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    Crítica: Purasangre

    El vacío de quien todo lo tiene

    Crítica ✷✷✷✷ de Purasangre (Thoroughbreds, Cory Finley, Estados Unidos, 2017).

    Estados Unidos. 2017. Título original: Thoroughbreds. Director: Cory Finley. Guion: Cory Finley. Productores: Andrew Duncan, Nat Faxon, Jim Rash, Alex Saks, Kevin J. Walsh. Productoras: B Story / June Pictures / Big Indie Pictures. Distribuida por Focus Audiovisuals. Fotografía: Lyle Vincent. Música: Erik Friedlander. Montaje: Louise Ford. Diseño de producción: Jeremy Woodward. Reparto: Olivia Cooke, Anya Taylor-Joy, Anton Yelchin, Paul Sparks, Kaili Vernoff, Francie Swift.

    Juventud, divino tesoro. Muchos podrían pensar que, si eres adolescente, estás estudiando en una escuela elitista y provienes de una familia adinerada que te ha dado acceso a vivir, con las mejores comodidades materiales, en una lujosa mansión con piscina y grandes zonas ajardinadas, tienes el mundo en tus manos y poco queda por pedirle a la vida para ser feliz. Nada más lejos de la realidad. Las protagonistas de Purasangre (2017), la sorprendente ópera prima del realizador estadounidense Cory Finley, viven entre algodones, sí, en un rico suburbio de Connecticut, pero un enorme vacío existencial se ha apoderado de ellas. Dos chicas jóvenes, guapas, con todas las papeletas para tener un futuro brillante en el horizonte, que, sin embargo, son incapaces de saborear las oportunidades que el destino les ha brindado y malgastan sus días compadeciéndose de sí mismas y, lo que es peor, haciendo culpables a los demás de sus desdichas. Por un lado tenemos a Amanda (Olivia Cooke), una muchacha que se ha autodiagnosticado una total falta de empatía que le impide algo tan “humano” como es tener sentimientos. Nada le afecta, nada le perturba. Además, se ha convertido en algo así como la apestada de su comunidad a raíz de un terrible incidente con su caballo que quedó inmortalizado en unas instantáneas que corrieron por las redes sociales de los chicos del instituto. Un bicho raro, una antisocial, una psicópata en toda regla. La otra cara de la moneda la tenemos en Lily (Anya Taylor-Joy), de cara a la galería, una chica ejemplar, excelente estudiante y mucho más popular entre sus compañeros. Aparentemente sensible (incluso en exceso), su rostro angelical y esa mirada de cordero degollado esconden, no obstante, una personalidad igual de peligrosa (o más) que la de Amanda. Más maquiavélica, manipuladora y sibilina, es capaz de utilizar todas sus armas para lograr sus objetivos y manejar a su antojo a su autómata “amiga” para que le ayude a liberarse de aquello que cree una piedra en su camino.

    El brillante guion del propio Finley une estas dos explosivas personalidades, tan contrapuestas como, en el fondo, condenadas a entenderse —después de un par de confrontaciones verbales tan hirientes como geniales, eso sí—, valiéndose de una excusa argumental como la de que la madre de Amanda pague a Lily para que le dé clases particulares, algo que, de paso, podría considerarse una manera velada de comprar una amiga para su solitaria hija, como desesperado intento para que esta recupere el rumbo perdido. Es en la amplia casa de Lily donde sucederá la mayor parte de la acción. Allí, entre jornadas de estudios, ambas jóvenes empiezan a recuperar, poco a poco, la relación de amistad que tuvieron años atrás. Y es allí también donde se va fraguando un retorcido plan para acabar con la vida del egocéntrico padrastro de Lily, en quien esta ve a un rival que acapara todas las atenciones de una madre de la que cada vez se siente más distanciada. Pese a que el punto de partida no puede considerarse del todo original —es inevitable que acuda a nuestra memoria la extraordinaria Criaturas celestiales (Peter Jackson, 1994), donde Kate Winslet y Melanie Lynskey ya ejercieron de adolescentes psicópatas—, el director novel ha demostrado una gran seguridad, no solo a la hora de construir su turbio relato, sino, también, en la forma que ha tenido de trasladarlo en imágenes. Finley se revela como un realizador con un gran talento para lo visual, que rueda con elegancia y saca el máximo provecho a sus escenarios para que estos sirvan de testigo silencioso del mal en estado puro. A través de elegantísimos planos secuencia, la cámara persigue a las dos protagonistas por esas enormes estancias de la casa, tan impolutas y asépticas que, en su vacío, transmiten más frialdad que ese calor que buscamos en un auténtico hogar. Una vivienda que funciona como metáfora de la salud afectiva del personaje de Lily y acentúa la sensación de que nos encontramos ante un trabajo mucho más complejo de lo que su apariencia de comedia negra teen podría hacernos presuponer.

    «Su humor, irónico y esquinado, está perfectamente integrado dentro de un psicodrama que parece querer homenajear al maestro Hitchcock, aunque sus criaturas tengan más sangre fría y determinación que la mostrada por aquellos estudiantes de La soga (1948)».


    Purasangre es mucho más. Su humor, irónico y esquinado, está perfectamente integrado dentro de un psicodrama que parece querer homenajear al maestro Hitchcock, aunque sus criaturas tengan más sangre fría y determinación que la mostrada por aquellos estudiantes de La soga (1948), enfermizamente obstinados en demostrar que el crimen perfecto existe, ocultando un cadáver en el interior de un arcón, en medio de una fiesta. Al mismo tiempo, coquetea con ese universo de Bret Easton Ellis plagado de jóvenes adinerados, vanidosos y narcisistas que, por puro aburrimiento, incurren en las acciones más reprobables, empujados por la seguridad de estar por encima del bien y del mal. El director ha acertado también utilizando con inteligencia la elipsis para no mostrar la violencia en ningún momento, a pesar de estar muy presente a lo largo de la historia. Aunque el plato fuerte de la función reside, eso sí, en lo bien trazados que están los dos personajes protagonistas y en los portentosos trabajos que, dentro de ellos, realizan las dos actrices. De Anya Taylor-Joy ya no nos sorprende nada. Poseedora de uno de los rostros más enigmáticos del panorama cinematográfico actual, se ha convertido en una musa del nuevo cine de género —La bruja (Robert Eggers, 2015) o Múltiple (M. Night Shyamalan, 2016) hablan por sí solas de su enorme talento— y aquí borda su encarnación de Lily. Lo de Olivia Cooke es toda una revelación, ya que su psicótico personaje de Amanda está muy alejado de los amables roles a los que nos tenía acostumbrados y, sencillamente, está fantástica. Y todavía queda espacio en la cinta para un tercer placer a nivel interpretativo, el de la presencia póstuma de un estupendo Anton Yelchin en el papel de un camello de poca monta al que las aspirantes a asesinas quieren enredar en su trama. Él representa todo aquello que ellas desprecian. La mediocridad y el fracaso de las clases más desfavorecidas económicamente, esas que miran por encima del hombro desde sus inalcanzables altares, desprovistos de cualquier atisbo de valor moral. Esto contribuye a que Purasangre sea también una sangrante crítica a la alta sociedad estadounidense, con su doble moral y esas miserias que esconden bajo sus fachadas de lujo y perfección. En definitiva, un magnífico debut que, con muy pocos elementos, consigue superar todas las expectativas hasta el punto de poder ser considerado uno de los títulos indies indispensables del año. | ✷✷✷✷ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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