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    Crítica | El gran Gatsby

    El gran Gatsby

    PERCUSIÓN Y VARIAS TONELADAS DE SERPENTINA

    crítica de El gran Gatsby | Baz Luhrmann, 2013

    Una recta figura se erige al final del embarcadero. No hay presencia de botes, ni nada que altere la quietud. En la intimidad del muelle se perfilan los rasgos de un hombre que trasunta elegancia y misterio, que parece contemplar absorto una luz verde en plena madrugada, en la bahía de Long Island. Apenas se oye el rumor de las olas, y la brisa llega dispuesta a despeinar a cualquier presumido. La silueta es La Silueta. Gatsby. El hombre de las reuniones multitudinarias y circenses, ese “fantasma” del que todos cuentan malicias y bulos, el anfitrión de la gran fiesta interminable. Puntual y breve como un fin de semana. Jay Gatsby representa sin censura la soledad del sueño americano. Es un nuevo rico cuyo pasado se moldea a gusto del oyente. Nadie conoce a Gatsby, pero todos aman su opulencia: champán, trajes a medida, camisas rosas, coches veloces, contactos de oscura reputación, cuando no proscritos que manejan el negocio desde la clandestinidad. Allí está Gatsby, intentando atrapar ese minúsculo faro ante la mansión de Tom Buchanan y su mujer, Daisy. El agua se agita con el peso de una alfombra empapada de aceite: culpa del píxel, es decir, de los efectos digitales. La imagen en sí no puede resultar más falsa. La voz en off expresa los sentimientos que no logran transmitirnos mediante encuadres, luces —mezcla de colores, algo que nos estallará en la retina—, movimientos dignos de un cabaret lleno de bailarines y discípulos de un John Galliano que conversa de tú a tú con Agatha Ruiz de la Prada. Una atmósfera ideal para Moulin Rouge, donde habitaban los freaks y la tuberculosis, y donde la pelirroja Nicole Kidman cantaba a dúo con Ewan McGregor. Esa estética, esa ejecución agresivamente pomposa quedaba justificada en París, bajo el cancán y la bohemia del escritor romántico. En aquella baldosa que parecía un mundo, Baz Luhrmann se movía con gran habilidad. Su lenguaje reúne las características del videoclip elevado a liturgia del vedetismo.

    ¿Qué pinta este cineasta adaptando una obra de F. Scott Fitzgerald, quizá el escritor más elegante que ha existido jamás? Se me escapan las razones —o no, puedo hacerme una ligera idea—. En cualquier caso, conviene alejarse de esa turba que ya había cargado las tintas, e incluso los rifles (sé que han fantaseado con tal situación) mucho antes de ver a DiCaprio y Carey Mulligan en sus respectivas emulaciones de Jay Gatsby y Daisy Buchanan, en tanto que Tobey Maguire se introduciría en la piel de Nick Carraway, narrador más o menos inconsciente del romance que protagonizan sus amigos, cuya frágil tesitura convierte la novela no ya en crónica de aquel sugerente decenio que sonaba a música de jazz, sino en la apoteosis del creador llamado a grandes empresas: todavía hoy El gran Gatsby ejerce una suerte de fascinación por la minuciosidad, la concreción, la técnica y la belleza. Los rasgos que definen al bon vivant de la literatura. Y, sin embargo, Luhrmann ofrece cosas muy distintas desde el minuto uno. Desluce el texto con motivos florales, toneladas de serpentina, encajes y estampados barrocos, y sobreimpresiones que remiten a cinematografías pretéritas. El salón de Gatsby es el Moulin Rouge con ritmos sincopados: Jay-Z —productor de la BSO— aporrea los bafles y Lana del Rey, hace lo propio. Para entonces ya has intuido que por allí deben circular toda clase de sustancias. Fíjense si no en ese discípulo hipster de Beethoven, o en ese maestro de ceremonias que insta a bailar foxtrot mientras Gatsby contempla los grupos de estrellas de cine, alcaldes, comisarios, buscavidas, “mujeres de bien” y “mujeres de bien” que no lo son tanto; una fauna grotesca y extrañamente sensual. Incluida esa virtuosa del pavoneo llamada Jordan Baker, que interpreta con precisión Elizabeth Debicki.

    El gran Gatsby

    Asimismo, justo después del clímax pienso en la nieta de Fitzgerald, quien al aparecer se acercó a Luhrmann tras el estreno del filme en Nueva York, para decirle que a este primero le habría gustado su película, su gusto para interpretar el tempo de los felices años 20 (esto último es cosecha propia). Supongo que la anciana conocía bien al autor de Suave es la noche. Mejor que nosotros, por descontado. Aunque tengo mis dudas respecto a la hipotética opinión de Fitzgerald. La película hace aguas en innumerables ámbitos, pero mantiene el pulso gracias a sus intérpretes. Carey Mulligan se esfuerza, aunque no es la Daisy de nuestros sueños. DiCaprio sí posee la envergadura de Gatsby. Tobey Maguire pone cara de Tobey Maguire. Es decir, de oligofrénico con tendencias suicidas. A Joel Edgerton le sobran aptitudes Lástima que el montaje sea un sprint excesivo, primero un sucedáneo de Michael Bay y más tarde una consecución de escenas sobreproducidas, que se alargan vilmente. Y antes del final, una sombra en la arcada de la bahía, bajo un cielo estrellado donde cada dos por tres surgen nuevas luminarias que morirán, o dejaron de existir hace algún tiempo, o simplemente están de viaje. Luhrmann se presentó orgulloso en Cannes. Declaró que cada vez que inicia un proyecto, su idea es la de economizar al máximo, pero que los gastos crecen y crecen y crecen, y cuando se percata del asunto ya es demasiado tarde. Y surgen películas como El gran Gatsby. ¿Mala? No. ¿Hortera? Yo diría que sí. ¿Resumen? Algo. Intrascendente, pero algo. ★★★★

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    Australia, 2013. Director: Baz Luhrmann. Guión: Baz Luhrmann, Craig Pearce (Novela: F. Scott Fitzgerald). Fotografía: Simon Duggan. Música: Craig Armstrong. Reparto: Leonardo DiCaprio, Tobey Maguire, Carey Mulligan, Joel Edgerton, Isla Fisher, Elizabeth Debicki, Amitabh Bachchan, Jason Clarke, Adelaide Clemens, Max Cullen, Steve Bisley, Richard Carter, Vince Colosimo, Brendan Maclean, Kate Mulvany.

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