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    EN LA CIUDAD SIN LÍMITES (A. HERNÁNDEZ, 2002)

    En la ciudad sin límites
    Leonardo Sbaraglia & Fernando Fernán Gómez en 'En la ciudad sin límites', de Antonio Hernández
    MUROS INVISIBLES

    Permanezco atónito unos segundos, mientras los títulos de crédito me dicen que el éxtasis se ha acabado, que esa familia unida momentáneamente por el negro de la enfermedad y su lógica tragedia, volverá a su rutina disfrazando miserias e hipocresía, soledad y apariencias. Apenas puedo levantarme del sofá, convencerme de que la vida sigue y de que lo que he visto son palabras mayores, tal vez una sublime metáfora de lo que somos: personas comunes pertenecientes a familias comunes, alejadas física y emocionalmente sin saber qué sucede en nuestras memorias, con nuestros remordimientos o depresiones.

    Han sido casi dos horas en las que he disfrutado de un cine cuyos engranajes funcionan de manera ejemplar, alrededor de una historia sencilla de comprender –sobre todo por su carga dramática implícita– pero realmente compleja en su génesis. Escrita –junto a Enrique Brasó– y dirigida por Antonio Hernández, En la ciudad sin límites nos habla de una familia –diseminada a lo largo del mundo por cuestiones laborales o por simple hastío– que se reúne en un hospital de París donde tratan de cáncer al padre. Rápidamente comprobamos que ese hombre renqueante –un inconmensurable Fernando Fernán–Gómez–, además de padecer un cáncer de pulmón maligno, muestra serios indicios de alzhéimer, una paranoica desconfianza que le obliga a tirar por el váter la medicación, convencido de que todo ese personal de médicos y enfermeras (e incluso su mujer y su prole) forman parte de una conspiración que le mantiene encerrado en aquel hospital. Tan sólo su hijo pequeño, Víctor, se mosquea ante el comportamiento de su padre, quien después de varios días decide confesarle que desea escapar de allí para encontrarse con un tal Rancel. Por supuesto, intrigado aunque en parte supersticioso, Víctor accede a su petición, encontrándose así en el epicentro de una historia levemente oscura pero sobre todo fascinante y absorbente.

    Y es que, no estamos ante una película dispuesta sólo para urdir una trama principal densa y con empaque, sino que a través de ésta teje otra subtrama familiar que retrata conmovedoramente a los miembros de esa familia rica e incomunicada. Cada personaje es un eslabón que, de forma más o menos gradual, genera tensión en diversos estadios: hay un romance oculto llamado a resurgir, una extraña relación entre la madre (Geraldine Chaplin) y el padre, un matrimonio deshecho en cuya mirada se reflejan miles de esposas y maridos que participan en ese grotesco circo que es el divorcio y su posterior juego de poderes, un fantasma –vestigio metafórico de la idea principal– que regresa para cuestionar la esquiva transparencia de los supuestos “seres queridos”. Y todo ello narrado magistralmente con imágenes y música. El director, Antonio Hernández, ejecuta una cuidada planificación de cámara que posee algunos de los mejores planos de la última década (del cine en general). La música de Víctor Reyes hace que los sentimientos cobren una fuera embriagadora sin necesidad de recurrir al efectismo: su fino compás crea una atmósfera de suspense, vibrante y nebulosa, casi mágica, de tonalidades graves pero agudas, frías y magnéticas.

    Leonardo Sbaraglia está notable (una muestra del potente trabajo interpretativo del grupo, ya que la dirección de actores es tan cuidada como exquisita), es puro atractivo y simpatía, me lo creo de principio a fin. Y, sin embargo, cuando aparece en pantalla ese genio tímido, cuya marcada personalidad le costó la etiqueta de huraño y quisquilloso llamado Fernando Fernán–Gómez, En la ciudad sin límites roza el virtuosismo. Cada gesto, cada reacción, cada zancada es una muestra del talento insólito de uno de los grandes cerebros del cine español. Un método interpretativo que no sé si es método o mímesis, como si tomaras a un personaje trazado sobre un papel y te convencieras de que existe, de que tú eres él y él eres tú, y entonces no hubiera ni un primero ni un segundo. Ni siquiera me molesto en buscar cuántos premios ganó esta película: paso de ese ejercicio tan frívolo e inútil. Aquí no hay postal de la urbe, no eres consciente de estar viendo a través del objetivo de una cámara. Todo fluye apoteósico. Y la nerviosa quietud de Víctor contrasta con la catarsis del padre que sueña con huir de esa ciudad hermética, sin salida. Con infinitas puertas que desaparecen cuando uno las busca. “He visto el tren, nos he visto dentro muchas veces, esperándote, y tú sin saberlo. Otras veces lo sabías y huías a tiempo, o lo han inventado para que les diga dónde estás. Tengo que evitar que subas a ese tren, porque te va a llevar a la muerte”, recita una voz en off. Intenso, ¿verdad? ¿Pretencioso? Está claro que no. No cuando todo sucede con semejante humildad e inteligencia. ¿Poesía? Quizá. Supongo que no hay suficientes acepciones para definir esa palabra. La poesía surge en los lugares más insospechados, sin esquemas preconcebidos ni maquillaje. Simplemente es.

    Tampoco me quedan ganas de practicar el análisis sesudo; cuando un filme hace que el estado de ánimo del espectador sea un lienzo en blanco al principio y una vasta gama de formas y colores antes y después del clímax, poco importan los porqués, o sea la dialéctica vacua. El caso es que asisto a una obra irrepetible, de esas que hacen palidecer al ignorante convencido de que “el cine español es una mierda”. Y finalmente permanezco con el corazón en un puño mientras escucho ese abrazo tardío, mientras observo cómo se acercan los miembros de una familia que intenta conocerse. Y se alejan. Se alejan y quiero pensar que vivirán sus vidas como personas comunes marcadas por sus claroscuros, por sus secretos y mentiras. Piadosas o no.

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    Imdb En la ciudad sin límitesPor Juan José Ontiveros

    Leo, escribo, a veces pienso.
    El cine es totalmente subjetivo.
    Decía Hitchcock que "son 400 butacas que llenar".
    En esas butacas, además, puedes ver clásicos como Johnny Guitar.

    Edición por Emilio Luna
    Special Message from Johnny Lang

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    Póster:

    En la ciudad sin límites póster
    En la ciudad sin límites, de Antonio Hernández
    Ciclo cine español
    Seminci
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    3 comentarios:

    1. Es un peliculón, una maravilla que pasó sin mucho ruido por estos lares, una lástima. Porque es el reencuentro entre un hijo y un padre, una historia preciosa, no le quito ni pongo nada.

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    2. Fantástico análisis Juan José, cada una de tus palabras me han hipnotizado, ahora mismo estoy buscando la película para verla lo antes posible. Enhorabuena por transmitir tanto cuando escribes, da gusto leerte.

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    3. No es que Antonio Hernández sea santo de mi devoción pero éste es un peliculón. Me uno al entusiasmo de Piru. Mucho tiene que ver que salga aquí F.F. Gómez y el mejor Sbaraglia posible. Excelente elección Juanjo.

      Un abrazo.

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