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    Crítica | El gran showman

    El arte de hacer felices a los demás

    Crítica ★★★★ de El gran showman (The Greatest Showman, Michael Gracey, EE.UU., 2017).

    No es fácil sentirse indiferente ante una película musical. La extravagancia de Moulin Rouge (2001) puede provocar hipnotismo o nauseas; el jolgorio de Mamma mia! (2008), recreo o irritación; el romanticismo de La La Land (2016), ensoñación o hartazgo. La recepción depende eminentemente del estado de ánimo en que uno se encuentre y el afecto que por el propio género se profese, pues a ello obedecerán las ganas que se tengan de perdonar o no sus vicios narrativos. No hay obra audiovisual en el mundo que no se haya comido al menos un par de críticas, pero las películas musicales son uno de los blancos más fáciles, no sólo porque las canciones constituyen un aporte cómodamente tachable de gratuito, sino sobre todo porque su aportación a la trama, aun ayudando a avanzarla, suele ir en detrimento de la profundidad de la misma (entre otros motivos, porque por fuerza devora gran parte del metraje). Perfecto ejemplo de todo esto es el irregular recibimiento del último gran musical de Hollywood (que sigue siendo uno de los escasos musicales puramente cinematográficos —o sea, no basados en producciones teatrales— de las últimas cinco décadas), El gran showman, centrado en la figura de P. T. Barnum, pionero del show business y fundador en 1871 del circo Barnum & Baile, cuyo cierre el año pasado pobló titulares de prensa. Así, el supuesto consenso crítico de Rotten Tomatoes concluye que «El gran showman trata de encandilar a la audiencia con el sentido de maravilla del propio Barnum, pero a costa de la complejidad de una historia real mucho más intrigante», revelando además que sólo el 54% de los críticos la valoran positivamente (aprobado raspado que el filme no alcanza siquiera en el otro portal crítico por excelencia, Metascore, donde posee un 48% de valoraciones positivas). Curiosamente, el porcentaje de aceptación entre el público de la misma web es muy diferente: un 90%. Entretanto, la calificación media en IMDb es de 8,0 y la de Filmaffinity, de 7,2. O sea, que para bien y para mal, y rebatiendo la sentencia crítica, la mayoría de los espectadores sí han sido “encandilados”. De hecho, perjudicada por la mala prensa, El gran showman contó con un estreno pobre y, sin embargo, se ha mantenido durante semanas entre las cintas más taquilleras gracias a los efectos del apasionado boca a boca.

    Pero, ¿qué ve el público que no es capaz de ver la crítica? Y viceversa: ¿qué indigna tanto a esta sin importar empero a los espectadores? La respuesta es sencilla: los críticos, que, entre otras cosas, no dejan —dejamos— de ser “espectadores profesionales”, perciben defectos a todas luces innegables ante los que el resto de los mortales es capaz, por su propio bien, de hacer oídos sordos. Y no es cuestión de exigencia: el público es exigente, y mucho, como han probado los recientes fracasos de producciones supuestamente confeccionadas en serie para él. No, no es tanto cuestión de severidad como de las propias necesidades de unos y otros: el crítico, como su nombre indica, debe ser crítico con lo que tiene delante (y ojo: no hablamos de críticas destructivas, sino de la capacidad de percibir qué funciona y qué no dentro de una producción de cara a dar una valoración global justa), mientras que el espectador sólo tiene que limitarse a disfrutar… o no. Y, claro, regocijarse ante una superproducción musical ambientada por todo lo alto en el siglo XIX y colmada de melodías pegadizas no es precisamente difícil. Al menos, no si uno se enfrenta a ella con la voluntad de dejarse llevar. El crítico, sin embargo, rara vez se deja llevar del todo, porque de alguna forma cuenta con un Pepito Grillo interno que hace hincapié en cualquier elemento capaz de rechinar. Y, en el caso de El gran showman, estos son irrefutables, desde la simplificación de una historia real que, tal y como zanjaba Rotten Tomatoes, tuvo por fuerza que ser mucho más compleja, hasta determinadas imperfecciones estilísticas que sacan de los números musicales menor partido del que podrían, pasando por los personajes planos, la falta de verdadero conflicto y el despliegue de diálogo previsible que ofrecen los poco inspirados guionistas Jenny Bicks y Bill Condon. Todo eso está ahí, sí, y quien quiera aferrarse a ello para echar por tierra la película lo tiene tan fácil como lo tenían los detractores de la magnífica La La Land a la hora de afirmar que aquello era “lo de siempre”.

    «Para emoción, la de Hugh Jackman, quien llevaba años luchando por el sueño de llevar este musical a la gran pantalla y por fin lo ha hecho realidad, siendo su enérgica interpretación una de las grandes bazas del filme. Ya cantó en Los miserables (2012), pero aquí lo vemos más libre, disfrutando más que nunca, afortunadamente lejos de los constreñidos planos de Tom Hopper».


