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    Crítica | Su mejor historia

    Mecanismos de ficción

    Crítica ★★★★ de Su mejor historia (Their Finest, Lone Scherfig, Reino Unido, 2016).

    Su mejor historia (Their Finest, 2017), última obra de la realizadora danesa Lone Scherfig, toma en su título original parte de la célebre frase «This was their finest hour», pronunciada por Winston Churchill dentro del discurso a la Cámara de los Comunes del Parlamento británico el 18 de junio de 1940. El carácter propagandístico de aquellas palabras buscaba ensalzar la moral del país en tiempos de guerra. La película que nos ocupa retoma el contexto de un Londres asediado por los bombardeos constantes de la Segunda guerra mundial para simbolizar, a través del cine, un excelente retrato de la sociedad de la época, y, sobre todo, curiosear en los mecanismos de ficción otorgándoles una voluntad transformadora. Es importante señalar la forma que tiene Scherfig de indagar en el cine dentro el cine como centro neurálgico de un sentimiento muy contemporáneo acerca de la melancolía de las imágenes, tejiendo mediante ellas una textura hiperconsciente que nos obliguen a reinterpretar el sentido mismo del cinematógrafo. En este punto, Su mejor historia discurre paralelamente a otras películas recientes, véase por ejemplo la exitosa La la land (2016), como representación sistemática de la ficción y la dualidad del relato. También podríamos incluso considerarla como parte de una curiosa trilogía si tenemos en cuenta las similitudes narrativas con respecto a An education (2009) y Siempre el mismo día (2011), dos de los filmes más conocidos de su directora. Todas ellas albergan tropos melodramáticos con un gran marco femenino de protagonista, pero especialmente las tres componen una sinfonía dolorosa acerca de los espejismos y engaños que la vida, tramposa como el cine, pone ante nuestros ojos.

    Catrin Cole (Gemma Arterton) llega casi por azar a trabajar de guionista en un estudio de cine londinense que se encarga de realizar películas de propaganda filmadas con la única intención de insuflar algo de optimismo a la población. Buscaban historias de esperanza. Desde ese punto de vista podemos afirmar que la apabullante belleza de las imágenes filmadas por Scherfig no solo transmite un espejismo perverso sobre el poder terapéutico del cine, sino que aluden a un hermoso enmascaramiento de la realidad. Catrin irá paulatinamente encontrando su sitio en un espacio de ficción gestionado por dispositivos externos al mismo tiempo que la perversidad de la realizadora ejerce de demiurga con sus criaturas. La frecuente utilización de los reencuadres percibe esa dimensión extraña y huidiza produciendo un estado bilateral en las imágenes. El bellísimo plano frontal de Catrin asomada a la ventana, cuyo rostro queda escorzado a la derecha del encuadre mientras a la izquierda vemos el reflejo exterior en el cristal de Tom (Sam Claflin) y Gabriel (Henry Goodman), nos eleva como espectadores a participar del plano, a intuir y percibir como Catrin el dolor de uno de los personajes –la muerte circunda orgánicamente toda la historia–, y a la vez dejar claras las intenciones formales de la cineasta: la relevancia fantasma, imaginaria, de cualquier estructura de ficción. La multiplicidad de los caminos psicologistas abiertos por el rol femenino de Catrin ayudan a reinterpretar el homenaje sincero que directora y guionista (Gaby Chiappe) regalan a las mujeres cineastas del periodo de entreguerras, muchas veces relegadas a un plano meramente circunstancial –«la contratamos para escribir la “bazofia” de los diálogos femeninos», dicho por boca de uno de los personajes masculinos–; de igual forma venera por defecto el alucinante influjo emocional que desprendían las salas de cine en el estado anímico de las personas –una sinergia luminosa en la que cobra cuerpo el sentido lúdico y social de compartir experiencias en un mismo patio de butacas. Cabe ir un poco más allá y asemejar los drásticos giros dramáticos de la historia –algo común en el cine de Scherfig– con el sacrificio del artista, que se presta como el payaso a mantener firme una sonrisa en su rostro disimulando la sinrazón del mundo gris que les ha tocado vivir. No hay duda de que ciertos aspectos dramáticos se podrían haber limado, y quizás sean algunos de estos clichés los que justifiquen la tibieza con la que gran parte de la crítica ha recibido a la cinta. Que estas voces hayan sido titubeantes, o erróneas, no es sino fruto de una escasa reflexión en derredor de sus imágenes, exquisitas en forma y fondo, pero muy lejos de postularse al lado del relato epidérmico.

