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    Crítica | El castillo de cristal

    Castillo de sotas y rey

    Crítica ★★★ de El castillo de cristal (The Glass Castle, Destin Daniel Cretton, 2017).

    En 2013 se estrenó una película titulada Short Term 12, una de las mejores cintas independientes de ese año, que lanzó a la fama a su director, Destin Daniel Cretton, y sobre todo a su protagonista, Brie Larson. La razón del éxito estribaba en contar una historia familiar, al menos en la línea de este tipo de cine, como sería la de relaciones personales a pequeña escala donde sus distintos personajes tratan de superar traumas, pero dado ahora la vuelta, puesto que la actriz principal encarnaba a una joven que ocultaba su propio trauma anterior para ayudar a los que la rodeaban… entre los cuales su propio novio la acompañaba en su labor y se mostraba siempre comprensivo con sus quebrantos y cavilaciones. Cuatro años después, Cretton y Larson se han reunido, la segunda ya con un Oscar bajo el brazo y la vitola de estrella reconocida, para adaptar las memorias de Jeannette Walls, redactora asentada en Nueva York que antes de alcanzar este cénit profesional y mundanal sufrió una infancia de lo más accidentada, impuesta por unos padres nómadas, sucedáneos de hippies de filosofía similar a la de aquel personaje interpretado por Viggo Mortensen en Captain Fantastic (Matt Ross, 2016). Pero si en aquel filme la esposa quedaba pronto ausente de la narración y la perspectiva era más masculina, en éste la responsabilidad parental se comparte en apariencia por los dos progenitores (Woody Harrelson y Naomi Watts), cuyos cuatro hijos son tres chicas y un solo chico.

    El castillo de cristal debería entonces adoptar un mensaje feminista acorde con su sentido del progreso, tanto por la rebeldía que demuestra Jeannette a medida que va creciendo hasta que se independiza, como por la propia mentalidad de sus padres, que rechazan toda convención a favor de una existencia libre de ataduras e imposiciones, mucho más formativa y experiencial. Sin embargo, esta peculiar familia acaba materializando la más antigua y anticuada de las normas: la del patriarcado, pues todos ellos están al fin y al cabo a merced de los caprichos de un hombre alcohólico y agresivo, por muy culto y fascinante que también pueda llegar a ser. El resultado es entonces opuesto al de Short Term 12, porque se parte aquí de una premisa heterodoxa, donde se podría decir que la realidad supera la ficción, para en el fondo caer en un tratamiento un tanto simplista y demasiado tradicional. Una cierta voluntad contradictoria se advierte así desde el comienzo del metraje, cuando vemos a Jeannette ya mayor y comprometida, en un restaurante de lujo cenando con clientes potenciales, hasta que sale a la calle y se topa con sus ascendientes ahora vagabundos, rebuscando en las basuras de la Gran Manzana. Entonces los ignora, pero el conflicto generacional ha quedado planteado y lo vamos a ir observando en su desarrollo mediante prolongados flashbacks, el primero de los cuales nos muestra a una Jeannette niña que por aquella época confía ciegamente en sus padres. Esto se revela en un accidente que tiene cuando está cocinando a cuenta de su madre, por el que sufrirá una quemadura irreversible pero anodina desde el punto de vista de la profunda compenetración que al menos por ahora se profesa la familia.

    «Son también atractivas las aportaciones actorales, desde las siempre fiables Larson o Watts hasta Harrelson que se luce con el papel más enérgico, el de ese hombre al que todavía no sabemos muy bien si odiar o amar. Empero en esta disyuntiva se adivina el punto más censurable».


    En el marco de esta dualidad anunciada así desde el principio (relación cercana y dependiente en el pasado/relación lejana y enemistada en el presente), asistimos a otra contradicción menor: la que supone que los padres lleven a su hija al hospital para tratar su herida, y la saquen de ahí precipitadamente cuando el doctor les llama la atención sobre el poco cuidado que prestan a sus hijos… por mucho que esta mecánica interacción da por sentado que aquellos ya están al tanto de la adversidad que sus métodos e ideas suscitan en la sociedad. Es un detalle significativo para el desenlace que nos espera, porque anticipa que estos personajes a priori quieren vivir por su cuenta y su antojo, aun cuando su conducta roce la ilegalidad, salvo cuando las cosas se pongan demasiado feas y entonces tengan que acudir a la protección del sistema establecido. Fijada así la dialéctica narrativa, Cretton y su coguionista Andrew Lanham van entrelazando los dos tiempos del relato mediante bellas elipsis y paralelismos visuales (véanse por ejemplo las maletas por hacer o deshacer o la zanja vacía o repleta que ligan las transiciones). La historia discurre así por un lento y armonioso crescendo dramático mientras la prole va progresando y adquiriendo conciencia de sus posibilidades, y en verdad es disfrutable la dinámica que se desarrolla entre ellos, apoyada por una decoración a ratos exótica y casi siempre acogedora.

    Son también atractivas las aportaciones actorales, desde las siempre fiables Larson o Watts hasta Harrelson que se luce con el papel más enérgico, el de ese hombre al que todavía no sabemos muy bien si odiar o amar. Empero en esta disyuntiva se adivina el punto más censurable, que adelantábamos a través del contraste anterior. Poco a poco este último personaje va cayendo cada vez más en la degradación, con episodios de auténtica violencia de género que se trivializan por el “divertido” sometimiento al que se somete al personaje de Watts. Si en un momento inicial, poco después de aquel incendio fortuito, el señor Walls le advierte a su hija que debe cuidarse de los monstruos que la rodean, queda claro que él es uno de ellos, como el mismo confirmará después. Pero la narración avanza hacia una especie de glorificación de este hombre (patente en unas desafortunadas imágenes finales de archivo), en apariencia justificada en los momentos anteriores en que hemos presenciado sus ocurrencias y comportamientos más valiosos, así como en momentos posteriores en los que incurre en una filantropía inesperada… sólo para quien sigue siendo un monstruo. Se argumenta que en el fondo era un gran padre aunque tuviera sus fallos y condenara a su familia a la intemperie y la depresión, por todo lo bueno que hizo… cuando en realidad esto es lo que debe esperarse de un padre a secas. En otras palabras, no puede verse como compensación lo que un padre razonable ya hubiera realizado por sí solo, por lo que en lugar de llevar a sus últimas consecuencias esos episodios más negativos, que deberían haber conducido a la condena total de este individuo, se apuesta por ignorarlos o tergiversarlos, restándole buena parte del poderío emancipador a esta tal Jeannette Walls con la piel de Brie Larson. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Título original: The Glass Castle. Dirección: Destin Daniel Cretton. Guion: Destin Daniel Cretton y Andrew Lanham (basado en la novela de Jeannette Walls). Productoras: Lionsgate / Netter Productions. Fotografía: Brett Pawlak. Montaje: Nat Sanders. Música: Joel P. West. Diseño de producción: Sharon Seymour. Dirección artística: Charlotte Rouleau. Decorados: Suzanne Cloutier. Vestuario: Joy Cretton y Mirren Gordon-Crozier. Reparto: Brie Larson, Woody Harrelson, Naomi Watts, Ella Anderson, Chandler Head, Max Greenfield, Josh Caras, Sarah Snook, Brigette Lundy-Paine. Duración: 127 minutos.


    Clermont

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