Estados Unidos, 2026. Título original: «Josephine». Presentación: Festival de Sundance 2026. Dirección: Beth de Araújo. Guion: Beth de Araújo. Producción: Free Association / Kaplan Morrison / Kinematics / Spark Features. Fotografía: Greta Zozula. Música: Miles Ross. Montaje: Anisha Acharya, Nico Leunen y Kyle Reiter. Diseño de producción: Tom Castronovo. Dirección artística: Ayesha Janmohammed. Reparto: Mason Reeves, Channing Tatum, Gemma Chan, Philip Ettinger, Syra McCarthy, Eleanore Pienta, Michael Angelo Covino. Duración: 114 minutos.
El plano subjetivo en el cine es aquel en que la mirada de un personaje se corresponde con la de la cámara, por lo que aquel está fuera de campo, ocupando el lugar de esta, y la pantalla muestra entonces lo que, en principio, vería ese personaje. Por lo general, en este tipo de planos, la cámara es al hombro, para plasmar mejor lo que vería un personaje cuya mirada también es móvil, inestable, y se puede prolongar el efecto más o menos según, en una misma secuencia, en un momento determinado, se quiera cambiar el punto de vista, o no. En este último caso, esa visión subjetiva dura todo lo que dure la escena en cuestión (como ocurre a menudo en la obra de Brian de Palma), o incluso el metraje entero, pues existe algún ejemplo clásico al respecto, como La dama del lago (1947), y algunos más recientes y complejos, como las impresionantes Enter the Void (2009) o Nickel Boys (2024). Más frecuente es, sin embargo, el subjetivo limitado en el tiempo, para producir un efecto concreto en la acción o el drama, cuando no responda a una pura variación estética. El cambio de perspectiva, con todo, suele quedar aquí en anodino, pues en estos casos la vuelta a la normalidad, por decirlo de alguna manera, resitúa al espectador en su visión habitual de los referentes, sin que el subjetivo anterior la haya condicionado en un sentido dramático. Pues bien, en Josephine tenemos una llamativa y lograda excepción de esta regla, porque el uso del subjetivo, desde el principio del metraje, en una primera escena que a priori no tiene mayor repercusión, sí va a condicionar el meollo narrativo. Ese primer uso va a justificar, en lo estilístico de la puesta en escena (al tener un antecedente formal, resulta luego más orgánico), su uso posterior, que enseguida adquiere también un gran sentido dramático.
Esta película es la segunda de Beth de Araújo, tras realizar otro largometraje que ya gustó bastante a quien esto escribe, El club del odio, aunque ahí la arriesgada opción formal, con un único plano secuencia, quizá tomaba demasiada delantera sobre el contenido dramático. En esta segunda película, ganadora en el festival de Sundance, la correspondencia entre fondo y forma está más depurada, partiendo de ese uso inteligente del subjetivo. En concreto, es así cómo se plasma en pantalla la premisa del drama: el de una niña que, una mañana en un parque (no cualquiera, sino el parque del Golden Gate, pues la acción se ambienta en San Francisco), presencia una agresión sexual cometida por un desconocido contra una desconocida. Durante esos instantes se ha alejado de su padre, aunque este enseguida vuelve para protegerla, y el resto de la historia gira en torno a las secuelas traumáticas de la niña y cómo afecta a la relación con sus padres. Una premisa tan tremenda dota de ingredientes suficientes al conjunto del metraje para que este tenga siempre un conflicto subyacente y una tensión latente, sin más añadidos, de tal manera que escenas a priori cotidianas (la compra en un supermercado, el recreo en la escuela, un desayuno familiar, etc.) derivan hacia la incomprensión o la violencia, contándonos en el seno de una familia norteamericana lo que podría acontecer en cualquier otra, pues ninguna está libre de tal experiencia. De hecho, al igual que en su anterior película, Araújo (autora igualmente del guion, inspirado en algunas de sus propias experiencias) incide aquí en el retrato del extremismo personal en Estados Unidos, de las pulsiones de muchos ciudadanos de una sociedad enferma que pueden estallar en cualquier momento, en arrebatos de odio y de abuso. Lo interesante de Josephine es, precisamente, que lo hace desde la mirada de una niña hasta entonces inocente y bien atendida, con dos padres que la quieren, en un hogar cómodo, con sus compañeros de colegio y sus aficiones deportivas.
Para interpretar a esta niña, el casting cuenta con Mason Reeves, en su primer papel en el cine. Su interpretación se aleja de otras infantiles del cine dramático, porque es mucho más interiorizada, casi inexpresiva en largos trechos del metraje, aunque esto supone un acierto. Y es que así ciñe al interior del personaje ese sufrimiento que arrastra desde el crimen del que ha sido testigo, cuya sola vivencia nos lleva a interpretar cada gesto y cada mirada de Josephine de una manera completamente distinta a cómo lo haríamos en otras circunstancias, aunque el gesto y la mirada sean los mismos. Es sabido que a un niño se le dirige de forma muy distinta a un actor adulto, pues las instrucciones suelen ser más concretas y no se trabaja tanto el proceso interno, pero aquí da la impresión de que Reeves ha sido dirigida igual que un adulto, y eso se transmite en la madurez de una interpretación que, de repente, la exige afrontar una situación impropia de su edad. Araújo acierta asimismo en su trabajo con los otros dos actores principales, Channing Tatum y Gemma Chan, en los roles del padre y de la madre respectivamente, confirmando que el primero también es un actor dotado para el drama, aunque sea más conocido por sus papeles en los géneros de la comedia y la acción. Toda esta labor actoral es importante en una historia intimista cuyo impulso narrativo, como decíamos, viene esencialmente de un solo hecho, sin perjuicio de que luego sobrevengan incidentes derivados. Pero, además, si la dirección de actores es una de las grandes patas de la dirección total, la otra, la técnica, no se queda atrás. Al plano subjetivo se suman otras decisiones de puesta en escena, como en la discusión en torno a una mesa de los padres de Josephine con la policía o en la escena en el juzgado hacia el final, que se alejan del convencionalismo. Quizá no son del todo coherentes con una única visión formal, pero son efectivas y revelan la ambición de una cineasta que no teme abordar temas peliagudos y hacerlo con un tratamiento disruptivo y provocador, sin caer en el sensacionalismo. Josephine consigue todo eso y más, mostrándonos un punto de vista no insólito, pero sí curioso, igual que el de una niña que va descubriendo lo que la rodea en un mundo para el que no está preparada. ♦











