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    Crítica: Madame Hyde

    Ardiente sollozo

    Crítica ✷✷✷ de Madame Hyde, de Serge Bozon.

    Francia, 2017. 95 minutos. Título original: Madame Hyde. Director: Serge Bozon. Guion: Serge Bozon, basado en la novela de Robert Louis Stevenson. Fotografía: Céline Bozon. Música: Benjamin Esdraffo. Productores: Philippe Martin, Olivier Père, Jean-Yves Roubin, David Thion y Cassandre Warnauts. Diseño de producción: Laurie Colson. Edición: François Quiqueré. Intérpretes: Isabelle Huppert, José García, Romain Duris, Pierre Léon, Guillaume Verdier, Patricia Barzyk, Jamel Barbouche, Roxane Arnal, Nassim Amaouche, François Négret, Charlotte Vêry, Karole Rocher, Tidiane Traoré.

    «Aprendí a reconocer la dualidad completa y primitiva del hombre; vi que, de las dos naturalezas que luchaban en el campo de batalla de mi conciencia, incluso si podía decirse, y con razón, que poseía cualquiera de las dos, ello se debía únicamente a que yo era radicalmente ambas». De esta forma se analizaba a sí mismo el atribulado protagonista de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886), de Robert Louis Stevenson, una de las novelas de fantasía más populares que se han escrito, lo que explica en buena medida las innumerables versiones, y no solamente fílmicas, que ha habido de la misma. En este sentido, no ha de extrañar a nadie que, junto con un número de buenas cintas que trasladan el libro en imágenes –pienso, por ejemplo, en las adaptaciones de Robertson, Mamoulian o Fleming–, también hay una abundante cantidad de filmes que, aprovechando el punto de partida de la escisión moral y psicológica del (aparentemente) sereno y altruista doctor Jekyll, pergeñan divertimentos de desigual calidad que poco o nada tienen que ver con la reflexión sobre la psique humana que atesoraba el texto de partida, con lo que tiene cabida desde el tono gore hasta el cómico, pasando por el dramático, el romántico, etc.

    El último largometraje de Serge Bozon, Madame Hyde (2017), se inserta en esta línea de obras que, a partir de una excusa argumental similar, emplean el clásico de Stevenson con un propósito muy diferente. La película gira en torno a Marie Géquil (encarnada por una Isabelle Huppert cuyo carisma y solvencia interpretativa le proporcionan a la pieza el 40% de su interés), una apocada profesora de física a la que han relegado dentro del instituto en el que trabaja –no por casualidad llamado Arthur Rimbaud, poeta maldito que pasó «una temporada en el infierno»–, a la clase de técnica, es decir, a la de los alumnos «tontos» o conflictivos. Dado su carácter pusilánime, sus clases son un continuo combate con los estudiantes, y ello no ha hecho más que minar su imagen ante los otros profesores e, incluso, ante su propio marido, Pierre (José Garcia). Todo cambia cuando, una noche, mientras está haciendo una serie de experimentos en el laboratorio del centro, es alcanzada por un rayo.


    Junto a ese contraste entre el elemento realista y el fantástico, la obra también contrapone una cierta solemnidad de drama costumbrista, al incidir en la repetición asfixiante de espacios y actos (la acción se adscribe, prácticamente, a tres escenarios, en los que los personajes transitan haciendo casi siempre lo mismo) con notas de humor negro y surrealista. 


    No se le puede negar a Bozon lo arriesgado, y tal vez por ello mismo, lo estimulante de la propuesta, al menos desde un punto de vista visual. Y es que, por lo que respecta al devenir de la cotidianeidad de Marie en el trabajo, el discurso adopta un estilo de un realismo desnudo y antirretórico, que lo acerca a las creaciones adscritas al cine de denuncia social (preminencia de primeros planos y generales, frontalismo, estatismo…). Ello produce un contraste, original y chocante, pero elegantemente resuelto, con el elemento fantástico del argumento, que se manifiesta siempre de noche, cuando la fotografía de Céline Bozon –hermana del director– muta hacia una inquietante sensualidad de texturas ocres que casa con la apariencia del particular álter ego de Marie, que no es una versión animalizada de ella, como cabría esperar, sino la menuda figura de la protagonista conteniendo un fuego abrasador. Bozon parece optar, a simple vista, por semejante representación de Hyde porque así la vincula a la profesión de Marie y a la importancia que esta les otorga en sus clases a los fenómenos electromagnéticos y termodinámicos. Toda la carga filosófica de comprensión del universo asociada a ellos se encuentra también implícita y esbozada, pero no es en absoluto el centro temático de Madame Hyde.