    «Un ejercicio de sofisticación a medio camino entre las comedias de la Ealing y la elegante poética visual de Michael Powell y Emeric Pressburger... Además el sentido quimérico, de escapismo, se plasma en la mente de Catrin, soñando con fotogramas imaginarios, dejando campar a riendas sueltas la fantasía medular de proyectar todo aquello que queramos. La imagen ilusoria es absorbida por una fuerza ilusionante».


    Ese equilibrio entre forma y fondo podemos encontrarlo en numerosas escenas en las que conviven diversas capas de lectura. La primera de ellas nos muestra a Catrin atrapada en uno de los bombardeos: de improviso se ve rodeada de cuerpos mutilados, y al poco se da cuenta de que no eran más que unos maniquís del escaparate de una tienda. La risa nerviosa de la mujer revela la frágil línea que separa la vida de la muerte. La segunda viene pautada por los ya mencionados reencuadres filmados por Scherfig y el operador de fotografía Sebastian Blenkov. Determina perfectamente la doble evocación de una imagen o de un plano. La cámara irá desarrollando esa geometría para perfilar al personaje de Catrín, en principio nada más que una cuestión de perspectiva, una diminuta figura borrosa sobre un gigantesco lienzo –Ellis (Jack Huston) la usa de modelo para sus cuadros pero apenas se deja ver en ellos–; y después una mujer fortalecida como sostiene el último travelling de retroceso donde poco a poco la cámara se abre y la vemos realizada en su despacho con el rótulo “scriptwriting” impresionado en la puerta. Pasa de ser escorzo, suplemento auxiliar, hasta dominar completamente el encuadre. La tercera tiene que ver con el jefe del Departamento de Guerra (Jeremy Irons). La increíble historia de Catrin atrae el interés del departamento que ve en la película la posibilidad de empujar a los Estados Unidos a la guerra. El vehemente discurso de Irons y su capacidad de convicción suponen una inteligente ironía para hablar de las imposiciones que sufren los cineastas a la hora de abordar sus historias con plena libertad. Así pues, y con todo ello, nos hallamos ante un ejercicio de sofisticación a medio camino entre las comedias de la Ealing y la elegante poética visual de Michael Powell y Emeric Pressburger (los coloreados y vaporosos fotogramas pertenecientes al rodaje de The Nancy Starling, película sobre el rescate de soldados heridos en Dunkerque). Además el sentido quimérico, de escapismo, se plasma en la mente de Catrin, soñando con fotogramas imaginarios, dejando campar a riendas sueltas la fantasía medular de proyectar todo aquello que queramos. La imagen ilusoria es absorbida por una fuerza ilusionante. A la que se une la agradable partitura de la compositora Rachel Portman, que suma pinceladas de ese entorno académico y romántico del cine con melodías clásicas y atemporales. Otro tanto sucede en la sala de cine: maravillosos los primeros planos de Arterton iluminados por la pantalla sugiriendo una nueva verdad, una nueva mirada, o una dimensión ajena a los crueles reveses del destino. La emoción cabida en esas imágenes adopta conscientemente el mensaje de Su mejor historia, en el que se cristaliza un mundo de resistencia, un mundo de ficción, un mundo paralelo del que todavía podamos alimentarnos. | ★★★★ |


    David Tejero
    © Revista EAM / Badajoz


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2016. Título original: «Their Finest». Directora: Lone Scherfig. Guion: Gaby Chiappe (Novela: Lissa Evans). Productores: Finola Dwyer, Amanda Posey, Stephen Woolley, Ivan Dunleavy, Zygi Kamasa, Christine Langan, Robert Norris, Ed Wethered. Compañías productoras: BBC Films, Number 9 Films, Wildgaze Films. Fotografía: Sebastian Blenkov. Montaje: Lucia Zucchetti. Diseño de producción: Alice Normington. Asistente de la directora: Jack Ravenscroft. Música: Rachel Portman. Reparto: Gemma Arterton, Sam Claflin, Jack Huston, Bill Nighy, Jake Lacy, Paul Ritter, Rachael Stirling, Richard E. Grant, Henry Goodman, Jake Lacy, Jeremy Irons, Eddie Marsan, Helen McCrory, Hubert Burton, Claudia Jessie, Stephanie Hyam. Presentación oficial: Festival de Toronto. Duración: 117 minutos.

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