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    Crítica | Run & Jump

    Run & Jump

    La insoportable fragilidad del ser

    crítica de Run & Jump | Steph Green, 2013

    La repetición reiterada —e inconsciente— de una conjunción (valga como ejemplo la descendiente de la letra griega ípsilon: Y —recientemente reconocida como Ye—) en un ejercicio narrativo, puede ralentizar la lectura y dificultar la comprensión del mismo, desaliñando el relato y rompiendo con su fluidez y cohesión. También puede ocurrir, siempre y cuando se posean las cualidades retóricas necesarias, que la misma repetición, ahora de forma intencionada, dé como resultado una brillante composición poética que, por medio del polisíndeton, juegue caprichosamente con las palabras, recreándose en los adjetivos y resaltando cada uno de ellos para inferir, de esa manera, un efecto completamente antagónico al ejemplo anterior por medio de una cadencia pausada, grave y reflexiva. Así, el inigualable Francisco de Quevedo, escribió aquello de: Soy un fue y un será y un es cansado. / En el hoy y mañana y ayer junto / pañales y mortaja y he quedado / presentes sucesiones de difunto. Este serventesio representaría el delicado estilo con el que la directora irlandesa Steph Green debuta en el largometraje con Run & Jump, película que, como hizo Quevedo en el Siglo de Oro —todo fue inventado en aquellos años dorados—, incide insistentemente en los sentimientos de sus personajes al tiempo que hace un exhaustivo estudio de cada uno de ellos, sin dejar que la redundancia emocional deteriore el visionado. Todo lo contrario, consigue que cada plano quede embellecido por la sinceridad, la energía, el optimismo o la vulnerabilidad de cada mirada, caricia, sollozo o sonrisa.

    Resulta difícil establecer quién es el auténtico protagonista de la historia, el guion nos dice que es Vanetia —y hay que reconocer que la exultante Maxine Peake trenza un trabajo asombroso—, un ama de casa que, tras el derrame cerebral de su marido, se convierte en el motor principal de una familia a la que tratará de mantener unida en todo momento, aunque para ello tenga que aprender a reír exteriormente mientras en su interior sufre una crisis nerviosa. Ella es ese “es cansado”, que un día fue un “es feliz” y cuyo “será” está pendiente de cómo afronte y supere (si es capaz) el agotamiento anímico. Esto será la clave para comenzar con su nueva vida. Sin embargo, la cámara de Kevin Richey nos va revelando nuevos personajes que no parecen dispuestos a conformarse con un protagonismo secundario, como Conor, el marido en cuestión, un carpintero que de la noche a la mañana sufre una regresión intelectual que lo incapacita para llevar a cabo las tareas propias de la etapa adulta, pasando de ser un padre modélico a una versión repentina de Yo soy Sam (I Am Sam, 2001), una infantilización que, pese a permitirle tener conciencia de su cambio de personalidad, le hace víctima de un comportamiento que en nada se diferencia del exhibido por los abusones que se meten con su hijo: Lenny, un joven muy maduro que aguanta estoicamente esas ignominias y las oculta para evitar que los que se preocupan por él sufran por su culpa, del mismo modo que hacía Zach en la genial obra de Jean-Marc Vallée, C.R.A.Z.Y. (2005). Completa la familia la pequeña Noni, una niña imaginativa cuya inocencia la mantiene al margen de la seriedad de la situación y le permite disfrutar de un nuevo papá al que parece ser la única en entender. Entre todos, como una mosca en la pared, está Ted, un psicólogo americano que viaja a Irlanda para documentar (24 horas al día durante dos meses) el proceso de adaptación de Conor. Por todo ello, es justo otorgar un protagonismo conjunto a los mencionados personajes o, como parece más indicado, a esos nexos o sentimientos que surgen entre todos y cada uno de ellos para con el resto.

    Run & Jump

    Elegante y cercana, consigue el claro propósito de dar esperanza a aquellos que ya habían perdido la fe en la sinceridad de las relaciones más desinteresadas, ésas en las que (¡qué locura!) se antepone altruistamente la felicidad de la pareja a la propia y personal. Esa cálida y cariñosa parte queda contrastada con el frío componente científico representado por un sobrio e impecable Will Forte, que parece haber encontrado su camino hacia una prometedora carrera como actor dramático que inició magistralmente con Nebraska. Sugerente y evocador retrato —paseo nocturno en bicicleta incluido— de las relaciones y los lazos familiares, representado por una directora que ahoga los excesos melodramáticos en un humor y optimismo tan refrescantes como incómodos. Versión de bajo presupuesto de las recurrentes magno-autobiografías mostradas por el séptimo arte sobre la fragilidad humana y lo delicado del cerebro, que actúa de contrapunto a biopics como La escafandra y la mariposa (Le scaphandre et le papillon, 2007), o la sensacional ópera prima del compatriota de Green, Jim Sheridan, Mi pie izquierdo (My Left Food, 1989), y manifiesta que no importa el poder económico o social que se tenga, ya que todos estamos igual de indefensos ante la implacable actuación natural del ciclo de la vida. La concepción narrativa —correspondiente a un pequeño fragmento de ese todo circular— reside en la importancia de un discurso moral (en absoluto gratuito) que no permite que las adversidades argumentales de la película jueguen la abyecta baza de la demagogia, resolviendo los momentos más lacrimógenamente susceptibles con ese ingenio sardónico que nos hace sonreír y pensar que todo va a salir bien.

    Y así será si hacemos caso al título de la cinta mientras corremos y saltamos. Una acción que supone la entrada a un lugar privado en nuestro interior, un necesario refugio que todos tenemos (o deberíamos tener), donde poder recurrir cuando la realidad tangible de la situación nos supere. Una guarida secreta, ya sea un muelle donde lanzarnos al agua, un taller que nos abstraiga del exterior, un libro que nos transporte a otra fecha o lugar, o una persona, cuyo fugaz paso por nuestra vida cree un idealizado recuerdo que permanezca con nosotros siempre que necesitemos evadirnos, por un momento, antes de seguir haciendo frente al polisíndeton de albures que nos plantea la rutina diaria. | ★★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    Dublín (Irlanda)

    Irlanda. 2013. Título original: Run & Jump. Director: Steph Green. Guion: Ailbhe Keogan y Steph Green. Productora: Coproducción Irlanda-Alemania; Samson Films / Bavaria Pictures. Fotografía: Kevin Richey. Música: Sebastian Pille. Montaje: Nathan Nugent. Intérpretes: Maxine Peake, Edward MacLiam, Will Forte, Sharon Horgan, Clare Barrett, Joseph Kelly, Ruth McCabe. Presentación Oficial: Tribeca Film Festival 2013.

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