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    Crítica | La bella y la bestia

    Beauty and the Beast

    Encantamiento de corto alcance

    crítica ★★★ de La bella y la bestia (Beauty and the Beast, Bill Condon, Estados Unidos, 2017).

    El enorme triunfo de taquilla de La sirenita (John Musker, Ron Clements, 1989) fue tan solo el principio del nuevo resurgir de la factoría Disney después de una década de títulos menores que no respondieron como esperaban. La entrada del compositor Alan Menken a sus proyectos fue una de las claves decisivas para el éxito de esta renovada etapa en la que La bella y la bestia (Gary Trousdale, Kirk Wise, 1991) se podría considerar una de las joyas de la corona. No solo fue la primera cinta de animación en batir la, por aquel entonces, difícil marca virtual de los 100 millones de dólares de recaudación en Estados Unidos (y más de 400 en todo el mundo), sino que rompió otro tabú al conseguir ser nominada al Óscar a la mejor película. Aquella actualización en clave musical del célebre cuento de hadas tradicional francés –más concretamente, de la versión abreviada de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, popular obra con más de dos siglos de antigüedad– caló hondo entre grandes y pequeños gracias a su universal mensaje de que "la belleza está en el interior". No era la primera vez que la historia de amor entre el príncipe egoísta transformado en Bestia por un encantamiento y Bella, la inquieta aldeana que se presta a vivir en su castillo a cambio de la libertad de su padre, era trasladada a la gran pantalla. Muchas y muy variopintas han sido las visiones que sobre ella conocimos –la mejor, con diferencia, siempre será la obra maestra La belle et la bête (Jean Cocteau, 1946), protagonizada por Jean Marais–, pero el filme de Disney supo combinar a la perfección romance, aventura, magia para toda la familia y, sobre todo, el espectacular repertorio de fantásticos temas escritos por Howard Ashman y musicalizados por Alan Menken, artífices de los dos Óscars obtenidos por la película: mejor banda sonora y canción (Beauty and the Beast).

    En los últimos años, empujados por una alarmante falta de nuevas ideas, la compañía ha emprendido una fructífera sucesión de versiones en imagen real de sus clásicos animados más famosos. Si Maléfica (Robert Stromberg, 2014) fue un curioso reverso de la historia de La bella durmiente (Clyde Geronimi, 1959), con la villana de la función tomando las riendas del protagonismo, más respetuosas fueron las revisitaciones de Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015) y El libro de la selva (Jon Favreau, 2016), que fueron muy bien acogidas por crítica y público. Era cuestión de tiempo que La bella y la bestia también diera el salto hasta esta preocupante tendencia y el elegido para tomar las riendas de la dirección ha sido Bill Condon, un irregular cineasta capaz de lo mejor –Dioses y monstruos (1998)– y de lo peor –fue responsable de las dos últimas entregas de la nefasta saga Crepúsculo–, pero que ya se había anotado un éxito dentro del género musical con Dreamgirls (2006), a mayor gloria de Beyoncé. Lo primero que llama la atención de esta nueva apuesta para arrasar en las taquillas de Disney es lo apegada que está a la versión animada de 1991, de la que calca la mayoría de las escenas y diálogos, conservando la totalidad de canciones de un Menken que se vuelve a ocupar de la banda sonora. Se nota que Condon es un declarado admirador de los musicales clásicos de la MGM y ha puesto empeño en dotar a estos números de gran dinamismo y una colorista puesta en escena que, en ciertos momentos, parece deudora del mejor Vicente Minnelli. De este modo, las canciones que todos recordamos vuelven a brillar a gran altura –el enérgico Gaston en la taberna; el mágico Be Our Guest, con platos, tazas y demás objetos inanimados del castillo encantado cobrando vida por obra y gracia de los efectos digitales; el espectacular romanticismo de Beauty and the Beast, con el icónico baile de los enamorados en ciernes en medio del inmenso salón, todo está reinterpretado de modo convincente para maravillar a las nuevas audiencias– e, incluso, nos regalan tres canciones nuevas creadas para la ocasión que, siendo honestos, no alcanzan la brillantez de las demás y aportan más bien poco a la historia.

