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Guardián
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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | El guardíán

    || Críticas | ★★★★☆
    El guardián
    Nuria Ibáñez Castañeda
    Las almas que olvida Dios


    Mario Peña
    Barcelona |

    ficha técnica:
    México / España, 2026. Título original: «El guardián». Dirección: Nuria Ibáñez Castañeda. Guion: Nuria Ibáñez Castañeda. Producción: Miss Paraguay Producciones y Solita Films. Fotografía: Claudia Becerril Bulos. Música: Sergio de la Puente. Reparto: Basilio Moncada Hernández, Gerardo Trejoluna, Andrea Lara, Blake Webb, Martín Peralta, Ernesto Rocha. Duración: 102 minutos.

    En La terra trema (1948), los Valastro eran una familia de pescadores que, por soñar con ser libres, veían cómo todo el peso de un sistema ignominioso caía sobre ellos hasta destruir toda su fe. La cinta de Visconti contenía en sí misma un halo profundamente nihilista, pues él, como aristócrata, sabía mejor que nadie que el mayor enemigo del último no es el primero, sino el penúltimo. Paulo Freire escribía que, si la educación no es liberadora, el sueño del oprimido es convertirse en opresor. Los Valastro eran las claras víctimas de los vendedores de pescado que les explotaban, pero ¿no eran esos mismos explotadores explotados por alguien superior? ¿No eran, en el fondo, otro eslabón más de las cadenas que a ellos mismos sometían?

    Hoy no son pescadores sicilianos, sino los inmigrantes mexicanos que denuncian a sus iguales en las zonas limítrofes, el mayor símbolo de explotación proletaria, del homo homini lupus. La abyección de la acción queda en un segundo plano cuando uno intenta comprender qué hay más allá, qué miedos y qué fracturas se esconden en el subconsciente de alguien capaz de denunciar a un hermano de miserias. Cuando a Nuria Ibáñez, directora de El guardián, le preguntaron cuál era la raíz del proyecto, esta contestó: «Con esta cinta quise comprender por qué Basilio no se iba de la playa… Yo hago cine porque te ayuda a pensar distinto, te ayuda a ponerte en otro sitio, a entender las cosas que te quedan lejos, que son distintas a ti, que te son ajenas. Eso es El guardián». Es, por lo tanto, la duda antropológica la que inspira el trabajo, la fijación con desentrañar el misterio del individuo: un individuo sencillo, pero profundamente humano.

    Ibáñez recupera ahora a un personaje que conoció en su documental Una corriente salvaje: Basilio Moncada, un hombre mexicano que trabaja velando por la playa de La Gringa, en Baja California, esperando un sueldo que jamás acaba de recibir en un lugar en el cual no es querido ni tiene motivo alguno para permanecer. Basilio recuerda profundamente al protagonista de El coronel no tiene quien le escriba. ¿A qué está esperando Basilio para irse de un lugar que le consume? Al igual que el coronel tenía fe en una pensión que sabía que nunca llegaría, Basilio espera un sueldo que sabe que su patrón nunca le dará, pero aun así se postra ante él sin dudarlo. Esa triste terquedad que mantiene no es sino una expresión de la necesidad de redención de un hombre incapaz de perdonarse. Aunque nunca sepamos sus motivos, sí sabremos que huye de aquello que nunca dejará de perseguirle: él mismo.

    En El guardián, la acción brilla por su ausencia, pues, muy hábilmente, Ibáñez consigue prescindir de cualquier efectismo academicista para abandonar el relato a su tempo natural: el de las melancólicas tardes que vive Basilio en su soledad infinita, el del sonoro vaivén de la playa que vela, el de su desconocida carga. El contemplativismo se hilvana así con el ensordecedor silencio que, por acumulación, adquiere una textura y un peso cada vez más corrosivos para los personajes, que, irremediablemente, se diluyen en él. Sin perder el ritmo de la narración, la cinta se dilata voluntariamente en pos de una identificación emocional —que en ningún caso personal— con el insondable drama de Basilio, cuyo dolor nunca se nos deja ver, sino tan solo rozar a partir de la taciturnidad de su mirada.

    Los sutiles y poco ortodoxos elementos narratológicos empleados por Ibáñez son el reflejo de una comprensión profunda del personaje protagonista y de su realidad circundante, pues sus acciones son siempre relatadas por una cámara que no juzga ni justifica, que no antepone ningún elemento entre la mirada del espectador y las acciones de Basilio. La calidez y el respeto por la persona, que no personaje, de Basilio poseen una candidez inusitada, que prescinde de la invasividad para dejar fluctuar de manera natural las necesidades y el carácter del motivo filmado.

    No existe tal cosa como la identificación personal, pues el propio aparataje narrativo de la cinta nos la niega constantemente en pos de una dialéctica humana y real con el material ético de la obra, sin contaminaciones morales sobreimpresas. La única realidad existente para Ibáñez es la fáctica: las acciones realizadas y no los motivos por los que estas han sucedido. Será esta filosofía la que termine por encauzar el relato de una forma profundamente humana, no sin pasarlo antes por el tamiz de la irremediable melancolía que se apoltrona en el corazón, en los pliegues del fin de un tiempo y el comienzo del siguiente. ♦


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