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  • Cómo hilvanar la conexión y la desconexión.
    El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson.

    We need to talk about Thelma.
    Thelma, de Joachim Trier.

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    Heartstone, de Guðmundur Arnar Guðmundsson.

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    El interminable descrédito de Peter Jackson

    El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos
    Solicitar parada

    Ya está. Se acabó. Buenas noches y buena suerte en taquilla. Disculpe, yo me bajo aquí. Porque se ha acabado, ¿no? No sé ustedes, pero yo desconfío de las sagas que terminan mostrando operísticamente el nombre del director en lugar de con un "The End" sobre gran plano general con el vivo alejándose moribundo y sin girar cuello, que es como resistirse a pedir perdón a quienes una vez se hirió por estar en Babia. Desconfío, en fin, de todos aquellos no-finales e incluso de cualquier película mediana que, sin apenas recorrido comercial, se aventura a vaticinar una segunda vez. ¿Qué esperaba yo, tras exprimir Jackson lo impensable (8 horas, unas 480 páginas de guión) un libro de sólo 300 páginas? Miren, en Hollywood a menudo sopla el viento a favor, pero nunca se sabe por dónde o por qué sopla así. Hay que tirar del hilo al tiempo que se masajea al público, y a veces ni eso. El buen taquillaje legitima el absurdo, como son tres películas llenas de instantes vacíos, al ralentí y apoyadas sobre fanfarria new age. Les trae sin cuidado ser fiel o no al material preexistente, o suplir con hostias las carencias narrativas, si con ello se aseguran unos cuantos millones más. En ese aspecto El Hobbit no ha sido muy diferente a otros productos de fácil digestión y extensibles cual goma de mascar kilométrica Boomer. Quizá se inventen ahora un entreacto/spin-of/reboot que nos aporte más información sobre la búsqueda de Trancos por parte de Légolas, retratando su amistad enfrentada a las malas nuevas que arrecian día sí, día también desde muchos puntos cardinales por donde Tolkien trazó su épico universo.

    Ser hobbit es ir descalzo por la vida

    Y contemplar asimismo el sumario corruptor de Saruman (fíjense bien en las ojeras infernales de Christopher Lee en Las dos torres en contrapunto a su desenfoque facial, ¡qué piel!, en El hobbit: Un viaje inesperado) a propósito de su ingreso en ese hampa regentado por monstruos cada vez más feos aunque menos intimidantes, mientras Frodo se convierte en un hobbit (sam)sagaz e intrépido y su tío Bilbo se corrompe lenta y gradualmente a causa del "anillo único", que utiliza para escabullirse de situaciones digamos embarazosas, como robar un requesón o finiquitar bodorrio tomando las de Villadiego. Yo, de existir en la Tierra Media, hubiera sido hobbit con total seguridad. Aquí donde me leen soy bastante previsor, no se crean. De esos que marchan con paraguas los días grises aun no prometiendo lluvia. De esos que en época de bonanza llenan la despensa por el simple gusto de mirarla y sentirse a salvo de cualquier hambruna más o menos intempestiva. Sé que lloverá. Es mi certidumbre, mi rutina: sentarme a contar geranios mientras los vecinos pululan de una parcela a otra; y así día tras día. Porque, ¿qué es un hobbit sino un soñador que lo sueña todo desde el sofá, incluyendo el Apocalipsis y la ya inasible jubilación anticipada? Hay quien relaciona estos detalles con una cierta tendencia melancólica, qué se yo, acaso una atracción silente por el costumbrismo fatalista. En realidad no es más que una excusa para abrir mi paraguas y sentirme Bolsón lejos de La Comarca, aunque con la mochila plena de víveres y artilugios que tal vez me sirvan en un futuro muy próximo.

    Vuelta a empezar

    En tales situaciones, si me reprochan mi actitud, yo siempre me disculpo echando mano al DNI, que define caracteres sólo con mirar una casilla. "Ah, nació usted en los 80. Lo que hay que aguantar, ¿eh? Le acompaño en el sentimiento". Y me mantengo sobre aviso, nervioso incluso, como Gollum en Nochevieja cuando le toca sumergir el anillo en su copa de sidra. Así estamos, así. Con estos de Hollywood nunca se puede cantar victoria. Tiene un sentido del humor bastante sádico. Dejan caer los párpados como malos malísimos de cine y, de improviso, resucitan para asestarte otra puñalada de ocho horas con sabor a moneda de chocolate. Vigilen pues sus muros, sus TL's, sus buzones, sus whatsapps: el día menos pensado reaparece Peter Jackson diciendo "¡esto no fue todo amigos!", y entonces volverán a sonar las cornetas de los blogs y revistas que, con el cuchillo entre los dientes y el contador a cero, pregonarán no ya vientos de cambio sino nuevos viejos vendavales. Si ya lo decía la voz en off: "Un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas".


    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid


    Clermont

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