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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Mis muertos tristes

    || Críticas | 74SSIFF | ★★☆☆☆
    Mis muertos tristes
    Pablo Larraín
    El cine y sus fantasmas


    Rubén Téllez Brotons
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Chile-Argentina, 2026. Título original: Mis muertos tristes. Duración: 187 min. Dirección: Pablo Larraín. Guion: Pablo Larraín, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi. Historia. Mariana Enríquez. Música: Francis Durán, Mauricio Durán. Fotografía: Sergio Armstrong. Compañías: Coproducción; Fabula, K&S Films. Distribuidora: Netflix. Reparto: Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Carolina Álvarez, Alejandra Flechner.

    Cuando, hace unos meses, se estrenó La Odisea, se produjo un debate dentro de ciertos sectores sobre las implicaciones que tenía el hecho de que, en gran parte de las salas, la película fuese a proyectarse parcialmente debido a los recortes impuestos por el cambio de relación de aspecto. Posiblemente el mejor análisis sobre las consecuencias negativas que acompañaban la decisión de Nolan lo hizo Oscar Alberto Cuervo: “El daño colateral más grave de la cruzada de Nolan es artístico. Al aceptar que su obra sea un polimorfo que cambia de forma según la pantalla, Nolan derriba el pilar que separaba al cine de la televisión y de la industria audiovisual: la precisión del plano. Si el director más taquillero de la industria le muestra al mundo que un plano puede cortarse un 40% arriba y abajo sin que la película muera, le extiende un cheque en blanco al algoritmo del streaming para que altere el plano a los efectos del consumo. Nolan, sin quererlo, legitima la idea de que el cine es contenido maleable y no una estructura cerrada. Amenaza letal para jóvenes cineastas: no importa que pases horas afinando la geometría de un encuadre, el mercado lo va a estirar, encoger o recortar para que encaje en el smartphone o la sala disponible del multiplex”.

    Bajo el pretexto de mantener viva una concepción del cine que tiene por fin último el espectáculo y que, en consecuencia, sacraliza o desacraliza una película dependiendo del tamaño de la pantalla en la que sea proyectada y de la magnitud de la “aventura” que narra, Nolan ha terminado consiguiendo lo contrario de lo que se proponía: demostrarle a las plataformas que la banalidad de las imágenes de la televisión y las redes sociales puede extrapolarse al cine. Hay, sin embargo, una diferencia: mientras que en la televisión la forma convierte la realidad en mero contenido intrascendente con el que rellenar minutos, en La Odisea es la imagen en sí misma la que, sin importar su discurso, pierde cualquier tipo de peso o de valor. Algo parecido sucede con Mis muertos tristes. Aunque originalmente estaba pensada como una serie de televisión –y, de hecho, se va a estrenar en Netflix como tal—, Larraín ha decidido darle una forma cinematográfica y presentarla en el Festival de San Sebastián. No se proyectaba como serie —como sucedió en Cannes con Exterior, noche, de Bellocchio— sino como largometraje. El problema radica en que dicho montaje “cinematográfico” consiste en poner un capítulo detrás de otro, respetando sus respectivas estructuras televisivas y sus arcos dramáticos autoconclusivos. El resultado es una película con cinco prólogos, cinco clímax y cuatro fundidos a negro entremedias. Aunque es cierto que la historia que se cuenta se va desarrollando paulatinamente en cada capítulo, no lo es menos que sus estructuras dramáticas están cerradas y el diálogo entre sus partes se reduce a lo esencial.

