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    Crítica: The Rider

    Full Metal Horse

    Crítica ✷✷✷✷ de The Rider, de Chloé Zhao.

    Estados Unidos. 2017. Título original: The Rider. Director: Chloé Zhao. Guion: Chloé Zhao. Duración: 104 minutos. Edición: Alex O'Flinn. Fotografía: Joshua James Richards. Música: Nathan Halpern. Productora: Caviar Films / Highwayman Films. Intérpretes: Brady Jandreau, Tim Jandreau, Lilly Jandreau, Cat Clifford, Terri Dawn Pourier, Lane Scott, Tanner Langdeau, James Calhoon, Derrick Janis. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2017.

    Cuando nos enfrentamos a The Rider por primera vez, una de las principales dudas que nos vienen a la cabeza es… ¿cómo es posible que un actor al que nunca habíamos visto en la gran pantalla, sea capaz de interpretar de esta forma? ¿Es acaso Brady Jandreau uno de los mejores actores contemporáneos y ni siquiera estabamos enterados de su existencia? La respuesta no es tan sencilla como parece. Es indudable que la interpretación del protagonista de la película de Chloé Zhao es asombrosa, sin embargo, Jandreau no es actor, sino jinete. Tal y como ocurría cuando los espectadores de los años 50 se enamoraban de las actuaciones de aquellos actores del neorrealismo italiano sin previa experiencia interpretativa, el público actual no podrá sino rendirse al trabajo de este joven que consigue proyectar frente a la cámara sentimientos tan naturales y auténticos como el miedo y la frustración, dos términos íntimamente ligados al cowboy obligado a separarse de sus caballos. Tras sufrir una peligrosa caída, los médicos piden a Brady que se aleje de los caballos durante una temporada, hasta que su recuperación se complete, si es que esto llega a ocurrir algún día. En ese momento, Brady se ve forzado a iniciar una nueva vida alejado de la acción; encontrar un trabajo ordinario como mozo de supermercado ayudará a pagar las escuetas facturas de los productos que necesita para llevar una vida austera junto a su hermana autista y su padre, sin embargo, para un sureño forjado en el barro de las caballerizas bajo el abrasador sol de Dakota del Sur, ese cambio supone una emasculación completa. Así es como Brady pasa de ser uno de los jinetes más admirados del mundillo ecuestre, a convertirse en una leyenda caída y penosa que avanza a contracorriente para evitar la condescendencia y la lástima de los que antes lo idolatraban. Como puede intuirse de este argumento, la cinta no destaca por una urdimbre dramática excesivamente complicada ni por giros de guion emocionantes, lo que potencia y da sentido a esta trama es la propia naturalidad de las acciones, un trabajo contemplativo que busca la participación del espectador en el proceso introspectivo del protagonista. No se trata de cuál será su decisión última, sino los devaneos que surgen en su mente para tomarla, las miradas vacías, el gesto meditabundo de alguien que ve su vida tomar una deriva inesperada, el sentimiento de estar decepcionando a todos los que contaban con él y, sobre todo, esa vitalidad salvaje que surge en su interior cuando está en contacto con un caballo, la conexión entre el hombre y la bestia como alegoría de nuestras raíces más animales. Serán estas escenas las que mejor logren transmitir la belleza de lo natural. No es otra cosa que el arte imitando a la realidad, como hicieran los impresionistas en su día, para reflejar que la naturaleza no requiere de añadidos ni efectos especiales. El entendimiento entre jinete y caballo, el tira y afloja, la forja de la confianza y el respeto mutuo hasta que, por fin, ambos se unen en un baile sincronizado bajo el sol crepuscular que parece brillar con una luz especial mientras arroja lava sobre el infinito horizonte de Badlands.

