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    Crítica | Una cuestión de tiempo

    Una cuestión de tiempo

    LA FAMILIA DEL VIAJERO EN EL TIEMPO

    crítica de Una cuestión de tiempo | About Time, Richard Curtis, 2013

    Hace unos años, casi veinte ya, Richard Curtis y su equipo de colaboradores habituales inventaron (o mejor dicho, reinventaron) la comedia romántica británica, de la mano de Cuatro bodas y un funeral, película que estableció los ingredientes básicos de cualquier cinta del género que se precie: protagonistas masculinos en las antípodas del machoman guaperas de las comedias yanquis (cristalizados como nadie por Hugh Grant), protagonistas femeninas encantadoras y casi siempre americanas —de Andie MacDowell a la mismísima Julia Roberts—, historias de amor pastelosas sin llegar a ser intragables, y, sobre todo, toneladas de encanto puramente británico. Durante casi una década, la fórmula les funcionó más que bien, llegando a su cumbre con la madre de todas las comedias románticas “made in Britain”: Love Actually. Parece, sin embargo, que con ella el género tocó techo, siendo sustituido por la comedia soez, en la que la trama —si es que la hay— se convierte en una mera excusa para que los personajes hablen de las toneladas de sexo que practican, con un lenguaje y una actitud cuanto más vulgares mejor. Buen ejemplo de ello son cintas como Con derecho a roce, Sin compromiso o la horrenda Dime con cuántos, esta última a mayor gloria de Anna Faris y su rostro desfigurado por la cirugía.

    Intentando recuperar el terreno perdido, Curtis ha vuelto por sus fueros con Una cuestión de tiempo, que incluye todos los elementos antes citados. El protagonista de la historia es Tim (Domhnall Gleeson, hijo del también actor Brendan Gleeson), un joven que, al cumplir 21 años, recibe de su padre (Bill Nighy) una desconcertante noticia: los hombres de su familia pueden viajar en el tiempo a momentos anteriores de sus vidas. Evidentemente, Tim aprovechará su recién descubierta habilidad para enmendar todo tipo de errores y desbarajustes, entre ellos los que se dan en su relación con Mary (Rachel McAdams), que se convertirá en el amor de su vida a pesar de las complicaciones que supone su especial condición, que por supuesto ella desconoce. De por medio, la muy británica familia de Tim, sus muy británicos amigos, y los paisajes de Londres y Cornualles como fondo. Todo muy británico, vamos.

    Una cuestión de tiempo

    El principal problema de Una cuestión de tiempo es que, más allá de lo indicado en el párrafo anteror, carece completamente de un argumento definido, incluso de un género concreto. A partir del momento en que Tim descubre que puede viajar en el tiempo, la película se convierte en una serie de set pieces que van planteando pequeñas situaciones, y cómo Tim aprovecha su habilidad para solucionarlas. No hay un conflicto, no hay una historia que contar, ni siquiera hay un enredo amoroso azucarado, porque incluso éste se resuelve en poco más de un cuarto de hora. Sólo hay una serie de pequeñas desdichas que, gracias a los saltos temporales, se arreglan de forma más o menos feliz. Eso, unido a la falta de química entre la pareja protagonista, hace que el espectador se desentienda de la película bastante deprisa, y una vez perdido el interés es casi imposible recuperarlo. Tampoco ayuda el que, en general, la mayoría de personajes secundarios, que suelen ser los que les dan color a este tipo de cintas, sean planos y sin gracia; especialmente sangrante es el caso de Kit Kat (Lydia Wilson), la hermana de Tim, a la que nos quieren vender como el personaje excéntrico / adorable / gracioso de la película, en la vena de los que interpretaron Charlotte Coleman en Cuatro bodas y un funeral o Rhys Ifans en Notting Hill. Desgraciadamente, lo único que consigue Wilson es irritar con su sola presencia cada vez que aparece en pantalla; incluso Curtis parece acabar dándose cuenta de ello, ya que su personaje termina degenerando en simple fondo hacia el último tercio de la película.

    Una cuestión de tiempo

    Como contrapartida, el siempre excelente Bill Nighy proporciona los mejores momentos de la cinta. En sus escasos veinte minutos en pantalla, Nighy ofrece un auténtico recital, encarnando al padre perfecto con una mezcla de ternura y buen humor que hace del suyo un personaje absolutamente entrañable, reverso familiar del desquiciado aunque encantador rockero en horas bajas que encarnó en Love Actually. Es también el catalizador del momento más emotivo de la película, el único que logra arrancar una reacción en el espectador, más allá del bostezo; una escena que provoca un pequeño nudo en la garganta, porque todos hemos querido poder volver a abrazar, volver a ver, ni que sea por un momento, a un ser querido al que hemos perdido. Nighy se convierte en el verdadero corazón de la película, hasta el punto de que lo único que consigue arrancar una sonrisa aparte de él es el divertido cameo a dos bandas de Richard E. Grant (al que los fans de Doctor Who reconocerán por haber interpretado recientemente al Dr. Simeon, villano de la última temporada) y el recientemente fallecido Richard Griffiths (también reconocible a los fans de otra gran franquicia fantástica británica, Harry Potter, como el insoportable tío Vernon).

    Hay quien dirá que los tiempos han cambiado, que el momento de la rom-com británica ha pasado. Algo de cierto hay en eso, aunque todos sabemos que las modas son cíclicas, y que es más que probable que dentro de unos años volvamos a encontrarnos con una nueva oleada de películas del género. El problema de Una cuestión de tiempo es otro. Por mucho encanto que le eches, por muchas bellas estampas de Gales que aparezcan, incluso por muy buenas que sean las intervenciones de un secundario de lujo como es Bill Nighy, la cinta carece completamente de interés. No es que sea una película para ver y olvidar, es que te estás olvidando de ella a cuarenta minutos de que termine. Y eso no hay espectador que lo resista. Por muy británico que sea. ★★★★★

    Judith Romero.
    redacción Londres.

    Reino Unido, 2013, About Time. Director: Richard Curtis. Guión: Richard Curtis. Productora: Translux / Working Title Films. Fotografía: John Guleserian. Música: Nick Laird-Clowes. Montaje: Mark Day. Intérpretes: Domhnall Gleeson, Rachel McAdams, Bill Nighy, Lindsay Duncan, Richard Cordery, Lydia Wilson, Joshua McGuire, Tom Hollander, Margot Robbie, Will Merrick, Vanessa Kirby, Tom Hughes.

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