    La consecuencia es evidente: se impugna por la vía de la posmodernidad la construcción de una estructura dramática y discursiva precisa (que nada tiene que ver con los esquemas en tres actos que intentan imponer desde Hollywood los gurús del guion, y que no son sino otra forma de homogeneización al servicio de la rentabilidad económica). Si la idea que se desprendía en La Odisea era la de que el plano no tiene ningún valor y, por ello, se lo puede manipular con fines eminentemente comerciales, lo mismo sucede aquí con la propia columna vertebral de una película. No importa que no haya sido pensada para proyectarse como tal, da igual que su coherencia interna desaparezca debido a decisiones ajenas al cine y tampoco es relevante que su visión del mundo se vea sesgada o completamente anulada: si lo más rentable es convertirla en serie porque el algoritmo prevé mejores resultados económicos, el valor artístico se convertirá en una víctima colateral. La cuestión de montar una serie como si fuese un largometraje y viceversa no está en que se rompa la sagrada ley que dicta cómo debe ser una película y cómo una serie, sino en que la propia forma del cine se convierte en una inanidad. Partiendo de la base de que, como escribió Alexander Voronsky, “una idea vestida en una imagen es forma, pero forma que coincide totalmente con el contenido”, se hace evidente que alterar el ritmo en que se suceden dichas imágenes, yuxtaponerlas o separarlas contradiciendo los criterios discursivos originales o recortarlas en un intento de adaptarlas a un determinado “formato”, supone distorsionar completamente esa idea que se buscaba expresar.

    Por lo demás, Mis muertos tristes es una “película” en constante contradicción consigo misma. Y lo es hasta el punto de caer en la hipocresía. En determinado momento, la protagonista, una doctora a la que despiden del hospital porque durante la pandemia del Covid tuvo que decidir qué ancianos recibían un respirador y qué ancianos morían debido a la ausencia de medios suficientes, se queja de la criminalización que ha sufrido cuando los verdaderos responsables de aquellas muertes son los que recortan anualmente el presupuesto de sanidad. Sin embargo, unas escenas antes, víctima de la rabia que le provoca el abandono institucional que sufre su barrio, el mismo personaje insulta a una trabajadora pública que también es víctima de los recortes y que no tiene ni la responsabilidad ni el poder para solucionar su situación. Mientras tanto, Larraín, lejos de analizar esa respuesta contradictoria, pero humana, fruto de la desesperación, se posiciona del lado de su protagonista y presenta a la trabajadora como una vaga que, si no hace nada por solucionar el problema, es debido a una ausencia de voluntad, no de medios. Reírse de ella está justificado.

    La lógica de esa escena no es una excepción: a lo largo de Mis muertos tristes, Larraín se decanta por diseñar unos gags que le permiten enfatizar lo extraño de las situaciones y de los personajes hasta la pura caricaturización antes que preguntarse por el fondo que lo sostiene todo. El ejemplo paradigmático se encuentra en el tratamiento que hace de los anglicismos que utilizan los familiares de la protagonista. En vez de analizarlos como elementos lingüísticos de distinción, prefiere convertirlos en un chiste cuyo carácter cómico se sustenta en una repetición normalizadora —y tranquilizadora. El mecanicismo con que Larraín construye el humor también rige sus decisiones de puesta en escena. El gran angular que utiliza para amplificar la profundidad de campo se convierte en una decisión perezosa cuyo propósito no es otro que ofrecer una vista general de las escenas que le ahorre la preocupación por planificar individualmente cada una dependiendo de lo que en ella suceda. Esto provoca que, cuando un personaje cambia su emplazamiento original en la escena, el plano adquiera unas connotaciones involuntarias debido al estatismo del aparato.

    También deja mucho que desear el tratamiento que Larraín hace de la pobreza de los barrios obreros de Buenos Aires. Al asumir los códigos de la televisión —espectáculo y velocidad como medios con los que mantener la atención de los espectadores—, no tiene problema en convertir el asesinato de un joven a manos de una banda en un gancho llamativo con el que abrir un capítulo: hay que ofrecer un inicio que impacte para empezar por todo lo alto. Lo truculento forma parte de ese vocabulario sensacionalista con el que describe —por decir algo— la situación de los sin nombre. Hay una focalización en los cadáveres putrefactos, las heridas y los disparos —el gráfico asesinato de unas niñas se repite en bucle— que tiene más que ver con el morbo amarillista que con la indagación en la violencia. Los pobres son, en manos de Larraín, extras que literalmente caminan por el lateral y el fondo del plano y que rellenan sus espacios vacíos. La cámara jamás se detiene en ellos si no es porque han pasado a ser cadáveres. Además, el carácter distópico y fantasmal de la narración únicamente sirve para borrar las coordenadas contextuales que podrían permitir entender el porqué de tanta violencia y pobreza. Los fantasmas que aparecen a lo largo de Mis muertos tristes son seres eternos y metafísicos que no tienen final, características que comparten con la desigualdad social que los produce. ♦


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