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    Crítica | Life

    Life

    Calvin, el séptimo pasajero

    crítica ★★★ de Life (Daniel Espinosa, Estados Unidos, 2017).

    Teniendo en cuenta que nuestro planeta es tan solo un punto en medio del espacio infinito, repleto de galaxias que nunca llegaremos a alcanzar, debería considerarse como ingenua (o incluso arrogante) la sola idea de pensar que estamos solos en el universo. El hombre siempre ha sentido esa mezcla de curiosidad y fascinación ante la posibilidad de expandir nuestras fronteras y descubrir nuevos planetas que, tal vez, pudiesen ser capaces de albergar algún tipo de vida. El cine, como herramienta fabuladora, nos ha acercado a lugares a los que aún no hemos conseguido llegar y, en la mayoría de los casos, nos ha pintado un panorama descorazonador de lo que podríamos llegar a encontrarnos. Si bien es cierto que ciencia ficción y terror ya se dieron la mano en pequeñas rarezas clásicas como Terror en el espacio (Mario Bava, 1965) o Planeta sangriento (Curtis Harrington, 1966), fue Ridley Scott quien, con mayor contundencia, sentó las bases de la pesadilla galáctica con Alien, el 8º pasajero (1979), su claustrofóbica historia que encerró a siete astronautas con un letal alienígena en el interior de la nave Nostromo y cuya inspirada frase promocional (“en el espacio nadie puede oír tus gritos”) podría ser aplicable con facilidad a la gran cantidad de secuelas y sucedáneos de todo tipo que precedieron a su éxito. Ahora, en unos años en los que el subgénero de aventuras espaciales parecía condenado a derivar hacia propuestas más serias y existencialistas –Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), Interstellar (Christopher Nolan, 2013), La llegada (Denis Villeneuve, 2016)–, es de aplaudir que una propuesta moderadamente modesta (58 millones de dólares de presupuesto) como Life (2017) se libere de todo tipo de complejos y dobles lecturas para recuperar aquel espíritu de monster movie de toda la vida, aquella que no se andaba con rodeos a la hora de dejarnos claras sus prioridades, que no eran otras que la de hacernos vivir una terrorífica odisea espacial a costa de la criatura voraz que iba menguando la tripulación de la expedición espacial de turno.

    Daniel Espinosa, cineasta sueco adoptado por Hollywood tras el triunfo de su Dinero fácil (2010), es el encargado de dirigir una historia que, sobre el papel, carece de cualquier atisbo de originalidad e irremediablemente nos trae a la memoria el recuerdo del clásico de Ridley Scott. Así, tenemos como escenario la Estación Espacial Internacional, en perpetua órbita alrededor de la Tierra, donde los seis miembros de su tripulación, todos científicos e investigadores de diversas nacionalidades, se encuentran inmersos en uno de esos descubrimientos que podrían suponer un gran paso para el devenir de la humanidad: el análisis de unas muestras de tierra llegada en una cápsula desde Marte dictamina la existencia de un organismo unicelular (la forma de vida a la que hace alusión el título). Como es fácil de adivinar, la alegría y los cánticos de victoria de los pobres insensatos se vendrán abajo cuando el hallazgo marciano comience a hacer de las suyas, revelándose contra sus descubridores y mostrando las mismas ansias aniquiladoras del célebre alien diseñado por Carlo Rambaldi y H.R. Giger, pero dotado de una mayor facilidad para escabullirse de cualquier lugar y, sobre todo, una inteligencia que contrasta con las desastrosas acciones y decisiones (esos protocolos de cuarentena que se saltan de manera tan arbitraria) del grupo humano a lo largo de la película, algo que convierte a los protagonistas en presas demasiado fáciles. Calvin –como se bautiza al recién encontrado extraterrestre– se erige en el auténtico protagonista de la función, ya que los personajes, además de arquetípicos, no disponen de tiempo suficiente para desarrollarse o para que al espectador pueda familiarizarse con ellos. Espinosa y los guionistas Reth Reese y Paul Wenick –responsables del libreto de la irreverente Deadpool (2016), algo que dice mucho de por dónde van a ir los tiros– saben lo que quieren y van al grano, por lo que el filme no pierde demasiados minutos antes de que se produzca la primera muerte que desencadene la acción.

    Life

    «Con un ritmo vertiginoso, efectividad de sus momentos más tensos –el primer ataque de Calvin está resuelto con brillantez– y un desenlace tan sorprendente como brillante, Life funciona con inusitada precisión dentro de las limitaciones de su género».


    Esto, lejos de ser considerado un reproche, posiciona a Life como un entretenimiento puro y duro, consciente de su apego a la serie B más honesta y eficaz –más que Passengers (Morten Tyldum, 2016), por ejemplo, que costó el doble y no supo explotar tan bien sus posibilidades– y con un metraje ajustadísimo que no se excede de los 100 minutos (algo poco habitual en el último cine comercial y que se agradece). Con unos correctos trabajos de Jake Gyllenhaal y Rebecca Ferguson como el capitán de la nave y la directora de la misión, respectivamente, inmersos en las improvisadas labores de héroes de acción, y una excelente labor de efectos especiales, dirección artística y banda sonora –la música de Jon Ekstrand contribuye de manera notable a acrecentar el suspense–, la cinta encuentra sus baza más afortunada en las espeluznantes escenas de muertes (el diseño de la criatura está, además, muy logrado, aumentando su tamaño con cada nueva víctima que se cobra) y en algunos estilosos ejercicios de cámara, como ese glorioso plano secuencia del prólogo, en donde se nos presenta a los distintos personajes a través de las diferentes estancias de la Estación, expuestos a la gravedad cero. Es en estas florituras visuales donde el director se permite dejar una impronta artística que contribuye a que su obra trascienda por encima de la media de este tipo de productos. Si a esto le añadimos un ritmo vertiginoso, la efectividad de sus momentos más tensos –el primer ataque de Calvin está resuelto con brillantez– y un desenlace tan sorprendente como brillante, Life funciona con inusitada precisión dentro de las limitaciones de su género. El secreto de este éxito hay que buscarlo en la ausencia absoluta de cualquier ínfula de trascendencia y en su entregada apuesta por la peripecia "con monstruo", que nos remite (sin avergonzarse de ello) a gozosos terrores noventeros como Horizonte final (Paul W.S. Anderson, 1997), The Relic (Peter Hyams, 1997) o Deep Rising (Stephen Somers, 1998). | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2017. Título original: Life. Director: Daniel Espinosa. Guion: Rhett Reese, Paul Wenick. Productores: Bonnie Curtis, David Ellison, Dana Goldberg, Julie Lynn. Productoras: Skydance Productions / Columbia Pictures / Sony Pictures Entertainment (SPE). Fotografía: Seamus McGarvey. Música: Jon Ekstrand. Montaje: Mary Jo Markey, Frances Parker. Dirección artística: Steven Lawrence. Reparto: Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson, Ryan Reynolds, Hiroyuki Sanada, Ariyon Bakare, Olga Dihovichnaya.

    El fulgor efímero

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