|| Críticas | ★★★☆☆
Jugada maestra
John Patton Ford
Descafeinadas sentencias de muerte
José Martín León
ficha técnica:
Reino Unido, 2025. Título original: How to Make a Killing. Dirección: John Patton Ford. Guion: John Patton Ford. Producción: Graham Broadbent, Peter Czernin. Productoras: Coproducción Reino Unido-Francia; Blueprint Pictures, Studiocanal. Distribuidora: A24. Fotografía: Todd Banhazl. Música: Emile Mosseri. Montaje: Harrison Atkins. Reparto: Glen Powell, Margaret Qualley, Jessica Henwick, Ed Harris, Zach Woods, Topher Grace, Raff Law, Bill Camp, James Frecheville, Neil Williams, Sean Michael, Martin Munro, Grady Wilson.
Reino Unido, 2025. Título original: How to Make a Killing. Dirección: John Patton Ford. Guion: John Patton Ford. Producción: Graham Broadbent, Peter Czernin. Productoras: Coproducción Reino Unido-Francia; Blueprint Pictures, Studiocanal. Distribuidora: A24. Fotografía: Todd Banhazl. Música: Emile Mosseri. Montaje: Harrison Atkins. Reparto: Glen Powell, Margaret Qualley, Jessica Henwick, Ed Harris, Zach Woods, Topher Grace, Raff Law, Bill Camp, James Frecheville, Neil Williams, Sean Michael, Martin Munro, Grady Wilson.
El guion, una vez más, obra del mismo realizador, viene a ser una nueva (y bastante libre) versión de una historia que los amantes del séptimo arte recordamos muy bien, la de aquel Louis Mazzini de Ocho sentencias de muerte (Robert Hamer, 1949), que buscaba vengar a su también despreciada madre, asesinando a todos los miembros de la familia que, por orden de sucesión, se interponían entre él y la fortuna de los D'Ascoyne, pertenecientes a la más alta nobleza británica. No estamos hablando de cualquier película, ya que está considerada como la mayor joya de la corona de los inolvidables estudios Ealing y una incontestable obra maestra de la comedia, recordada, además de por la mordacidad con la que cargaba contra el clasismo social de la época eduardiana, por el tremendo "tour de force" que llevaba a cabo Alec Guinness al meterse en la piel de cada una de las ocho víctimas de Louis, incluida una mujer sufragista. Con un listón tan alto, lo mejor que se puede hacer si se quiere disfrutar de Jugada maestra es obviar semejante antecedente cinematográfico, así como la novela en la que se basaba, Israel Rank: The Autobiography of a Criminal, escrita por Roy Horniman, y tomarla como una nueva relectura de la misma historia, convenientemente actualizada a los tiempos que corren, y ambientada en la alta sociedad de Nueva York. La cinta comienza con nuestro protagonista viviendo sus últimas horas en el corredor de la muerte, mientras comienza a contarle a un cura los pormenores que le han llevado hasta tan desesperante situación. Así, a modo de flashbacks, presenciaremos ese plan maestro con el que se había propuesto acabar con la vida de cada uno de los siete parientes que se interponían entre él y una herencia multimillonaria, y cómo este terminaría torciéndose por un inesperado giro de los acontecimientos. Patton Ford vuelve a confiar en el carisma innato de este tipo de personajes movidos por la ambición para conseguir que el público aplauda cada uno de los asesinatos que lleva a cabo, dejándose cegar por la simpatía que provoca Glen Powell en una interpretación cargada de energía y capaz de levantar por sí sola la función. Jugada maestra está lejos de rozar la inteligencia o la mala baba del clásico de Robert Hamer, pero cuenta con indudables aciertos que hacen que este remake sea el naufragio creativo que podría haber sido. El mayor de ellos, como ya he apuntado, el protagonismo de Powell, una de las estrellas emergentes del cine americano más interesantes de la actualidad, algo así como un heredero natural de Tom Cruise, que está perfecto como el vengativo Becket.
Además, cuenta con el perfecto contrapunto de una seductora Margaret Qualley ejerciendo de femme fatale sin escrúpulos, auténtica villana de la historia, así como con la participación de estupendos actores como Topher Grace o Ed Harris, interpretando a los ricachones a eliminar. Este último, pese a la brevedad de su intervención, tiene la mejor frase del filme, la que define con más exactitud la moraleja que deja tras su visionado. También se muestra aguda en el dibujo que se hace de cada uno de los Redfellow. Irritantes, elitistas y movidos por la codicia, se mueven, con idénticos aires de superioridad, dentro de diferentes esferas de la sociedad, donde caben las fiestas sin freno, el "arte" sin talento alguno o la religión con fines lucrativos. Por contra, el mayor problema de esta segunda obra de Patton Ford reside en el hecho de que, como comedia, no resulte tan divertida o excéntrica como cabría esperar. Es entretenida, sí, y tiene buen ritmo. Algunas escenas consiguen sacar una sonrisa (nunca una carcajada), como los diferentes funerales que se suceden uno tras otro. Pero da la sensación de que los creadores de la película se han acomodado en una especie de tierra de nadie entre el humor absurdo y algo parecido al cine negro (hay mucho del género de mafiosos reflejado en el personaje del abuelo que borda Ed Harris y en la turbiedad que desprende cada aparición de la ya citada Margaret Qualley), con algunos apuntes dramáticos (la trama romántica de Becket con el personaje al que da vida Jessica Henwick) que, más que sumar, lastran un conjunto que habría funcionado mucho mejor si hubiese huido más de lo políticamente correcto. Por fortuna, esto queda medianamente arreglado en un desenlace más irónico y negro de lo que cabría esperar viendo cómo se iba desarrollando el relato. Lo que queda es un remake tan innecesario como correcto, con el que su realizador demuestra que sigue teniendo buena mano para la escritura y la dirección de actores, pero que aún no ha encontrado esa personalidad que le diferencie de tantos otros directores de la nueva hornada a los que también se les presupone cierto talento. Considerable paso atrás respecto a Emily la estafadora, esta se siente más comercial e intrascendente, pero, aun así, salva razonablemente bien los muebles en su difícil empresa de homenajear a la inalcanzable Ocho sentencias de muerte y no morir en el intento. ♦











