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    Crítica | Buenos vecinos

    Polvo sobre la provocación

    Crítica ✷ de Buenos vecinos (Undir trénu) de Hafsteinn Gunnar Sigurðsson.

    Islandia y Francia. 2017. Título original: Undir trénu. Director: Hafsteinn Gunnar Sigurðsson. Guion: Hafsteinn Gunnar Sigurðsson y Huldar Breiðfjörð. Productores: Grímar Jónsson, Sindri Páll Kjartansson, Sol Bondy, Jacob Jarek, Grímar Jónsson. Música: Daníel Bjarnason. Dirección de fotografía: Monika Lenczewska. Montaje: Kristján Loðmfjörð. Dirección de arte: Anna Maria Tomasdottir. Vestuario: Margrét Einarsdóttir. Intérpretes: Steinþór Hróar Steinþórsson, Edda Björgvinsdóttir, Sigurður Sigurjónsson, Þorsteinn Bachmann, Selma Björnsdóttir, Lára Jóhanna Jónsdóttir.

    Que la sociedad occidental contemporánea parece resultar muy molesta para algunos “autores” contemporáneos no nos pilla de nuevas. De hecho, el gesto despectivo con el que ciertas escrituras cinematográficas se autojustifican a base de cargar contra la “burguesía” –especialmente con sus traumas sexuales y sus relaciones matrimoniales- ha terminado casi por constituir un subgénero propio que un académico amigo denominó hace unos meses, con envidiable sorna y maledicencia, “películas de quién se queda con el tresillo”. La fórmula no falla, y suele incluir un ordenador de marca Apple, muebles de IKEA, mucho tiempo muerto en el que la cámara se demorará sin motivo aparente en objetos naturales –árboles, mascotas, la lluvia en la ventana del coche-, un par de escenas asustaviejas con alguien acometiendo una parafilia y algún tipo de inmolación final. Y voilá, frente a nosotros, una nueva película que nos avisa de la imposibilidad de la vida comunitaria, del egoísmo rampante de las sociedades capitalistas, de la maldad inherente en el ser humano y de cualquier otro lugar común que en un par de años pueda abrir la puerta grande de Cannes y a nosotros, críticos más o menos sufridos, nos permita salir del paso amontonando las mismas referencias de siempre: Haneke, Lanthimos, Seidl, Haneke, Lanthimos, Seidl, Haneke, Lanthimos, Seidl.

    La pregunta del millón de dólares es si realmente hay algo que pensar en una película como Buenos vecinos. Y vaya por delante que la traducción española ha sido, en el mejor de los casos, perversa. El original Bajo el árbol no era tampoco para tirar cohetes, sobre todo si pensamos que es una película que plantea algún dato –irrelevante y poco productivo- sobre los problemas de la filiación. La idea de comparar un árbol con las sucesivas generaciones familiares es tan novedosa como la de comparar el tiempo con un reloj, el sexo con un tren entrando en un túnel o la tristeza con la música indiscriminada de Max Richter. Aquí la cosa vira y se dirige hacia el vecindario, se viste de comedia agridulce y se intenta proponer una suerte de Aquí no hay quien viva a lo nórdico, es decir, con gente aparentemente atormentada por grandes traumas pasados que vive en casas extraordinarias exquisitamente amuebladas y cuyo sufrimiento no puede ser captado por la imagen. Claro que la imagen no puede captar gran cosa, ya que la fotografía grisácea, aburrida y completamente sosa amontona plano tras plano en la inevitable gama de colores pastel, encuadres iluminados como buscando un efecto de día-triste-pero-del-siglo-XXI, sin que en ningún momento haya una apuesta compositiva sólida. Quizá un plano nadir casi al comienzo de la cinta. Quizá. Todo lo demás –incluyendo una incomprensible secuencia de escenas cerca del midpoint de la cinta que pretende dotar de una poetización en sordina a la “escapada imposible” del padre y la hija- queda enhebrado por una puesta en escena de la que no hay, literalmente, nada que decir. Encuadres que muestran objetos y personajes. Pero si uno se pregunta por el proceso de significación… ¿qué angulación de cámara dice algo, por poco que sea, que no esté ya dicho y subrayado en esos diálogos explicativos interminables? Lo mismo se puede decir de los puntos de giro: ¿no sabe qué hacer? Embarace usted a un personaje. ¿Se queda sin ideas? Convierta una desaparición en un suicidio. Y así todo el rato.

    «Nada que ver con Östlund. Nada que ver con las profundísimas reflexiones sobre la pareja, la infidelidad y el divorcio que asomaban en, pongamos por caso, una cinta como Infiel (Trolösa, 2000). Nada que ver con cualquier tipo de acción que reconstruya, que profundice, que reflexione o que analice».


    El problema de base es que la película bloquea voluntariamente cualquier flujo empático hacia cualquier protagonista. Tomemos como ejemplo al sufrido Atli (Steinþór Hróar Steinþórsson), hombrecillo minúsculo que no parece tener más talento que el de perseguir a su mujer en un gesto asquerosamente cercano a la violencia de género y el de jugar el inefable rol del padre en el cine europeo contemporáneo de autor (Marca Registrada): el inútil. Qué rollo. Otra vez el mal padre, el padre egoísta, el padre incompetente. Otra vez el síndrome de Peter Pan, la adolescencia perdida, el trauma de andar por casa que deben pagar nuestros hijos. Otra vez, como decía Deleuze entre risas: “el sucio secretito de familia”. Un personaje que no podemos evitar despreciar no tanto por lo que el director busca –convertirle en una especie de bufón blandito que nos muestre, oh novedad, la profunda crisis de la figura paterna en el siglo XXI-, sino por lo que realmente es: nada. Es una tremenda nada cinematográfica que va de un lado para otro, interactúa con los personajes y desaparece de la cinta con la misma idiocia con la que ha entrado. Y así se amontonan los minutos que nos muestran, one more time with feeling, lo mal que va la sociedad y lo malos que somos todos. Nada que ver con Östlund. Nada que ver con las profundísimas reflexiones sobre la pareja, la infidelidad y el divorcio que asomaban en, pongamos por caso, una cinta como Infiel (Trolösa, 2000). Nada que ver con cualquier tipo de acción que reconstruya, que profundice, que reflexione o que analice. El puro espectáculo de personajes-bestia enseñándose los dientes y después, el inevitable y abrupto estallido violento que no funciona porque no ha acumulado tensión a lo largo del metraje. | ✷✷✷✷ |


    Aarón Rodríguez Serrano
    © Revista EAM / Madrid


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