    Beauty and the Beast

    «Esta falta de carisma de la pareja protagonista queda, en parte, compensada con un esmerado trabajo coral de todos los secundarios, entre los que destaca un Luke Evans espléndido en el papel del narcisista y bravucón Gastón, capaz de adueñarse de todas y cada una de las escenas en las que aparece gracias a una socarronería que parece heredera del mismísimo Gene Kelly».


    Estamos ante una cinta familiar diseñada al milímetro para gustar a un público mayoritario que se deje cegar por el cariño y la nostalgia hacia la obra original, cuidando hasta el más mínimo detalle de su muy lujosa producción y haciendo que sea un espectáculo gratificante para la vista y para los oídos. El mayor lastre lo encontramos en el apartado interpretativo, con una Emma Watson que no consigue estar a la altura del personaje de Bella, por mucho que el carácter rebelde y feminista del personaje (una chica de aquella época, en edad casadera, más preocupada de leer y cultivar su mente que en encontrar esposo) pareciera, a priori, venirle como anillo al dedo. Su interpretación carece de fuerza y no logra transmitir con auténtica emoción ese paulatino enamoramiento por un príncipe que también resulta más convincente en su rol de Bestia que cuando adopta la sosa figura de Dan Stevens. Esta falta de carisma de la pareja protagonista queda, en parte, compensada con un esmerado trabajo coral de todos los secundarios, entre los que destaca un Luke Evans espléndido en el papel del narcisista y bravucón Gastón, capaz de adueñarse de todas y cada una de las escenas en las que aparece gracias a una socarronería que parece heredera del mismísimo Gene Kelly. Junto a Josh Gad –que le brinda un acertado amaneramiento a su rol de Le Fou, su bufonesco compañero de maldades– forma una pareja antológica. Tal vez lo más memorable del filme junto a la magnífica labor vocal de actores de la talla de Ewan McGregor, Emma Thompson, Ian Mckellen o Stanley Tucci detrás de los personajes de Lumière, Mrs. Potts, Cogsworth y el maestro Cadenza, respectivamente. Cabe destacar que el guion de Stephen Schbosky y Evan Spiliotopoulos ha tratado de teñir de mayor oscuridad y complejidad dramática al relato, haciendo especial hincapié en el pasado de Bella, con la pérdida de su madre y la soledad a la que se ve condenado su padre (un correcto Kevin Kline). Este novedoso elemento, que propicia una escena tan extraña como la "regresión" de la protagonista a su París natal, supone una de las escasas aportaciones dignas de mención dentro un producto tan entretenido como innecesario, que palidece ante las comparaciones con su referente animado, mucho más divertido y conmovedor. Es lo que marca la diferencia entre una gran película y otra grandilocuente pero cumplidora a la hora de mimetizar los aciertos de aquella de forma más aparente que genuina. | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2017. Título original: Beauty and the Beast. Director: Bill Condon. Guion: Stephen Schbosky, Evan Spiliotopoulos (Novela: Jeanne-Marie Leprince de Beaumont). Productores: David Hoberman, Todd Lieberman. Productoras: Walt Disney Pictures / Mandeville Films. Fotografía: Tobias A. Schiessler. Música: Alan Menken. Montaje: Virginia Katz. Diseño de producción: Sarah Greenwood. Reparto: Emma Watson, Dan Stevens, Luke Evans, Kevin Kline, Josh Gad, Hattie Morahan, Ewan McGregor, Emma Thompson, Stanley Tucci, Ian McKellen, Gugu Mbatha-Raw, Audra McDonald, Haydn Gwynne, Ray Fearon.

    Rosalie Blum
    Feelmakers

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