|| Críticas | Las Palmas 2026 | ★★★★☆
Bosque arriba
en la montañas
en la montañas
Sofía Bordenave
Mucho más que un caso aislado
Rubén Téllez Brotons
Las Palmas |
ficha técnica:
Argentina, 2025. Título original: «Bosque arriba en la montaña». Dirección y guion: Sofía Bordenave. Compañías: Maleza Cine [AR], Afuera Producciones [AR]. Festival de presentación: Berlinale. Distribución en España: [Información no disponible]. Fotografía: Ezequiel Salinas. Montaje: Pablo Weber. Música: Sebastián Teves. Intervenciones: Mirta Ñancunao, Lorena Cañuqueo, Joaquín Rapoport. Duración: 91 minutos.
Argentina, 2025. Título original: «Bosque arriba en la montaña». Dirección y guion: Sofía Bordenave. Compañías: Maleza Cine [AR], Afuera Producciones [AR]. Festival de presentación: Berlinale. Distribución en España: [Información no disponible]. Fotografía: Ezequiel Salinas. Montaje: Pablo Weber. Música: Sebastián Teves. Intervenciones: Mirta Ñancunao, Lorena Cañuqueo, Joaquín Rapoport. Duración: 91 minutos.
Después de la secuencia de la “reconstrucción”, Bordenave monta una serie de planos del bosque en calma. El espacio está vacío y la cámara filma el estatismo de sus tiempos muertos. Nadie cruza los encuadres ni hay referencias explícitas a alguna realidad que no esté en el plano. Sin embargo, resulta imposible obviar que esos árboles y esa tierra están manchados de sangre. La tranquilidad de los planos se desvela pura ilusión: lo que aconteció allí no se puede borrar ni dejar al margen de la memoria. Las imágenes capturan aquello que no se ve, pero que está impreso en el lugar: el peligro acechante del olvido. El lugar del crimen parece inocente, y cualquiera que desconozca lo que sucedió puede pasear por el bosque sin reparar en que sus impresionantes dimensiones albergan una injusticia en su seno. Lo que está en juego en Bosque arriba en la montaña es una lucha por la memoria, por evitar que la Patagonia se convierta en una cantera de recursos naturales que las grandes empresas exploten, pero también en un mero oasis natural al que la gente acuda a olvidarse del mundo y de la Historia.
Bordenave encabalga sobre las últimas imágenes de este montaje el audio de una de las sesiones del juicio a Pintos —que comparece por videollamada. El espacio del crimen se ve de nuevo ensuciado por las estrategias del victimario y sus abogados, que fingen problemas técnicos para retrasar el inicio de la sesión. Su plan a lo largo del procedimiento será ese: aprovechar todos los resquicios que la burocracia pone a su disposición para eludir preguntas, redirigir el foco de atención o exculparse. En otro momento, Pintos asegura que hay alguien dentro de la sala del juzgado con la cara tapada, y exige que se identifique. Las imágenes que ofrecen las cámaras de seguridad no muestran a nadie que se ajuste a su descripción, y el juez afirma que ninguna persona “lleva un pasamontaña”: únicamente hay un hombre que tiene puesta una mascarilla. Que las cámaras no muestren al sujeto al que se refiere Pintos no es casual. El carácter burocrático de sus imágenes viene acompañado de unos límites observacionales: no todo entra en el encuadre, porque no interesa que así suceda. El resquicio al que se aferra Pintos para dificultar el procedimiento no queda recogido en el único documento visual del que dispone Bordenave para abordar el juicio: es una trampa del sistema que las imágenes recogidas por ese mismo sistema no reconocen. No es el único momento en el que la parcialidad de la justicia queda al descubierto.
Cuando una mujer mapuche, antes de prestar declaración como testigo, pide permiso para saludar a su pueblo en mapuzugun, el juez se lo deniega porque no quiere “perder el tiempo”. Para los mapuches, el juicio es un acontecimiento trascendental, porque lo que se dirime no es la culpabilidad de un policía, sino la del Estado argentino en la represión y exterminio sufrido por su pueblo desde hace siglos. Para quienes integran el sistema, lo que se juzga no pasa de ser un caso aislado que no puede extrapolarse a ningún campo simbólico ni mucho menos histórico. De ahí que cualquier referencia a los pueblos oprimidos permanezca fuera de la sala y de las imágenes de sus cámaras de seguridad; algo que Bordenave remedia utilizando sus fotografías y testimonios para indagar en su pasado. Frente a la violencia inexpresiva de los planos generales que las cámaras de seguridad ofrecen del juzgado, los primeros planos en los que la cineasta filma los testimonios de los mapuches suponen no sólo un contrapunto de honradez y decencia, sino también una expresión de vida que pone de manifiesto los movimientos dialécticos de la Historia.
Si en los planos del juzgado el estatismo de la cámara evidencia una concepción inmóvil del mundo —siempre ha sido igual, y es como es por obra y gracia de la naturaleza—, los primeros planos de los mapuches, sus fotografías y narraciones ofrecen una imagen muy diferente del mismo. La tierra que un día les pertenecía ahora es del gran capital, nacional e internacional, y, por tanto, lo que un día fueron enormes bosques y praderas llenos de vida, ahora es un conjunto de secarrales y descampados producto de la deforestación masiva. Bosque arriba en la montaña mira hacia atrás para poner en cuestión el presente. Es decir, indaga en el crimen originario del que nació un Estado para poder desnudar el modo en que sus aparatos burocráticos siguen reprimiendo en la actualidad. Al final, de lo que se trata es de dejar al descubierto las estrategias a través de las que el poder intenta invalidar las evidencias mencionadas al inicio del texto con el objetivo de evitar pronunciar la palabra “asesinato” o “culpable” en el momento de leer la sentencia del juicio. ♦