    ¿Es entonces El gran showman un buen producto, tal y como parece poner de manifiesto el entusiasmo, tanto del público, como de una reducida pero no inestimable —recordemos que los Globos de Oro la nominaron en su apartado principal— parte de la crítica? ¿O es una oportunidad fallida de ofrecer verdadero espectáculo de calidad, como señalan de forma irrebatible ciertos artículos? Llegar a un consenso se antoja inviable, pero viene a la mente en este momento el crítico de El gran showman que echa por tierra las ilusiones de P. T. Barnum, un personaje que es ciertamente un tópico pero que, como todos los tópicos, tiene buena base de realidad, desvelando cómo a veces los críticos terminan, en su afán por afrontar su trabajo con máxima objetividad, olvidándose de disfrutar del arte que los llevó a dedicarse a ello en primer lugar. Pero tan absurdo es resolver una ecuación guiándose por el corazón como medir la calidad del séptimo arte desde una fría perspectiva matemática. En el caso de El gran showman, Barnum constituye una excusa perfecta para, al igual que hizo él mismo en su día, maravillar a los espectadores con atrayentes espectáculos que, por brotar en el seno de emociones tan familiares como el amor, el deseo, la envidia, la rabia o el miedo, resultan conmovedores. Claro, que para emoción, la de Hugh Jackman, quien llevaba años luchando por el sueño de llevar este musical a la gran pantalla y por fin lo ha hecho realidad, siendo su enérgica interpretación una de las grandes bazas del filme. Ya cantó en Los miserables (2012), pero aquí lo vemos más libre, disfrutando más que nunca, afortunadamente lejos de los constreñidos planos de Tom Hopper: quizá el debutante Michael Gracey carezca de experiencia, pero no cae en el error de arrebatar magia a aquello que la tiene por sí solo. En su salsa están también Keala Settle, Zendaya y, sobre todo, un Zac Efron más maduro que nunca, quienes brillan más como estrellas del pop que como actores pero saldan cuentas con ambas tareas. Sólo la sueca Rebecca Ferguson hubo de ser doblada durante su operística “Never Enough” (por Loren Allred, exconcursante de La Voz 3), pero ¡bravo por tan refinado “lip sync”! Entre eso, la majestuosidad de su vestido, la potencia de la canción y el elegante montaje entre su expresivo rostro y los de las dos mujeres enamoradas de los protagonistas, ambas tan ilusionadas como heridas, damos con uno de los momentos cinematográficos más memorables del año pasado.

    «El gran showman insta a ser soñador para rehuir el desolador destino que esa panorámica inicial entre la oficina del protagonista y el cementerio augura para quienes temen serlo». 


    Todas y cada una de las canciones de El gran showman son una delicia, cumpliendo el requisito de hacer avanzar la trama mientras nos sumen de lleno en el corazón de personajes que no necesitan mayor desarrollo que ese. Así, “The Greatest Show” y “Come Alive” hacen gala de ese sentido de maravilla desplegado; “A Million Dreams” insta a hacer realidad los sueños más absurdos; “The Other Side” recalca la esencia del show business forjando la importante relación entre los dos socios protagonistas; “This is Me” —por la que Benj Pasek y Justin Paul optan nuevamente al Óscar tras ganarlo el año pasado por el “City of Stars” de La La Land— destaca la necesidad de hacerse respetar aun siendo diferente; la mentada “Never Enough” pone de manifiesto la incapacidad humana de conformarse con lo que se tiene, haciendo estallar las dos historias de amor; “Rewrite the Stars” y “Tightrope” presentan las consecuencias derivadas de esto último, dando voz a dos personajes femeninos hasta entonces mantenidos en segundo plano, y finalmente “From Now On” marca un final que es también un nuevo comienzo. Al carácter seductor de las nueve canciones ayudan recursos como la introducción de sombreros, martillos, vasos y otros objetos como hipnóticos complementos sonoros, el uso del slow motion y el silencio para subrayar determinadas sensaciones o el montaje con el que se presenta el paso del tiempo, sea yendo del enamoramiento al embarazo o de los primeros pasos de ballet a la primera función. Tamaña fusión de nervio y encanto compensa el escaso estudio que el guion hace de la propia evolución de Barnum o de la crisis de identidad real que atraviesan tanto él como sus colaboradores (donde se encuentran personas de todas las formas, tamaños y colores, lo que el propio crítico al que da vida Paul Sparks termina calificando de “celebración de la humanidad”), recordándonos nuevamente que la historia es un pretexto para reivindicar el goce de las maravillas de la vida. Pese a sus lacras, El gran showman gusta y mucho porque insta a ser soñador para rehuir el desolador destino que esa panorámica inicial entre la oficina del protagonista y el cementerio augura para quienes temen serlo. ¿Que se ahonda poco en el propio sujeto? Cierto, pero es que la película no busca eso, sino honrar su sentido del espectáculo. Y a todas luces ahí triunfa. De hecho, es probable que el primero al que el resultado hubiera gustado es el propio Barnum. Dijo él en su día que «el arte más noble es el de hacer felices a los demás» y hay que hacer un gran esfuerzo (crítico) para no dejar la sala de El gran showman siendo ligeramente más feliz que como se entró. ¿Acaso no merece eso una crítica positiva? | ★★★★ |


    Juan Roures
    © Revista EAM / Los Ángeles


    Ficha técnica
    EE.UU., 2017. Título original: The Greatest Showman. Director: Michael Gracey. Guion: Jenny Bicks, Bill Condon. Duración: 105 minutos. Fotografía: Seamus McGarvey. Música: Benj Pasek, Justin Paul. Productora: Chernin Entertainment / 20th Century-Fox Film Corporation. Montaje: Tom Cross, Robert Duffy,Joe Hutshing, Michael McCusker, Jon Poll, Spencer Susser. Diseño de producción: Nathan Crowley. Vestuario: Ellen Mirojnick. Intérpretes: Hugh Jackman, Michelle Williams, Zac Efron, Zendaya, Rebecca Ferguson, Diahann Carroll, Fredric Lehne, Keala Settle, Yahya Abdul-Mateen II, Isaac Eshete, Katrina E. Perkins, John Druzba, Shawn Contois, Ethan Coskay, Jamie Jackson.

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