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    CRÍTICA | EFECTOS SECUNDARIOS

    Efectos secundarios
    INSTINTO, LA VENTAJA DEL PEQUEÑO
    crítica de Efectos secundarios | Side Effects, Steven Soderbergh, 2013

    Es bajita, tal vez excesivamente delgada, aunque su flaqueza esconde una actitud nerviosa. Los tiburones del negocio la conocieron en un pub irlandés, a unas cuantas calles de la Universidad de Harvard, mientras discutía acaloradamente —y con una pinta de cerveza de por medio— con su recién estrenado exnovio, un tal Marck Zuckerberg, ese genio ególatra que ni siquiera había empezado a diseñar su multimillonaria empresa. “Eres un gilipollas, y jamás tendrás amigos”, zanjó sin miramientos la joven, cumpliendo así cierta fantasía temprana del espectador: si el retrato de Aaron Sorkin fuese fiel a la realidad, qué menos que dedicarle tal piropo al creador de Facebook. Después, esa actriz pálida se enfundó la chupa negra y se enganchó los piercings de Lisbeth Salander en el portentoso remake de Los hombres que no amaban a las mujeres, cuyo fenómeno literario trascendía ya los ceros de sus estratosféricas ventas. Aquella hacker bisexual y superdotada, sin amistades ni interés por conseguirlas, pasó varios filtros de la cultura pop. Su álter ego norteamericano es Rooney Mara, y transmite el estupor de una niña amnésica y alérgica a cualquier tipo de relación social. Una imagen que confunde, pues con apenas dos películas (las más recientes, es decir, Millenium y Efectos secundarios) y dos secuencias que inflaman el mercurio, se ha convertido en la rampante y atípica máquina de follar de Hollywood. Su magnetismo reside en ese permanente claroscuro que irradia tristeza, indiferencia, fragilidad, ingravidez, depresión, como si llevase la soga al cuello, perseguida por sus demonios y su pasado. Rooney Mara es de esas presencias —falsamente—contraculturales que no ayudan a discernir entre la atracción platónica o la netamente sexual.

    Asimismo, es la actriz soñada para el ¿último? proyecto como director de Steven Soderbergh, un thriller cuya masa psicológica nos somete a un pinball de muchas incertidumbres y pocas certezas. Y es que, Efectos secundarios describe a ráfagas la relación —estrictamente profesional, o no— entre una mujer depresiva y su psiquiatra, justo después de que el novio de ésta (Channing Tatum) salga de la cárcel. Ambos cuentan los días para verse a solas, lejos de la inquisitiva —y tediosa— mirada de los funcionarios de prisión. Ella se medica para evitar nuevos episodios depresivos. Amaga con suicidarse. El médico, interpretado por el siempre elegante pero nada pródigo Jude Law, opina que debe seguir ingiriendo pastillas, a pesar de los temidos efectos secundarios. Y si tal medicamento acabado en zeta o en equis no funciona, que pase el siguiente medicamento acabado en zeta o en equis o en “al” o en “ac” o en “um”. Las posibilidades son casi infinitas y, entretanto, las farmacéuticas hacen su agosto particular. Tan es así, que uno de estos gigantes mercadotécnicos le propone formar parte de una investigación para testar un nuevo fármaco. Pero esa pastilla rosa y ovalada no hace más que acentuar el sonambulismo de su paciente. A partir de ahí, Soderbergh dibuja múltiples caminos que —suponemos— desembocarán en aguas turbulentas. Dispone de su reconocible mapa audiovisual, administrado sutilmente gracias al libreto de Scott Z. Burns, cuya eficacia narrativa es inapelable. Sea cual sea el tono o la arquitectura de la trama, siempre deja paso al psicologismo más inquietante. El ultimátum de Bourne o Contagio son ejemplos de una sospecha que late muy fuerte en su universo.
     
    Efectos secundarios

    Alrededor de este triángulo, entre bastidores y divanes y sorprendentes puntos de giro, surge el personaje catalizador: otra psiquiatra que ya había tratado a la enferma. Catherine Zeta-Jones en modo doctora porno chic, cordial pero huidiza de ese compañero de profesión que la cose a preguntas. No hay atrevimiento que valga: compositiva y visualmente, esta película reúne todas las señas del mejor Soderbergh. La fotografía —aquí de tonos fríos y con una meritoria economía de movimientos—, la erosión de la psique y las argucias mentales, la aspereza de la ciudad que concita cientos de miles de almas en un bucle paranoico, que se retroalimenta como una fantasía nefasta. Así, el clímax del relato concede una dosis apetitosa de morbo; todo cristaliza en un equilibrio (casi) perverso, el del autor que flirtea periódicamente con el mainstream. Comienza Efectos secundarios con un suave movimiento, presumiblemente de grúa, que gira desde las alturas hacia un edificio amarillo desaturado. Ya en el interior, en el suelo del piso, se suceden las manchas de sangre, manchas que trazan un corto camino hasta el baño en penumbra. El crescendo de Thomas Newman es constante, tímido a veces y otras verdaderamente minimalista. Y luego está Rooney, estremeciéndose y meciéndose sobre Channing, un trapo sin aliento. El tema de los gemidos es harina de otro costal. Según un estudio más o menos fiable, los humanos mentimos entre diez y doscientas veces al día (algunos, incluso, baten ese récord por inercia rutinaria). Cuanto más grande es el neocórtex (cerebro racional), mayor es nuestra capacidad para escupir mentiras, esto es, para crear ficción. Espero que Soderbergh sea un gran mentiroso, que no se retire. ★★★★★

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    Estados Unidos, 2013, Side Effects. Director: Steven Soderbergh. Guión: Scott Z. Burns. Productora: Entertainment One / 1984 Private Defense Contractors / Di Bonaventura Pictures / Endgame Entertainment. Presupuesto: 30.000.000 dólares. Presentación: Sección Oficial Berlinale 2013. Fotografía: Steven Soderbergh. Música: Thomas Newman. Reparto: Rooney Mara, Jude Law, Catherine Zeta-Jones, Channing Tatum, Vinessa Shaw, David Costabile, Andrea Bogart, Polly Draper.

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