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    Crítica: Gemini

    Los árboles no dejan ver el bosque

    Crítica ✷✷ de Gemini, de Aaron Katz.

    Estados Unidos. 2017. Título original: Gemini. Director: Aaron Katz. Guion: Aaron Katz. Productores: Mynette Louie, Sara Murphy, Adele Romanski. Productoras: Rough House Pictures / Syncopated Films. Fotografía: Andrew Reed. Música: Keegan DeWitt. Montaje: Aaron Katz. Dirección artística: Leigh Poindexter. Reparto: Lola Kirke, Zoë Kravitz, John Cho, Greta Lee, Ricki Lake, Michelle Forbes, Nelson Franklin, Reeve Carney, Jessica Parker Kennedy.

    Uno de los movimientos fílmicos más curiosos surgidos en el siglo XXI fue el Mumblecore, una corriente demasiado fugaz que proponía un retorno al cine independiente “auténtico”, más puro y alejado de la comercialidad y cualquier tipo de artificio. Tuvo su origen a comienzos de la década de 2000 como respuesta a un cine indie norteamericano cada vez más convencional, sofisticado y “contaminado” de los tics y vicios más propios de otros productos provenientes de los grandes estudios. Ese que tendría su mejor representación en muchos de los premiados “sleepers” surgidos del Festival de Sundance, muchas veces propulsados por la publicidad de contar con caras conocidas como cabeza de cartel, por lo que terminaban funcionando bastante bien en la taquilla. Cineastas como Andrew Bujalski, Joe Swanberg, los hermanos Duplass o Aaron Katz trataron de volver a un tipo de cine verdaderamente independiente (más cercano a lo amateur), no solo por la escasez presupuestaria, sino también por la ausencia de actores profesionales en los repartos de sus películas (Greta Gerwig fue, en sus comienzos, una de las musas del movimiento), su gusto por la cámara en mano a la hora de rodar largos planos y unas actuaciones que buscaban transmitir autenticidad, a través de diálogos en los que proliferaban las frases entrecortadas, los balbuceos y expresiones muy coloquiales. En concreto, Aaron Katz se labró cierta fama de director de culto gracias a obras pertenecientes a este género como Dance Party, USA (2006), Quiet City (2007) o Cold Weather (2010), cinta de intriga que podría considerarse su trabajo más aclamado hasta la fecha. Tres años después de su comedia geriátrica ¡Tierra a la vista! (2014), dirigida y escrita en colaboración con Martha Stephens y donde ya empezó a traicionar el espíritu radical de sus primeros trabajos, Katz regresa a las carteleras con un curioso producto de suspense que, decididamente, ya representa todo lo contrario a lo que reivindicó desde el Mumblecore. Su título: Gemini (2017).

    Lo primero que llama la atención de esta cinta es su absoluta apuesta por el ejercicio de estilo. Nos hallamos ante una pieza de suspense que pretende remitirnos al cine negro clásico, plagado de personajes ambiguos que, en ningún momento, dejan ver claramente sus verdaderas intenciones, utilizando atmósferas sugestivas y una puesta en escena muy atractiva, repleta de luces de neón, que también remite a aquellos thrillers psicológicos de los 80 y 90 que el propio Katz reconoce haber tenido muy en cuenta a la hora de construir su película. El realizador no tiene la ambición de mirarse en el Billy Wilder de El crepúsculo de los dioses (1950), a pesar de que su historia se mueve en similares ambientes del mundo del cine, mostrando a la ciudad de Los Ángeles como escenario de las bajas pasiones de estrellas de celuloide que, o bien no han sabido aceptar la decadencia de sus carreras o, por el contrario, carecen de la madurez suficiente para saber gestionar los pros y los contras que acarrea el éxito profesional. En su lugar, el director de Gemini ha optado por seguir los más accesibles pasos del Brian De Palma de Doble cuerpo (1984), facturando un filme de suspense en el que nada es lo que parece. La historia nos pone sobre la pista de la ambivalente relación (profesional y amistosa) entre Heather, la típica joven estrella del momento que no sabe asimilar la fama y se comporta de modo caprichoso e inconsciente, algo que le hace ganarse no pocos enemigos, tanto dentro de la industria como en su turbulenta vida sentimental (en donde no faltan esporádicos flirteos con fans), y su eficiente y fiel asistente, Jill. Esta última ha llegado a ser tan imprescindible en la vida de Heather como para negociar los proyectos en los que trabajará, manejar sus redes sociales y tratar de mantener la imagen de su “jefa” lo más impoluta posible, ahuyentando a paparazis ávidos de obtener la foto más escabrosa de la actriz de moda, ya sea perjudicada por unas copas de más o en situación comprometida con alguna de sus conquistas en las que Heather no hace distinción de sexo.

    Una exploración del universo femenino, en su vertiente más retorcida, que se mueve a medio camino entre la pesadilla psicótica de Mujer blanca soltera busca... (Barbet Schroeder, 1992) y la fascinante paranoia de Mulholland Drive (David Lynch, 2001), pero que en ningún momento termina de encontrar el tono adecuado.


    Desde sus primeras y estilizadas imágenes, con esas avenidas de “la ciudad de las estrellas” adornadas con sus características palmeras, mientras suena la hipnótica música compuesta para la ocasión por Keegan DeWitt, Aaron Katz logra que el espectador no pueda despegar los ojos de una función que, en principio, promete mucho más de lo que acaba dando. Resulta destacable el modo en que se presenta a las dos protagonistas, inmersas en una amistad en la que interés y complicidad se dan la mano, a pesar de sus caracteres opuestos. La egocéntrica Heather interpretada por Zoë Kravitz es mucho más vulnerable e insegura de lo que su agresiva imagen podría dar a entender, mientras que la aparentemente tranquila Jill (una estupenda Lola Kirke) hace gala de una mente más fría y una impresionante capacidad resolutiva cuando las cosas se ponen difíciles. Una exploración del universo femenino, en su vertiente más retorcida, que se mueve a medio camino entre la pesadilla psicótica de Mujer blanca soltera busca... (Barbet Schroeder, 1992) y la fascinante paranoia de Mulholland Drive (David Lynch, 2001), pero que en ningún momento termina de encontrar el tono adecuado. El problema aquí no es de forma, ya que estamos ante una obra visualmente elegante. Su punto más débil es un guion que, en su búsqueda de la sorpresa final que deje al público descolocado, termina siendo tan inconsistente como plagado de giros y trampas de lo más torpes y absurdos. Hay un arma, un asesinato que resolver, muchos y variopintos sospechosos, sí. Ingredientes que podrían haber funcionado mucho mejor si Aaron Katz hubiese apostado por hacer una negra radiografía del lado más oscuro de Hollywood y las endiosadas criaturas que lo habitan, a la manera de Robert Altman o David Cronenberg, pero que se queda en un juguetón thriller de serie B tan resultón como, en el fondo, vacuo, que va perdiendo fuelle a medida que se van desentrañando las claves de un misterio que, en última instancia, se revela como terriblemente decepcionante. Podría haber sido suficiente de no provenir de un director del que se esperan cosas más interesantes que decir. | ✷✷✷✷✷ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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