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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Her

    Her, de Spike Jonze

    Amor utópico

    crítica de Her, de Spike Jonze, 2013

    Hace tiempo, me contaron una anécdota sobre un famoso guionista que tenía sueños constantes en torno a una idea brillantemente original, pero que frustrantemente por la mañana nunca recordaba. Decidió entonces colocar papel y lápiz en su mesilla pensando que así podría registrar inmediatamente la increíble historia que se desarrollaba en su cabeza mientras dormía, y una noche, efectivamente, consiguió garabatear unas palabras en mitad de su sueño, medio sonámbulo. Cuando a la mañana siguiente comprobó lo que había escrito, sorprendentemente eran sólo tres palabras: chico conoce chica. Pues bien, la moraleja de este cuento no es otra que recordarnos que en la base de un sinfín de películas, desde las más anodinas y sencillas hasta las más innovadoras y celebradas, siempre hay una historia de amor. Lo que cambia simplemente es su envoltorio. Con este dato bien presente, el selecto director Spike Jonze parte en su cuarto largometraje de una premisa aparentemente rompedora: la de un hombre que se enamora de un sistema operativo. Una circunstancia que a primera vista puede parecer inverosímil, pero que enseguida deja de serlo cuando se desarrolla de manera tan tierna y honesta como en Her. Como la necesidad de cariño y compañía es algo que está siempre ahí, de algún modo debe satisfacerse en un mundo caracterizado tanto por un desarrollo tecnológico exponencial como por una creciente alienación social. En un futuro no muy lejano, lo que le ocurre al protagonista de esta película bien podría ocurrirnos a alguno de nosotros.

    Pero para empatizar con esta posibilidad, también es importante establecer un enlace fuerte entre dicho protagonista y su contexto. En muchas películas que podrían calificarse de ciencia ficción, un problema común es la incapacidad de transmitir de forma plenamente eficaz su mensaje, derivado de las experiencias de un personaje concreto pero supuestamente válido para toda una sociedad. En otras palabras, es frecuente quedarse a medio camino al intentar adecuar la resolución de un conflicto dado con una visión más general y trascendente. En este filme, sin embargo, Jonze lo resuelve con escenas puntuales pero explícitas en las que vemos que otras personas están pasando por algo parecido, ya sean sujetos anónimos o personajes más o menos cercanos a Theodore, que es como se llama el personaje principal. Y al mismo tiempo, esto se realiza sin desenfocar su caracterización. Uno de los grandes méritos de Her es, por tanto, el equilibrio que consigue, por así decir, entre lo micro y lo macro. No es tarea fácil ni en un sentido ni en otro, pues de hecho Jonze ha comentado que tuvieron que cortar bastantes elementos ambientales del metraje para encontrar su justa medida. Asimismo, ello se logra alternando no sólo vivencias a diferentes niveles sino imágenes concretas: planos detalle simbólicos de elementos visiblemente desconectados, como manchas en el suelo o polvo flotando, con planos generales descriptivos de una ciudad de Los Ángeles dominada por los rascacielos, en los que fácilmente intuimos otras tantas personas sufriendo trances similares.

    Her, de Spike Jonze

    La trama transcurre, casi en su totalidad, en esta gran urbe californiana, aunque parte de la fotografía se realizó en Shanghái, para dar la adecuada dosis futurista a la localización. Con probabilidad sea esa la razón por la que en ella figuran bastantes asiáticos, pero lejos de descolocar geográficamente, ello alienta la sensación de estar presenciando una urbanización inminente. En su representación del futuro, Jonze y su equipo toman otras decisiones afortunadas, principalmente al apostar por una estética retro muy creíble, que refuerza la nostalgia que recorre la película. Por ejemplo, sus personajes visten con pantalones de talle alto, y en una secuencia en la playa varios llevan trajes de baño veinteañeros. Los interiores están por lo demás decorados con colores cálidos, texturas plásticas, formas suaves y espacios amplios: en definitiva, con un atractivo minimalismo que acompaña el sentimiento de soledad del drama. Pero lo que caracteriza al mundo que vemos en pantalla es sobre todo su interacción virtual, que a veces se desdobla en varias voces como en esa hilarante escena en la que un muñeco de videojuego interviene en la conversación entre Theodore y su informatizado objeto de afecto, que se ha dado como nombre Samantha y que cuenta con la voz de Scarlett Johansson.

