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    Crítica: Mary y la flor de la bruja

    Una bruja de otra generación

    Crítica ✷✷✷✷ de Mary y la flor de la bruja (Meari to majo no hana, Hiromasa Yonebayashi, 2017).

    Japón, 2017. Título original: Meari to majo no hana, メアリと魔女の花. Dirección: Hiromasa Yonebayashi. Guion: Hiromasa Yonebayashi y Riko Sakaguchi (basado en la novela de Mary Stewart). Productora: Studio Ponoc. Fotografía: Toru Fukushi. Montaje: Toshihiko Kojima. Música: Takatsugu Muramatsu. Dirección artística: Tomoya Imai y Tomotaka Kubo. Reparto (voces): Hana Sugisaki, Ryûnosuke Kamiki, Yûki Amami, Fumiyo Kohinata, Hikari Mitsushima, Jirô Satô. Duración: 103 minutos.

    El estudio Ghibli e incluso más ampliamente el anime en general suelen asociarse al nombre de Hayao Miyazaki, estandarte de esta industria, reconocido en varias ocasiones por la Academia de Hollywood y maestro de varios animadores y cineastas que han tratado de seguir sus pasos en esta industria. Entre ellos destaca Hiromasa Yonebayashi, que trabajó en varias películas de Miyazaki antes de dar el salto a la dirección con Arrietty y el mundo de los diminutos (Kari-gurashi no Arietti, 2010), cuyo guion estaba coescrito por este último. Luego llegó El recuerdo de Marnie (Omoide no Mânî, 2014), ya sin la participación del maestro, que de manera significativa se anunciaba como la última producción de Ghibli. La tercera cinta de Yonebayashi corre por ello a cargo del estudio Ponoc. Antes de analizarla conviene sin embargo resaltar que las tres tienen un curioso dato en común, y es que son adaptaciones de novelas fantásticas de escritoras británicas del siglo XX, sucesivamente escritas por Mary Norton, Joan G. Robinson y Mary Stewart. No es frecuente que el anime se inspire en la literatura inglesa, pues suele recurrir más a fuentes nacionales, casi siempre cómics o novelas gráficas. Esto revela un interés peculiar de Yonebayashi, distanciándose algo más de las pautas de una comunidad caracterizada por su celo de la tradición y su idiosincrasia. De hecho el anime se define por su inherencia a la cultura japonesa incluso en el detalle de que sus personajes no tienen rasgos asiáticos, pues es conocida la afinidad popular, en el mundo artístico, por trascender tales facciones. Pero los personajes siguen teniendo nombres nipones y hablan en este idioma. En cambio en las películas de Yonebayashi mantienen, al menos en parte, sus nombres ingleses, lo cual suscita desde el principio un contraste exterior, entre su origen y su forma de expresarse. En suma con este cineasta el anime se sitúa incluso en una línea más difusa de la habitual en lo referente a su apropiación cultural, combinando una identidad muy específica con la vocación de universalidad.

    Dicho esto, la historia de Mary y la flor de la bruja transcurre en un lugar indefinido de la campiña japonesa, cuando no se traslada a un mundo imaginado al que se accede por el cielo a escasa distancia. En este último arranca el metraje, con una joven bruja que huye en escoba de una especie de palacio en llamas, encaramado a una colina suspendida entre las nubes, perseguida por aves deformes y licuadas. Son pues muchos elementos novedosos a asimilar desde un comienzo, pero destaca desde ya la destreza de Yonebayashi en su presentación visual. Llama en particular la atención la correspondencia cromática entre el ondulado vestido morado de la mentada bruja y las llamas que la persiguen, sucesivamente a ambos lados del espectro, pues cuando ya se encuentra volando lejos y el paisaje alrededor suyo se vuelve más frío, también su ropa adopta esta tonalidad. Adelantamos así que todo el filme cuenta con unos colores variados pero algo más apagados de lo que cabría esperar, o al menos de lo que estamos acostumbrados a ver en fantasías infantiles. Hay con ello un cierto punto melancólico en una narración que, tras ese apabullante prólogo, se traslada a un presente bucólico cuya protagonista del título se empieza definiendo por el aburrimiento. En esta línea importa también adelantar la naturaleza simétrica del libreto, pues esos acontecimientos pasados tendrán después un reflejo al final, tanto mediante su recuento apoyado en flashbacks como mediante su nueva visualización, cuando Mary, convertida a su vez en bruja, deba llevar a cabo una operación de salvamento similar en el antedicho monumento celestial.


    «He aquí de hecho el mayor logro de Mary y la flor de la bruja: su construcción tan equilibrada pese a unir tantos componentes, permitiendo disfrutar sin interrupciones de una fantasía donde todo funciona y que no tiene casi nada que envidiarle a las obras de Miyazaki».


    Entretanto el relato va incorporando elementos que conviene no desvelar, por su sorpresa y por la asociación que enseguida harán los espectadores con la saga de Harry Potter. Cabe siquiera dar un ejemplo menor: el apellido de la directora de una universidad de magia es Mumblechook, cuya silabación fonética recuerda a Dumbledore. Pero por ello era relevante mencionar desde antes que la película adapta un libro del siglo pasado, en concreto publicado en 1971, por lo que los paralelismos posteriores que se puedan hacer no atestiguan mayor inspiración (de hecho sería J. K. Rowling la que se habría inspirado en Mary Stewart), si bien por supuesto esta se puede haber incorporado desde el imaginario cinematográfico. En otras palabras, Mary y la flor de la bruja se va moviendo por parajes muy reconocibles, que minoran algo su capacidad de asombro, pero al mismo tiempo en su ágil combinación adquiere entidad propia, creando una historia muy bien hilada de principio a fin. Mas allá de la evolución que sigue Mary, otros personajes secundarios alrededor suyo son memorables aunque no tengan apenas progresión, y en particular Mumblechook y su principal docente el doctor Dee. Su contexto académico no está demasiado desarrollado, lo cual puede provocar cierta frustración por la referencia que mencionábamos, aunque como decíamos ésta no es realmente la que sigue la película, por lo que es lógico y fructífero que se centre en otros elementos. Gracia a ello discurre por diversas capas temáticas que incorporan una variedad de mensajes, desde la apreciación de la cotidianeidad hasta el legado familiar, pasando por el ecologismo en que tanto ha insistido el estudio Ghibli. Todo ello se nos presenta con una puesta en escena clásica, sin estridencias, con un montaje armónico donde no hay transiciones chocantes ni momentos acelerados. Incluso se aprovecha la secuencia final de créditos para cerrar el cuento de forma más completa, sin dejar ningún hilo narrativo pendiente. He aquí de hecho el mayor logro de Mary y la flor de la bruja: su construcción tan equilibrada pese a unir tantos componentes, permitiendo disfrutar sin interrupciones de una fantasía donde todo funciona y que no tiene casi nada que envidiarle a las obras de Miyazaki que la han precedido y que sin duda el público recordará, desde Kiki, la aprendiz de bruja (Majo no takkyûbin, 1989) hasta El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001). El legado del maestro está en buenas manos. | ✷✷✷✷ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


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