Davey y su pandilla de amigos entre quedadas en esa casa del árbol en la que dan sus primeros tragos de alcohol y comienzan a despertar al sexo mirando revistas picantes, espiando, a través de la ventana, cómo la guapa vecina que es el objeto de sus deseos se desprende de su ropa, o paseando por las calles subidos en sus bicicletas. En una época en que las noticias transmitidas por televisión inquietaban a la población por las tensiones de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Davey, dueño de una imaginación desbordante y ávido lector de crónicas de sucesos, comienza a crearse su particular teoría conspiratoria cuando un asesino en serie empieza a sembrar el terror en los alrededores, adjudicándose la desaparición de hasta 13 chicos adolescentes, y cree tener evidencias de que la persona que se esconde bajo el seudónimo de Asesino de Cabo May no es otra que su vecino policía, el amable sr. Mackey. A partir de ese momento, el chaval involucra a sus amigos en una aventura de tintes detectivescos que tiene como fin desenmascarar al criminal y detener la oleada de desapariciones. Este punto de partida de Verano del 84 resulta, sobre el papel, poco novedoso, ya que remite directamente a aquella Noche de miedo (Tom Holland, 1985) en la que el protagonista sospechaba de la identidad vampírica de su vecino, pero esta vez la trama de suspense está insertada dentro de un relato de amistad adolescente que sigue las pautas establecidas por dos clásicos de este género como Los Goonies (Richard Donner, 1985) y Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), estando más próximo su tono a la turbiedad de las historias para no dormir de Stephen King que a la candidez spierbegniana.

    Verano del 84 es una película que utiliza, sin ningún rubor, todos los estereotipos y lugares comunes de aquellas obras ochenteras para llevarlas a su terreno. Así, en su pandilla, acompañan a Davey, que ejerce esa familiar tarea de repartidor de periódicos por los buzones del vecindario, el amigo gordito, fiel y algo temeroso, el malote que prefiere pasar las horas en la calle para no presenciar las continuas peleas de sus padres, el cerebrito del grupo (con gafas, cómo no, que siempre son señal de inteligencia superior) y la chica rubia y explosiva que pasa de ser la antigua canguro del protagonista a su improbable novia. Sin embargo, el guion ofrece una segunda lectura muy interesante sobre hasta qué punto conocemos a la persona que vive en la casa de al lado. Como bien apunta Davey, en la voz en off que acompaña al relato, todo asesino tiene vecinos y cualquier cosa puede suceder tras esas cortinas que separan la vida idílica del peor de los panoramas (algo extrapolable a las relaciones familiares de los personajes, como esos padres de la chica que se están separando cuando nadie sospecha que tengan problemas siquiera). RKSS y sus guionistas realizan una más que meritoria labor a la hora de introducir las justas dosis de humor, diálogos con guiños cinéfilos -esa referencia a presencias demoníacas por el hecho de que el vecindario esté construido sobre un cementerio indio- y, sobre todo, dar ese salto mortal sin red en su violento tramo final, cuando la más o menos inocente peripecia juvenil va tomando un insospechado (y cruel) cariz más cercano a aquellos territorios del slasher que tan bien conocía el John Carpenter de La noche de Halloween (1978). Es aquí cuando Verano del 84 desvela sus verdaderas cartas como notable ejercicio de suspense y se desmarca del resto de plagios ochenteros para abrazar su propia identidad gracias, sobre todo, a un desenlace tan desesperanzador como nada complaciente, totalmente alejado de lo que suele ofrecer el cine comercial. Una valentía que redime al producto de la previsibilidad que había acompañado a sus imágenes durante los primeros tres cuartos de proyección y que consolida a sus directores como unos especialistas aventajados en eso de tomar ideas prestadas para luego retorcerlas y subvertirlas de manera que el resultado final sea algo totalmente distinto e inesperado. | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Verano del 84 se estrena el 1 de febrero en España gracias a A contracorriente films.

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