    Y en tanto que el mundo avanza sin rendir cuentas a nadie, Brady se debate entre retomar su vocación de jinete, arriesgar su vida y la posibilidad de abandonar a una familia que lo necesita, o colgar las botas y aceptar que los sueños, en ocasiones, han de permanecer en el mundo onírico para que no perdamos la perspectiva del real. Gran parte del metraje persiste en este entorno de abstracción al que viaja con frecuencia el protagonista, y en el que encuentra dos figuras que representan el lado positivo y negativo de sus futuras decisiones. Por un lado, Brady se vislumbra a sí mismo, como el ídolo de masas admirado, el ejemplo en quien los niños se fijan para marcar sus objetivos y a quien detienen por la calle para pedir autógrafos y selfies; por otro está su mejor amigo, Lane Scott, una leyenda del rodeo de toros salvajes quien, el 3 de septiembre de 2013, tuvo un fatal accidente que lo dejó en coma durante más de siete meses hasta que despertó en un estado casi vegetativo, totalmente paralizado y sin poder pronunciar palabra. En las constantes visitas del protagonista al centro de rehabilitación donde se encuentra Lane encontramos los verdaderos fantasmas que persiguen a Brady, quien no tuvo tan mala suerte como su amigo pero que, a efectos prácticos, piensa que su vida no tiene ningún valor sin poder hacer aquello para lo que ha nacido: “—Si un caballo sufre una lesión como la mía, es sacrificado. Yo sigo con vida porque soy humano, no es justo”. Poco a poco, y gracias a la perspectiva descorazonadora que le ofrece Lane, Brady irá tomando conciencia de su situación, hasta que, en el desenlace, tome la decisión que marcará su futuro para siempre. Este primer plano introspectivo del héroe nos lleva a recordar a Colin Smith en aquella joya del Free Cinema inglés, La soledad del corredor de fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner, 1962), sobre todo en esos momentos en los que el protagonista se enfrenta en soledad a la incertidumbre de un futuro muy alejado de lo que había imaginado toda su vida, un futuro que lo asusta y lo obliga a replantear sus convicciones, pero que, al mismo tiempo, le dará la posibilidad de entender su condición humana y la suerte que tiene de seguir adelante junto a los suyos, como una segunda oportunidad que no es concedida más que a un puñado de afortunados.




    ▲ FOTOGRAMAS de THE RIDER, segunda película de Chloé Zhao | Caramel Films.

    «Pareciera que cada elemento narrativo de la cinta está dispuesto para hacernos conectar con la naturaleza, con la prevalencia de un futuro desligado de la esclavitud tecnológica, por ello, los dispositivos móviles son utilizados únicamente para contemplar el pasado, un pasado feliz y doloroso en el que observamos a los protagonistas antes de que sufrieran un daño irreversible».


    Recordemos que todos los actores se interpretan a sí mismos, algo que hace que la participación en el filme de una figura como Lane aporte un dramatismo casi asfixiante. La constante proyección de vídeos de algunas de las hazañas de Scott al montar toros de más de 900 kilos, y la visión de su estado actual, ofrece uno de los contrastes argumentales más trágicos que hemos visto en los últimos tiempos. No obstante, la solemnidad del tono utilizado para la lírica narración de tintes bucólicos y poéticos, el respeto por una cultura en decadencia y la fotogenia del atrezo y el vestuario, hacen de esta película algo más que un simple docudrama, una pieza épica de hipnótica gravedad que se llena de energía con cada panorámica, proyectada por Joshua James Richards, de las vastas llanuras sureñas. Pareciera que cada elemento narrativo de la cinta está dispuesto para hacernos conectar con la naturaleza, con la prevalencia de un futuro desligado de la esclavitud tecnológica, por ello, los dispositivos móviles son utilizados únicamente para contemplar el pasado, un pasado feliz y doloroso en el que observamos a los protagonistas antes de que sufrieran un daño irreversible. Un daño que, en el caso de Brady, vino causado por un caballo, pero en ningún momento podemos ver al protagonista culpando al animal de lo sucedido, todo lo contrario, él sabe que la decisión de correr ese riesgo es suya, como suya es la responsabilidad de lo que suceda al ponerse a lomos de un corcel, y así se lo hace saber a Gus, a Apollo, o a cualquiera de sus inseparables amigos cuadrúpedos a los que quiere de una forma familiar y entrañable. Un amor incondicional que será la clave de su conexión, de llegar a entender al caballo y conseguir así domarlo con una facilidad que asombra a todo el vecindario. Finalmente, Brady tendrá que encontrar, si es que la hubiera, la forma de seguir en contacto con sus raíces sin la necesidad de una vuelta al redil que podría terminar con su vida o dejarlo en un estado similar al de su amigo Lane. Un camino complicado por el que tendrá que avanzar con paso firme y seguro, sin dejar que nadie le pierda el respeto y recurriendo a constantes demostraciones de hombría a causa de esa pérdida de masculinidad que siente en su interior. Y éste será el punto en el que todo lo acontecido deberá de ser puesto en orden, organizar las ideas, los pensamientos lanzados al vacío y las horas de sueño perdidas en pro de una idea que no ha dejado de dar vueltas en su mente, porque cuando la puerta metálica del refugio ecuestre se abra y salga el caballo desbocado, sólo habrá una cosa que importe y defina el futuro del protagonista: el hecho de salir montado sobre ese animal o quedarse paciente mirando desde la barrera, aceptando que, desde ahora, ése será el lugar que tenga que ocupar para mantener una armonía viable entre su vida pasada y la presente. | ✷✷✷✷ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


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