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    Crítica ★★ de The Sea (Stephen Brown, Irlanda, 2013).

    En el análisis cinematográfico se suele distinguir, al identificar el conflicto de un personaje, entre el externo y el interno. El primero es el que deriva de las relaciones de ese personaje con otros o de los obstáculos que levantan ante él determinados elementos, naturales (como una catástrofe) o artificiales (como una crisis). En cambio el segundo es el que se proyecta en la propia esfera de nuestro héroe: puede tener alguna motivación o manifestación ajena, pero en su desarrollo se caracteriza por la introspección, sin venir reforzado por otros personajes o elementos. Como se desprende de esta sumaria tipología, es más habitual el primer tipo de conflicto, al menos en el cine más comercial, ya que el segundo plantea por definición mayores problemas de visualización, y puede exigir que el dinamismo inherente a la narración se busque por cauces heterodoxos. En efecto, en este otro tipo de cine solemos asistir a una reducción de las escenas dialogadas, una alteración de la cronología o una difusión de los tradicionales puntos de giro. Pues bien, todo ello se comprueba hasta extremos insospechados en la ópera prima de un tal Stephen Brown, basada en la novela homónima del conocido escritor John Banville, El mar (The Sea), presentada en el festival de Edimburgo de 2013 y uno de los estrenos de octubre en la plataforma Filmin. Tanto su tardanza en llegar como su elegida exhibición nos adelantan el carácter minoritario de una propuesta acorde a esa naturaleza introspectiva que la recorre, pues en las contadas ocasiones en que surgen amenazas externas la importancia que se les da es efímera.

    Y es que la historia se resume en pocas líneas: Max Morden (Ciarán Hinds) se queda viudo tras la enfermedad terminal de su mujer (Sinéad Cusack), y para afrontar su depresión, intentando cerrar una herida cíclica, acude a la campiña costera en la que pasó parte de su niñez, alojándose en concreto en la casa en la que habitó entonces una familia con la que se encariñó y de la que tuvo que sufrir otra pérdida. La mansión está ahora regentada por Rose (Charlotte Rampling), que compartió con él esos acontecimientos pasados, aunque esta revelación se hace de forma tardía y casi anodina, impidiendo que los tres tiempos del relato (el presente, el de la esposa moribunda y el de la infancia bucólica) se armonicen plenamente. De hecho, Brown juega con los tiempos de una manera tan fluida como arbitraria. Así los tres están enlazados mediante oportunos recursos, tales como paralelismos visuales o ecos sonoros, y en particular cabe citar un momento muy bello en que Morden le confiesa a su hija lo que sentían verdaderamente él y su mujer, seguido de un silencioso perfil que coincide con una repentina lluvia en la ventana del segundo término, motivo que a su vez conduce a una escena anterior del hospital ambientado por un paisaje análogo. En este y otros momentos el lirismo es genuino y trascendente. Empero los cambios de coordenadas no siempre están justificados, sobre todo en lo referente a las más lejanas, que aparecen al principio como flashes interrumpidos, luego van extendiéndose, anticipando quizá una prolongación definitiva, pero mediado el metraje se quedan en un limbo, sin que la duración creciente que se les ha dedicado se mueva en la misma dirección que la narración principal.

    La adaptación de la novela de John Banville se estrenará en exclusiva en Filmin el 11 de octubre.


    «Lo que Brown y Banville pretenden es jugar con nuestras expectativas para que no anticipemos el desenlace de ese trauma, pero la intención es algo gratuita si atendemos a la naturaleza memorística de estas secuencias: sólo puede ser su protagonista el que las guíe y seleccione, no un narrador exógeno».


    En otras palabras, estas memorias, cuya fotografía se satura y angula a veces en exceso, en contraste con la elegante sobriedad del resto de la cinta, chocan con el hilo conductor del drama: más que alimentarlo desvían la atención del espectador. Encuentran una mayor justificación en la nostalgia melancólica del protagonista que en el objetivo que con ellos se persigue, como es buscar una especie de simetría en el dolor que permita superarlo. Una muestra de este enfoque divergente la tenemos en que al principio la atención del joven Morden recae en la madre de una niña de su edad aproximada, para bastante después desviarse a esta última, sin que la primera desempeñe ya ningún papel relevante. Parece que lo que Brown y Banville pretenden con ello es jugar con nuestras expectativas para que no anticipemos el desenlace de ese trauma, pero la intención es algo gratuita si atendemos a la naturaleza memorística de estas secuencias: sólo puede ser entonces su protagonista el que las guíe y seleccione, no un narrador exógeno. Pese a estas irregularidades, el susodicho protagonista logra hasta cierto punto homogeneizar el relato, gracias al poderío interpretativo de Hinds. Habituado a papeles secundarios, aquí el actor aprovecha para llevar el peso casi omnicomprensivo del filme, y con su sola mirada da un cierto sentido resolutivo a la mayoría de las escenas, por mucho que el montaje se empeñe en fragmentarlas. En cualquier caso, al final la acumulación de acontecimientos cobra un cierto valor propio, incluso una cierta emotividad, y no deja un mal sabor de boca pese a la amargura de lo que nos cuenta y su insistente cercanía al agua salada. | ★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Irlanda, Reino Unido, 2013. Presentación: Festival de Edimburgo 2013. Dirección: Stephen Brown. Guion: John Banville (basado en su novela). Productoras: Independent / Samson Films / Quicksilver Films. Fotografía: John Conroy. Montaje: Stephen O’Connell. Música: Andrew Hewitt. Diseño de producción: Derek Wallace. Dirección artística: Gillian Devenney. Vestuario: Kathy Strachan. Reparto: Ciarán Hinds, Sinéad Cusack, Charlotte Rampling, Natascha McElhone, Rufus Sewell, Ruth Bradley, Matthew Dillon, Bonnie Wright. Duración: 86 minutos.


    En cuerpo y alma

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