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    Crítica [Cannes 2026] | Paper Tiger

    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★★☆
    Paper Tiger
    James Gray
    Ajuste de cuentas


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Presentación: Festival de Cannes 2026. Dirección: James Gray. Guion: James Gray. Producción: RT Features / AK Productions / Leone Film Group. Fotografía: Joaquín Baca-Asay. Montaje: Scott Morris. Diseño de producción: Happy Massee. Dirección artística: Arthur Jongewaard. Vestuario: Amy Roth. Reparto: Miles Teller, Adam Driver, Scarlett Johansson, Dimiter D. Marinov, Jeff Adler, Joe Marsh Garland, Roman Engel, Gavin Goudey. Duración: 115 minutos.

    James Gray es un cineasta de los llamados clásicos. Actualmente este apelativo puede inducir a error, porque el cine clásico pertenece por definición a la primera mitad del siglo pasado, y Gray es contemporáneo. Nacido en 1969, estrenó su primer largometraje, Little Odessa, en 1994, sobre un asesino a sueldo de la mafia rusa que regresa a su hogar en Brooklyn, enfrentándose a un padre violento y a una madre enferma terminal. Dejando de lado, por ahora, esta enunciación temática, desde aquel comienzo prometedor el cine de Gray se ha ambientado casi siempre en el pasado, más cercano (así los años 80 de La noche es nuestra o Armageddon Time) o más remoto (principios del siglo XX en El sueño de Ellis o Z, la ciudad perdida). Pero no es esta nostalgia, o al menos inquietud por una cierta recreación de época, lo que llevaría a calificar el cine de Gray como clásico, en un sentido más amplio del término. Es su estilo el que recuerda al de cierto cine de antaño, por el mero hecho de saber cómo colocar la cámara e iluminar una escena, y confiar en esa puesta en escena concreta, sin recurrir a múltiples movimientos o cortes para agilizarla. Y, sobre todo, es el desarrollo narrativo de sus películas el que, más allá de su ambientación, se retrotrae a un tipo de relato, por lo general trágico, con motivaciones y conflictos meridianamente expuestos, que obedece a una escritura más ortodoxa de aquello a lo que el cine moderno nos tiene acostumbrados.

    Su nueva película, Paper Tiger, presentada a competición en esta edición del festival de Cannes, confirma todo lo anterior. Es una suerte de regreso a los orígenes de su cine, y al mismo tiempo un paso más en el estilo y el tipo de narración que son la seña de identidad de este guionista y director. En efecto, estamos más cerca de la citada Little Odessa que de Z, la ciudad perdida o Ad Astra, películas más recientes y ambiciosas, aunque la distinción es algo engañosa, ya que estas últimas no realzaban su épica desde el frenesí o la carga visual, sino desde sus propias capas narrativas. En cualquier caso, la historia ahora es más sencilla y lineal, pues gira en torno a una pequeña familia residente en Queens, otra vez en los años 80, que recibe la visita del tío pródigo, por llamarlo de alguna manera, un expolicía cuyo éxito financiero lo ha aproximado a negocios turbios. Para ayudarle en uno de ellos quiere convencer a su hermano, a priori para un mero asesoramiento jurídico y contable, pero los clientes en cuestión, vinculados, de nuevo, con la mafia rusa (ya asentada en esta región pese a los bloqueos de la Guerra Fría), inspiran poca confianza. Así la tensión propia del thriller doméstico está servida, acentuada por una subtrama que afecta a la esposa del protagonista, aunque esta subtrama es quizá lo más errado del meollo dramático, pues está solo introducida para instrumentalizar a tal personaje y provocar que su marido esté más distanciado emocionalmente de ella. La trama principal, por no decir única al margen de tal paréntesis, es la del negocio en cuestión y sus terribles consecuencias, en la línea del género criminal que, en ambientes oscuros y sucios, enfrenta a buenos y malos, convertidos los primeros, eso sí, más bien en personajes grises cuyas intenciones nobles se difuminan en tal contexto opaco y al margen de la ley.

    En resumidas cuentas, no estamos ante una historia novedosa, si bien se diferencia, siguiendo con el nivel narrativo, por el paralelo que traza entre dos hermanos ya crecidos cuyo devenir profesional los ha ido separando a medida que iban creciendo y dos hermanos todavía adolescentes que siguen conviviendo en el mismo hogar antes de que la vida, probablemente, les haga también seguir caminos diferentes. Esta presunta dualidad intergeneracional tiene que ver con la imposición del destino, con cómo una elección vital determinada condena sin remedio a quien la toma, por mucho que intente escapar de su suerte ya trazada. Por eso el metraje arranca con un plano anticipado de la localización en que se resolverá tal destino aciago, para uno de los personajes principales, a lo que sigue un bellísimo y simbólico plano final que confirma ese mensaje de paralelismo familiar que mencionábamos. Entre medias, el buen hacer de Gray y su equipo se percibe en cada detalle de puesta en escena, con una fotografía granulada gracias al celuloide y apoyada en grandes contrastes de iluminación y ángulo, así como la estructura de cada secuencia, donde cada plano tiene su peso propio, todo ello unido a una arriesgada a la vez que solvente decisión de posproducción de sonido. Esta consiste en que las últimas palabras de muchas escenas hilan en la banda sonora con la siguiente, recurso habitual de montaje para permitir transiciones más fluidas, pero que aquí se remarca porque dura más de lo habitual, con una parte concreta del diálogo en que cada frase tiene su propósito, y funciona como eco de la escena anterior. Contribuye, además, a aligerar el conjunto, de lo contrario recargado por su densidad temática y técnica, desde el libreto hasta su plasmación en pantalla. Tal conjunto logra pues la excelencia, en cada uno de los aspectos dignos de análisis, sin olvidar la presencia de dos actores tan fiables en los papeles protagónicos como son Miles Teller y Adam Driver, aquí ambos estupendos y algo alejados de sus caracterizaciones más usuales. Y es que otro de los campos que Gray domina, como director total, es el de la dirección de actores, siendo Paper Tiger, así, una muestra inconfundible de cómo el cine puede seguir elevándose muy por encima de la media desde sus recursos más primigenios, cuando están tan bien trabajados, sin necesidad de recurrir a otras invenciones o artificios. ♦


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