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    Crítica | 120 pulsaciones por minuto

    Tomar partido

    Crítica ★★★★ de 120 pulsaciones por minuto (120 battements par minute, Robin Campillo, Francia, 2017).

    No sabríamos si afirmar que corren buenos o malos tiempos para el activismo. Por un lado, las plataformas y los altavoces se multiplican, con las redes sociales como un enorme púlpito desde el que llegar a un antes inimaginable número de personas. Por otro lado, esos mismos nuevos espacios se criminalizan por parte de unas autoridades empeñadas por ponerle puertas al campo. Y así, mientras unos continúan tratando de gritar más alto, los de siempre continúan maquinando para apagar esas voces, leyes mordaza y otras triquiñuelas mediante. Y en medio de esta vieja batalla en campo nuevo, eso que ahora llaman fake news lo embarra todo dando alas a la desinformación. Así que, visto desde un punto de vista un tanto pesimista, el tuitero de hoy en día se enfrenta a los mismos problemas que los que llenaban las calles con panfletos en los años 90. Así que no, corregimos: aunque pasen los años, corren los mismos funestos tiempos para el activismo. Y en este preciso momento histórico en el que todo parece cambiar pero nada avanza, Robin Campillo ha creado una obra como 120 pulsaciones por minuto que, ante todo, es una oda a la resistencia y a la protesta como acto vital.

    ACT UP surgió en Nueva York en 1987 como grupo de acción directa que tenía como objetivo llamar la atención sobre la enfermedad del sida, que en aquellos años ya era una pandemia. Sus acciones fueron cobrando más y más protagonismo y pronto el movimiento se expandió a otras ciudades del mundo, como es el caso de París. Sobre este grupo de jóvenes parisinos pone el foco de Campillo. La forma que tiene de retratar la lucha de este grupo heterogéneo de personas le permite representar los lazos indisolubles entre la vida y la lucha (el activismo), entre el amor y el deseo (la irrefrenable juventud). Con ello, el discurso que propone es doble. Por un lado, y en su vertiente más transparente, la película sirve para poner de nuevo el foco sobre la propia enfermedad. Pese a que desde 2010 se ha producido un aumento del 84% en el número de personas que tienen acceso al tratamiento antirretrovírico para el VIH, en nuestro país la tasa de nuevos diagnósticos de VIH es superior a la media de la UE y de los países de Europa Occidental. Y aunque nos pueda sonar a algo pasado, a un problema propio de otras décadas, lo cierto es que 145.000 personas conviven con la enfermedad y en zonas como Europa Oriental y Asia Central las infecciones de sida se han incrementado exponencialmente en los últimos años. Por ello, películas como las del director francés son importantes para rescatar un tema que parecía haber caído en el olvido. Y lo son todavía más cuando se consigue trascender lo puramente anecdótico para construir una película compleja y que invita a la reflexión en distintos niveles. Nos alejamos, pues, de retratos puntuales o de historias que se enmarcarían en la experiencia individual para apuntar a lo colectivo. De este modo, el sida funciona como tema sobre el que se asienta una narración que siempre avanza desde la representación y el cuestionamiento de la lucha y la acción política como parte intrínseca de la existencia de sus protagonistas, como una forma de vida.

    «El fantasma de la muerte recorre cada plano como único elemento capaz de hacer derrumbar un castillo de naipes sostenido por la lucha constante en cada aliento. Campillo reivindica que esta existencia comprometida es la única manera de vivir, y al dotar a la imagen de cierto aire de atemporalidad apunta directamente a nuestro presente».


    Los primeros minutos de 120 pulsaciones por minuto se desarrollan dentro de un gran aulario donde distintos miembros del grupo discuten sobre las mejores estrategias a seguir en su objetivo de dar visibilidad a la enfermedad y luchar contra las grandes farmacéuticas. Pronto se esbozan dos grupos y se empiezan a crear corrientes de pensamiento: ¿acción pacífica o violenta? ¿Razonar o pelear? Campillo plantea estas escenas con el nervio de un thriller. Al igual que Laurent Cantet en La clase, de la que Campillo fue guionista, el director francés puntúa los debates con un montaje rítmico y constante que nunca resulta monótono o repetitivo para subrayar la importancia de la palabra, del intercambio de puntos de vista, pero siempre manteniendo una energía que hace imposible desconectar del incesante flujo de ideas y opiniones que atraviesan la pantalla. De ese modo, escenas con numerosos personajes hablando, con temas y alusiones que vienen y van, se plantean como si de una verdadera escena de acción se tratase, en este caso dialéctica, en la que nunca se pierde el hilo ni el interés. En medio de esa tensión, dos personajes comienzan a tomar protagonismo. La película gira entonces de lo político hacia lo personal con la historia de amor entre Sean (inmenso Nauhel Pérez Biscayart, quizás una de las grandes revelaciones actorales de la pasada edición del Festival de Cannes) y Nathan (Arnaud Valois). En cuanto se adentra en este viaje, la película alcanza su razón de ser para mostrarnos su verdadera piel. 120 pulsaciones por minuto cobija a todos sus personajes debajo de la armadura de la vida en militancia. En el amor, en la vida, en la salud, en la enfermedad… los personajes que recorren esta maravillosa película se muestran como entes políticos. Sin medias tintas, sin fronteras que separen una esfera de la otra. Lo íntimo, la lucha, lo emotivo y lo político se entremezclan en cada escena, ya sea en una asamblea, en la cama, en una manifestación o en la visita a un colegio. De este modo, la película no renuncia a la sensualidad de una escena de sexo ni tampoco a la fuerza de una manifestación. Y entre corte y corte, poco a poco se va haciendo más patente esa amenaza que sobrevuela todos los campos de batalla. El fantasma de la muerte recorre cada plano como único elemento capaz de hacer derrumbar un castillo de naipes sostenido por la lucha constante en cada aliento. Campillo reivindica que esta existencia comprometida es la única manera de vivir, y al dotar a la imagen de cierto aire de atemporalidad apunta directamente a nuestro presente. Quizás ese sea el gran acierto de Campillo, huir de moralinas, prescripciones y discursos simplistas sobre, en este caso, el sida, para construir un relato que apela a nuestras conciencias como individuos, a la rebeldía, la contestación y el activismo como la única manera de vivir en sociedad. Analizando de este modo su propuesta, podemos entender esa apuesta por cerrar la historia volviendo a aunar los dos elementos principales de los que hablábamos y lograr encontrar en medio de la tristeza y el duelo un resquicio a través del que, de nuevo, tomar partido. | ★★★★ |


    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / Cannes


    Ficha técnica
    Francia. 2017. Título original: 120 battements par minute. Dirección: Robin Campillo. Guion: Robin Campillo, Philippe Mangeot. Productora: Les Films de Pierre. Fotografía: Jeanne Lapoirie. Música: Arnaud Rebotini. Montaje: Robin Campillo, Stephanie Leger, Anita Roth. Reparto: Nahuel Pérez Biscayart, Adèle Haenel, Yves Heck, Arnaud Valois, Emmanuel Ménard, Antoine Reinartz, François Rabette. Presentación: sección oficial del Festival de Cannes. Duración: 143 minutos.


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