    Por otro lado, junto a ese contraste entre el elemento realista y el fantástico, la obra también contrapone una cierta solemnidad de drama costumbrista, al incidir en la repetición asfixiante de espacios y actos (la acción se adscribe, prácticamente, a tres escenarios, en los que los personajes transitan haciendo casi siempre lo mismo) con notas de humor negro y surrealista. El comentario que Marie hace en clase al criticar el amor que sienten los alumnos hacia Spiderman, como si creyeran que su vida puede cambiar por culpa de un accidente mágico, responde a dicho humorismo, ya que eso será, justamente, lo que le suceda a ella. Sin embargo, el elemento más claramente cómico del relato es el personaje encarnado por Romain Duris, una «anomalía hilarante» dentro del universo del filme –y no solamente por su comportamiento, sino por su apariencia–, igual que la Marie de fuego sería una «anomalía diabólica». ¿No son las dos caras de lo que perturba el orden establecido –y, por tanto, de lo desasosegante– la risa y el miedo? ¿Es esta la temática central de Madame Hyde? No lo parece; más bien se diría que ejerce de válvula de escape a la tensión que se va acumulando al ir desarrollándose la narración.

    Madame Hyde es una cinta que cuenta con muchas virtudes, no siendo la menor de ellas su voluntad de ir a contracorriente. Su visionado completo, empero, no proporciona la satisfacción que ofrecen sus hallazgos aislados, posiblemente a causa de la yuxtaposición caótica de ideas y recursos que van insertándose en la intriga conforme esta avanza.


    Pero hay más: en un momento del metraje, se citan los dos últimos cuartetos del poema Los faros de Charles Baudelaire (otro poeta maldito), que redunda en el mito del artista como corifeo divino y, por tanto, el único capaz de interpretar la realidad (v. gr.: «…un grito repetido por mil centinelas,/¡una orden transmitida por mil portavoces./Es un faro encendido sobre mil ciudadelas[…]!/¡Porque verdaderamente, Señor, el mejor testimonio/que podemos dar de nuestra dignidad/es este ardiente sollozo que rueda de edad en edad.»). ¿Es casualidad que Marie, desde que cada noche está «encendida», pueda ejercer de guía (faro) de su alumno Malik (Adda Senani) y conducirlo del desinterés por el aprendizaje establecido a la pasión por la física? La respuesta es, obviamente, no. Por la importancia que se le da a la interacción de profesores, directores, aprendices, inspectores y estudiantes en Madame Hyde, sin lugar a dudas la necesidad de hallar el propio camino, así como una visión crítica del sistema educativo francés, forman parte de los temas más capitales de entre los que articulan la película. No en vano, la declaración de Malik sobre cómo Marie Géquil y madame Hyde le marcaron (espiritualmente la una, físicamente la otra) demuestra que el conocimiento profundo del mundo –el del artista, el científico o el intelectual– queda grabado a fuego en el alma, inevitablemente estigmatiza y se transmite de unos marginados/privilegiados a otros. Según lo expuesto, Madame Hyde es una cinta que cuenta con muchas virtudes, no siendo la menor de ellas su voluntad de ir a contracorriente. Su visionado completo, empero, no proporciona la satisfacción que ofrecen sus hallazgos aislados, posiblemente a causa de la yuxtaposición caótica de ideas y recursos que van insertándose en la intriga conforme esta avanza, lo que progresivamente ahoga el ritmo narrativo y diluye la intencionalidad última del realizador y guionista, hasta el extremo de convertir toda la propuesta en un juego de ingenio un tanto banal. Evidentemente, cualquier autor tiene derecho a vaciar de contenido sus creaciones, a reducirlas al absurdo, pero para que ello funcione más allá de la broma simpática hace falta una apuesta más valiente y arriesgada –me viene a la mente Holy Motors (2012) de Léos Carax–. Si no, el peligro, muy plausible, de caer en un narcisismo autocomplaciente acecha. Desde luego, Madame Hyde no es pretenciosa ni estúpida, pero lamentablemente desaprovecha muchas de las ideas contenidas en la primera mitad de su metraje, que promete mucho. Mucho más de lo que, a la postre, ofrece.  | ✷✷✷ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


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