    La relación que se establece entre ambos abarca casi todos los espectros posibles, en sucesivas secuencias dialogadas pensadas cada una para un estado de ánimo distinto, apoyadas por algunas secuencias de montaje insonoras. Véase, por ejemplo, la rápida evolución entre la escena en la que Theodore acepta citarse con una especie de actriz que interpreta el papel de Samantha, a petición de ésta para proporcionarle a aquel una compañía física, y la escena siguiente en la que, tras no haber salido la cita como se esperaba, ambos dan por bueno el estado incorpóreo de Samantha. De hecho, la película se estructura a menudo en contrastes, visualmente tratados por analogía. A este respecto conviene citar otros dos ejemplos. En primer lugar, la comparativa entre una secuencia temprana en la que Theodore mantiene un chat sexual con una desconocida de gustos poco convencionales; y la secuencia posterior en la que él y Samantha intiman de manera mucho más orgánica: tal es la simbiosis que se alcanza entre ambos que hay un prolongado fundido en negro para que solo oigamos sus voces y así queden los dos equiparados. Y en segundo lugar, cabe mencionar la oposición entre una secuencia en la que Theodore le confiesa a su exmujer que está “saliendo” con un “ordenador”, y aquella en la que se lo revela a su mejor amiga, Amy: las reacciones de ambas son muy distintas, pero vuelven a mostrar en cualquier caso la aceptación que puede generar este hecho. Más precisamente, Amy ha trabado a su vez amistad con un sistema operativo, y por ello es lógico que muestre complicidad.

    Her, de Spike Jonze

    Parte de ello se debe también a la humanidad que emana de Samantha. En este sentido resulta clave la interpretación de Johansson, encargada de componer un personaje complejo y a la vez cercano usando solamente su voz. Su creación es más juvenil y rebelde de lo esperable, no sólo por las características que cabría atribuir a una herramienta que supuestamente debe estar al servicio de su dueño, sino porque su intervención en la película fue tardía, sustituyendo en postproducción a Samantha Morton, que había proporcionado una voz más sumisa y maternal. La dinámica entre ella y Theodore, que al principio estaba concebido como un personaje mayor y más apagado, es por tanto más conflictiva, y da por ello más juego. Y la labor de Joaquin Phoenix, en el papel del protagonista, no resulta menos esencial para que dicha relación funcione: lo hace gracias a la generosísima entrega del actor, transformando un hombre que podría haber sido excéntrico y antisocial en alguien melancólico pero entrañable. La expresión de sus sentimientos se ve además, de forma hábil, apoyada por una música deliciosamente enérgica y por una alternación casi imperceptible entre la cámara fija y la cámara en movimiento. Este dato, así como los fugaces flashbacks que se intercalan ocasionalmente con el sello del efecto Kuleshov, trasladan al campo de la técnica esa dualidad de motivos y significados que define toda la película.

    Pero volviendo a la relación entre Theodore y Samantha, si la mayor pega que se le puede poner es que quizás le falta algo para conmovernos plenamente, es un defecto casi justificado en una interacción en la que, recordémoslo, sólo una de sus partes es un ser humano. Es pues normal que haya algún tipo de carencia que, sin embargo, sea difícil identificar. Por otro lado, el motivo principal por el que Theodore se enamora de Samantha es porque ella consigue que él sea capaz de volver a entusiasmarse y maravillarse por lo que le rodea y lo que siente: una capacidad en la que había perdido toda esperanza tras la desilusión de su matrimonio. Como ella funciona nutriéndose de las experiencias que le van sucediendo, y es él quién se las va transmitiendo, no tiene más remedio que ver las cosas de una manera fresca y distinta. En otras palabras, ambos van rellenando huecos y vacíos, aunque sea con distinto propósito y perspectiva: uno reviviendo lo conocido y otra viviendo lo desconocido… Al fin y al cabo, todo el discurso de Her traza una línea difusa entre lo tópico y lo utópico, o simplemente entre lo próximo y lo lejano. Y su mencionado equilibrio se sintetiza en una secuencia final en la que, tras una simetría narrativa, aparece, esta vez sí, una interpretación rotunda: el objetivo no es sólo reencontrarse y reconciliarse con uno mismo, sino reencontrarse y reconciliarse con la humanidad. ★★★★

    Ignacio Navarro
    redacción Madrid

    Estados Unidos, 2013, Her. Director: Spike Jonze. Guión: Spike Jonze. Productora: Annapurna Pictures. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Owen Pallett & Arcade Fire. Reparto: Joaquin Phoenix, Scarlett Johansson, Amy Adams, Rooney Mara, Chris Pratt, Olivia Wilde, Matt Letscher, Kristen Wiig. Presentación oficial: Festival de Nueva York 2013.

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